Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 28 de febrero de 2003
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Política

Gilberto López y Rivas

No en nuestro nombre

La humanidad puede entrar en una de las etapas más siniestras de su historia si el gobierno de Estados Unidos emprende la agresión contra Irak. La opinión pública mundial ha dado muestras de que rechaza este crimen bélico y que esta guerra sea presentada con un pretexto democratizador.

El despliegue armamentista estadunidense, su afán de ser juez y gendarme del mundo, así como su interés de controlar las fuentes de petróleo en Medio Oriente, deben observarse entre las causas de la andanada terrorista de Washington. Ya en Tendencias globales al 2015: diálogo con expertos no gubernamentales acerca del futuro, documento elaborado en 2000 por fundaciones, universidades y agencias de inteligencia estadunidenses, se afirmaba: "Sin una guerra, la región del golfo Pérsico experimentará un crecimiento en la producción de petróleo y de su importancia en el mercado mundial de energía. Otras áreas del mundo, incluyendo Rusia, la costa oeste de Africa y Groenlandia, también aumentarán su papel en los mercados mundiales de energía. Rusia y Medio Oriente tienen tres cuartas partes de las reservas de gas conocidas". El guerrerismo de Estados Unidos es inocultable.

Dada la escalada belicista y la creciente resistencia, empiezan a escucharse expresiones que a pesar del disfraz pacifista no ocultan su carácter injerencista. El primer ejemplo lo da el presidente Fox con sus arengas de apoyo a la multilateralidad; forma y contenido se confunden al punto que no interesa tanto la paz sino la resolución consensuada del Consejo de Seguridad de la ONU. Emparentada con esta declaración está la de Diego Fernández de Cevallos, quien afirma, al igual que recientemente el propio Fox, que se debe "desarmar" pacíficamente a Irak. El cuadro estaría incompleto sin la intervención de los intelectuales orgánicos del imperialismo yanqui y a nuestro país le toca el triste privilegio de tener dos: Enrique Krauze y Jorge G. Castañeda.

Hace unos días Krauze elaboró forzados equilibrios historiográficos, comparando el posicionamiento de Francia e Inglaterra, que no se decidieron por una acción preventiva frente a Hitler en 1938, con la postura de las naciones que rechazan la guerra en la crisis actual. Asimismo magnifica el papel de Saddam Hussein, a quien llama Nabucodonosor nuclear, construye un mapa de poder posterior al conflicto, patentiza su indignación y tristeza tras una manifestación antiguerra en que vio la bandera estadunidense con las estrellas convertidas en esvástica -es justo decir que Krauze tiene todo el derecho de desagraviar la insignia más cercana a su corazón. Por último dice que debe considerarse la posibilidad de apoyar a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad a cambio de una buena negociación que incluya un acuerdo migratorio completo y un trato justo en materia agropecuaria. Una vez más, el director de Letras Libres plantea cambiar principios por lentejas.

De su lado, Jorge G. Castañeda expresa una aparente ambigüedad que encubre su naturaleza entreguista: "Hace falta, de una parte, hacer todo lo posible para evitar la guerra, pero también hace falta hacer todo lo posible para evitar que Estados Unidos la haga solo".

A pesar de los cantos de sirenas, hoy los pueblos se manifiestan masivamente contra la guerra y por la sobrevivencia de la humanidad. Por ello, tradiciones universales por la paz pretenden ser borradas por Estados Unidos y sus cómplices. Un rápido vistazo a la situación imperante en el planeta a fines del siglo xix y principios del xx permite retomar experiencias importantes.

La era del imperialismo acababa de ser inaugurada. Las grandes potencias pugnaban por exportar capitales, asegurar fuentes de materias primas, ganar esferas de influencia, de tal modo que no había región o país bajo la égida del capitalismo mundial; no conformes con la porción del pastel colonial, o neocolonial, arrastrarían a la humanidad a dos grandes guerras. Durante la primera, Lenin planteó premisas para la paz que siguen vigentes: derecho a la autodeterminación de pueblos y naciones, y solución pacífica de controversias entre estados. Estas, junto con la formación de la Sociedad de Naciones, fueron esfuerzos por lograr una paz duradera, pero el objetivo fue abortado debido a la persistencia de los centros del poder en repartirse el mundo mediante la fuerza, mientras la ONU sería en teoría, desde 1948, depositaria de los anhelos de los pueblos del mundo por una paz duradera. Lamentablemente las resoluciones de la ONU han sido letra muerta para Estados Unidos e Israel.

Hoy, ante el retroceso que significa la violación de la soberanía de los estados nacionales, entre ellos Irak, urge que el gobierno mexicano rescate la doctrina Estrada, y que sea escrupuloso en no agredir los derechos de otras naciones. Krauze afirma que los derechos humanos están por sobre la soberanía de las naciones, pero nunca se pronuncia por que no se utilice esta lucha legítima para fines hegemónicos, como sistemáticamente hace Estados Unidos. También urge que se democratice la ONU para que la humanidad no sea rehén de los estados que gozan del derecho a veto en el Consejo de Seguridad. Desarmar a quienes poseen más armas de destrucción masiva, empezando por Estados Unidos e Israel, es una tarea inmediata. No a la guerra. No en nuestro nombre.

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