Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 29 de enero de 2003
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Política

Luis Linares Zapata

Un inicio de campaña desgastado

El rostro plano y la mirada perpleja del trastabilleante y cantiflesco secretario de Comunicaciones y Transportes, Pedro Cerisola, ilustra y transmite con aceptable precisión la ineficiencia y el pasmo del Ejecutivo federal en estos ríspidos inicios de la campaña de 2003. Pero la vista fija del secretario de Gobernación, Santiago Creel, en un horizonte inasible para los humanos, como queriendo otear un futuro que no habrá de alcanzarlo, no se queda rezagado en dar golpes de liviandades a una diestra, que es la suya propia, y hasta siniestra, que ni ubica, mal atiende y poco conoce.

Este dúo terrible ha puesto en escena varios numeritos, lo suficientemente grávidos en consecuencias negativas para el gobierno al que pertenecen como para que hubieran sido despedidos sin más contemplaciones ni excusas de inexpertos que quieren aprender y que requieren tiempo para ello. Una ética neoliberal, aunque fuera timorata, los habría liquidado sin reparaciones después de los sucesos de Atenco. Pero adjuntarle a éste, al aseguramiento del Chiquihuite que siguió a su inacción vacacional, la impúdica entrega a un juez de las instalaciones y la señal sólo para que le fueran devueltas con la consigna de que no siguieran evadiendo su responsabilidad y las entregaran al legítimo concesionario (Canal 40) configura de lleno y a todo color la imagen de un gobierno que no atina a encontrar la voluntad, ni tiene la habilidad, para dar seguridades de que, en efecto, responden al mandato ciudadano de cambio, mejoría y estabilidad que les dieron los mexicanos.

Ya nada podrá salvarlos de la indignada conciencia ciudadana que se siente ofendida por su accionar y así habrá de penalizarlos. No importa si la pareja de noveles funcionarios obedecieran consignas dictadas desde lo alto, desde Los Pinos con seguridad, y ante las cuales juzgaron que no debían ni podían oponer la menor resistencia y menos aún dignidad o talento.

Creel, sin embargo, parece un reincidente compulsivo. Se junta con Usabiaga (Agricultura) y con Canales (Economía) para difundir una convocatoria que nació muerta. La coalición de organizaciones que aspiran a representar los intereses de, al menos, un amplio sector de las actividades agropecuarias del país (El campo no aguanta más, El Barzón y el Consejo Agrario Permanente) han rechazado de manera tajante su actuación por juzgarla, como fue, unilateral.

Se espantaron los secretarios porque acordar la agenda, tiempos y compromisos derivados con esos movimientos sería tanto como reconocerles el grado de interlocutores, que ya Fox había aceptado en los hechos. Se espantaron porque una convención los obligaría a concluir que hay problemas profundos que solicitan soluciones urgentes y para las cuales hay que pactar, modificar rutas y encontrar nuevos mecanismos de operación. Esto les pareció demasiado al trío y alteraron, porque así les vino en gana o porque esas instrucciones les dieron promesas y palabras presidenciales.

La consecuencia será la renovación de las movilizaciones de los perdedores en la globalización y dejar sin sustento el llamado ante el mundo, que para Fox cuenta más (Davos), a celebrar un acuerdo triple: contra el hambre y la pobreza, por la agricultura y la alimentación. Acuerdos que nadie conocía, salvo estas organizaciones, y eso a medias. A lo que parece, Fox se envalentonó ante una audiencia que le hace varios feos y ante un Lula que le ha desplazado del proscenio europeo armado, ante las minorías ahí sesionando, con un discurso para incluir a las mayorías.

La cereza foxiana del pastel, llevado para congraciarse con un auditorio de empresarios que le aplica vacíos notorios, lo constituye lo que él mismo formalizó como una verdadera cruzada a la que habrá de dedicarse en todo foro al que concurra: el combate a los subsidios al campo (de nuevo "adelantándose" a Lula). Ni más ni menos. Una cruzada que, a no dudarlo, desgastará a Fox hasta límites peligrosos por utópica y escapista y por la que la etiqueta de inocente le será inevitablemente impuesta. Una apreciación altamente contaminada en el ámbito político y de negocios.

No se puede pensar, ni por un segundo, y sin importar la injusticia que tal práctica conlleva para los países menos desarrollados que las maquinarias productivas de la posmodernidad mundial podrán prescindir de los subsidios a la actividad agropecuaria. Y no se puede pensar por dos razones básicas. Una, porque el universo agropecuario y sus derivados son el sustento de sus poderosas economías. Y, la otra, porque los productores del campo y las agroindustrias constituyen un grupo de presión y un segmento del electorado de gran influencia.

Ningún gobierno europeo, canadiense, americano, japones o australiano puede tener a esos votantes en contra si quiere subsistir, y ninguna de estas economías puede progresar sin ir perfeccionando, aunque sea a costos de mayores y más variadas aportaciones, su vida y producción rural. Pero a los estrategas de la mercadología de Los Pinos poco de todo esto importa para el futuro de gobierno. Las expectativas de un triunfo en las venideras urnas espera a la administración de Fox y, a lo mejor, al PAN, en las elecciones del 2003. Sea.

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