Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Sábado 8 de febrero de 2003
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Mundo
William Hartung

El desvergonzado regreso del imperialismo de EU

En mis días de estudiante y activista en los años 70, el término "imperialismo" sólo aparecía en el contexto del debate político en Estados Unidos, como parte de críticas a la política del país, las cuales generalmente provenían de movimientos antibélicos o de solidaridad internacional. O bien, el término aparecía en escritos de académicos de izquierda o miembros de pequeños grupos socialistas aislados. Así que imagínense mi sorpresa, 30 años más tarde, cuando veo que la noción del imperialismo y del imperio estadunidense gana un grado de respetabilidad generalizada, que está siendo promovida esta vez por una extraña convergencia de unilateralistas de derecha e "intervencionistas humanitarios" liberales, quienes ven el poder desbocado de Estados Unidos como la última y mejor esperanza de construir un mundo más estable.

El más reciente ejemplo en este sentido fue el reportaje que apareció en deslumbrante rojo, blanco y azul en la portada de la New York Times Magazine del 5 de enero de 2003: "Imperio estadunidense (acostúmbrense a él)". En un provocativo ensayo disfrazado de crítica realista, el veterano defensor de los derechos humanos Michael Ignatieff sugiere que los estadunidenses están en un estado de "negación profunda" ante el papel imperial de su país, y por tanto están mal equipados para comprender la raíz de nuestro nuevo y valiente mundo posterior al 11-S.

Varios de los temas de Ignatieff son retomados por Jay Tolson en un artículo que apareció el 13 de enero en la portada de la revista US News and World Report, titulado "El imperio estadunidense: ¿está tratando Estados Unidos de dar forma al mundo? ¿Debe hacerlo?", en el cual se afirma que, a la luz del 11 de septiembre, Estados Unidos está consciente ya de que "la paz, la prosperidad y la universalización de los derechos humanos no están automáticamente garantizados. Su supervivencia requerirá la inversión de la voluntad y el poder estadunidenses".

En tanto, Ignatieff resume la naturaleza de la "carga" imperial de Estados Unidos de la siguiente forma: "Ser un poder imperial es más que ser la nación más poderosa, o la más odiada. Significa implementar el orden que existe en el mundo y hacerlo de manera acorde con los intereses de Estados Unidos. Significa marcar las reglas que este país quiere (en todo, desde los mercados hasta las armas de destrucción masiva), así como librarse de las que van contra sus intereses (como el protocolo de Kyoto sobre cambios climatológicos y la Corte Penal Internacional).

"También significa ejercer funciones imperiales en lugares que Estados Unidos ha heredado de los imperios fallidos del siglo XX -el otomano, el británico y el soviético-. En el siglo XXI, Estados Unidos rige solo y lucha por mantener bajo control las zonas insurgentes -Palestina y la frontera noroeste de Pakistán, por mencionar sólo dos- que han sido las némesis de imperios en el pasado."

Para no hacer el cuento largo, en la visión de Ignatieff, ser policía del globo es trabajo duro. Pero, bueno, alguien tiene que hacerlo. Así, qué mejor que lo haga Estados Unidos. Después de todo, si se toma literalmente la estrategia de seguridad nacional de la administración Bush, este país quiere ser un altruista regente imperial que no busca la ventaja propia, sino tan sólo trata de promover una era de democracia liberal y mercados libres para todos.

Ignatieff acepta esta aseveración de la administración en el sentido de que la guerra en Irak que se propone no intenta proyectar el poder estadunidense ni ganar ventaja sobre las reservas mundiales de petróleo; por el contrario, y según sus propias palabras: "es la primera de una serie de luchas para contener la proliferación de armas de destrucción masiva, el primer intento de cerrar el potencial suministro de tecnología letal a una red terrorista internacional".

Olvidemos de momento el hecho de que no hay evidencia que sugiera que Irak tiene nexos operativos con Al Qaeda, o que la fuente más probable de armas o materiales nucleares para los grupos terroristas globales está en enormes y mal protegidos depósitos nucleares rusos, o que la fuerza militar es particularmente ineficiente para impedir que se extiendan las armas nucleares, químicas o biológicas. Ignatieff ha adoptado la noción convenenciera del Pentágono de "guerras de contraproliferación", y las ve sólo como una de las ineludibles cargas que pesan sobre el imperio estadunidense.

¿Por qué un defensor de los derechos humanos como Ignatieff querría adherirse al imperialismo estadunidense? Porque, nos explica, "hay muchos pueblos que deben su libertad al ejercicio del poder militar de Estados Unidos", desde alemanes y japoneses tras la Segunda Guerra Mundial, hasta bosnios, kosovenses y afganos, "y de forma por demás inconveniente, los iraquíes", en tiempos más recientes.

La lista de libertades de Ignatieff, de forma por demás conveniente, omite a millones de ciudadanos de todo el mundo -guatemaltecos, chilenos, brasileños, indonesios, iraníes y, en cierto grado, incluso afganos e iraquíes-, quienes perdieron libertades potenciales durante décadas como resultado de acciones de regímenes que fueron armados, apoyados y, en muchos casos, instalados por el gobierno estadunidense. Aún no queda nada claro cómo resultará esta nueva versión del intervencionismo estadunidense pos guerra fría en momentos en que la elección de aliados hecha por la administración Bush en su guerra contra el terrorismo ha llevado a armar y ayudar a una variopinta colección de regímenes no democráticos, desde Djibuti hasta Uzbekistán.

Pero analistas como Ignatieff, convencidos de que las matanzas en los Balcanes no hubieran terminado sin la intervención estadunidense, están dispuestos a dar a Washington el beneficio de la duda en esta nueva era.

Mientras intervencionistas humanitarios como Michael Ignatieff pueden estar saltando al tren imperial -aun cuando moderan su apoyo e insisten en que se limite el poder estadunidense en favor de una mayor inversión en el "poder suave" de los fondos para la diplomacia y ayuda al extranjero-, son los unilateralistas de la derecha republicana quienes echaron a andar dicho tren desde el principio.

Como lo hizo notar la revista de The New York Times en su edición del 9 de diciembre de 2001, titulada "El año en ideas", en el texto "El apoyo al imperialismo estadunidense", los más abiertos defensores del "nuevo y orgullo imperialismo" en años recientes provienen de las filas del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano (PNAC, por sus siglas en inglés). Este movimiento fue fundado en 1997 para promover la tesis neorreaganiana de "la paz mediante la fuerza", política que privilegia la fuerza y la amenaza del uso de la fuerza por encima de los tratados y la cooperación, como herramienta fundamental para ejercer la influencia de Estados Unidos en el mundo.

Los firmantes de la carta constitutiva del PNAC incluyen a Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Elliott Abrams y a otras piezas clave del actual equipo de política exterior de Bush. Otros miembros prominentes del PNAC incluyen a halcones neoconservadores, como el director del Weekly Standard, William Kristol; el ideólogo unilateralista Robert Kagan, y Bruce Jackson, ex presidente de la empresa Lockheed Martin (quien también ayudó a redactar la plataforma de política exterior del Partido Republicano presentada en la convención que éste celebró en 2000).

Incidentalmente, y a la luz de las elecciones estadunidenses de 2000, el PNAC publicó un reporte de más de 200 páginas en el que se pedía adoptar una estrategia de seguridad nacional mucho más fuerte (y mucho más costosa), cuya agenda incluía entre sus puntos "un cambio de régimen" en Irak. O sea que ya basta de pensar que esta idea se le ocurrió al equipo político de Bush a la luz de un nuevo sentido de vulnerabilidad surgido de los ataques terroristas del 11-S.

Si todo el debate sobre el imperio de Estados Unidos fue un simple capricho pasajero que casualmente llamó la atención de algunos editores y escritores, podemos dejarlo de lado y proseguir con nuestras vidas. Pero si la provocativa estrategia de "guerra sin fin" planteada por la administración Bush en el contexto de la Seguridad Nacional se lleva a cabo conforme a todo lo planeado, puede representar la principal y más grande amenaza a la estabilidad, la democracia y la paz en el nuevo siglo.

Esto no quiere decir que Estados Unidos deba quedarse sentado sin hacer nada ante los abusos a los derechos humanos, los ataques terroristas o la proliferación de armas nucleares. Quiere decir que el poderío estadunidense debe aplicarse con mucha más inteligencia y espíritu de cooperación, de manera que se refuercen los tratados internacionales, como el de No Proliferación Nuclear, en lugar de socavarlos; se incrementen las facultades de Naciones Unidas para prevenir y contener los conflictos, y hacer contribuciones positivas al combate de las amenazas a la humanidad, desde el terrorismo hasta el sida, el analfabetismo y la desnutrición.

En lugar de tratar de ser el "imperio de la bomba inteligente" al que se refiere Jay Tolson, Estados Unidos debería estar luchando por convertirse en un poder global responsable que trabaje para construir instituciones y relaciones que permitan que el uso de la fuerza militar sea el último recurso, y no la primera opción, en las omnipresentes zonas de conflicto del mundo.

Las alternativas que tiene a su alcance la política estadunidense no son únicamente el imperialismo contra el aislacionismo, como Ignatieff y sus peculiares compinches de derecha parecen sugerir. Existe gran rango entre estos dos extremos para una política de compromiso cooperativo que funcione para prevenir la violencia y construir alianzas sostenibles.

Pero este planteamiento constructivo requerirá una comprensión más profunda de los límites del poderío militar y de las bravatas unilateralistas que hoy se emplean para resolver los problemas más graves que aquejan al mundo.

De la misma forma en que Mark Twain y otros intelectuales notables hablaron contra los proyectos imperialistas durante la era de Teddy Roosevelt, una nueva generación de analistas y voceros necesitan enfrentarse al "nuevo imperialismo mejorado", que está implícito en la doctrina de seguridad nacional de la administración Bush. Si esto sucede, tal vez dentro de unos años nos toparemos con una portada de revista con el titular: "Imperio estadunidense: ¿en qué estábamos pensando?"
 
 

William D. Hartung es el director del proyecto sobre armas del Instituto Político Mundial

(www.worldpolicy.org/projects/arms)

Traducción: Gabriela Fonseca

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