Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 30 de marzo de 2003
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Cultura

Carlos Bonfil

Guadalajara: lo viejo y lo nuevo

De nueva cuenta se confirma en la Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara el fuerte contraste entre lo que público favorece y lo que los jurados reconocen como calidad artística. Esta diferencia nunca fue más evidente que el año pasado, cuando sorpresivamente se premió como mejor película al documental Gabriel Orozco, de Juan Carlos Martín. Este año sucede algo parecido: el Mayahuel de Oro lo conquistan otros dos documentales, Recuerdos, de Marcela Arteaga, y La pasión de María Elena, de Mercedes Moncada. Sin demérito mayor para las obras de ficción (cabe recordar que hace un año también se premió Cuento de hadas para dormir cocodrilos, de Ignacio Ortiz), es justo reconocer el creciente desinterés por parte de los jurados, cuyos miembros fueron este año mayoritariamente extranjeros, por las propuestas temáticas de buena parte del cine mexicano actual. En resumen, y en palabras de un crítico español en la muestra: "ƑAlgún día dejarán ustedes los mexicanos de contar las mismas historias?".

Lo que el autismo chovinista se niega a reconocer es que en México el cine de ficción atraviesa por una fuerte crisis de credibilidad, debido a la escasa originalidad de sus propuestas, al candor de sus fórmulas narrativas y a su desfase casi total con la variedad de temas que el público percibe a diario en la oferta de otras cinematografías. El interés de realizadores jóvenes por el documental (véase Del olvido al no me acuerdo, Segundo siglo) o por formas híbridas que combinan ficción y un sesgo documentalista (Bajo California, el límite del tiempo, Japón, etcétera), es también reflejo de esta creciente desconfianza ante las inercias e involuciones de productores, cineastas y guionistas que conciben el arte de la ficción como un mero vehículo para explotar fórmulas de una recuperación mercantil inmediata -aunque cada vez menos segura. ƑDe Cilantro y perejil (Montero, 96) a Fantasías, de Jorge Araujo, presentada en esta muestra, qué ha cambiado en el terreno de la comedia doméstica? Acaso sólo una actualización forzada que incluye referencias al Internet, al chateo sexual y al infierno de promiscuidad y de chantajes en el que puede caer una pareja cuando deja de practicar la fidelidad. ƑDe Desiertos mares a El misterio del Trinidad, de José Luis García Agraz, alguien puede señalar alguna innovación verdadera, alguna evolución en la propuesta argumental o en la carrera del cineasta? ƑLa comedia costumbrista, el repaso de obsesiones, manías y frustraciones de la clase media mexicana, y de las desavenencias sentimentales, será acaso terreno inagotable para el Rafael Montero de Dame tu cuerpo, y su guionista, el prolífico Enrique Rentería? ƑSe explorará hasta el hartazgo en nuestro cine la crisis de la pareja, repitiendo esquemas televisivos, adecuando lenguajes publicitarios, como lo hacían Sexo, pudor y lágrimas, y luego Todo el poder, y más tarde, El segundo aire o Amarte duele, y como lo intenta ahora, Sin ton ni Sonia, de Carlos Sama, éxito casi seguro de la mercadotecnia fílmica? Una paradoja enorme: el más vistoso cine mexicano, el más "juvenil", el de mayores recursos técnicos y financieros, el que mejor hace perdurar el gusto TV Azteca en la exigencia de sus espectadores, es, por sus inercias, un cine prematuramente envejecido, con una suerte por lo demás azarosa en el terreno que más le interesa: la taquilla.

Este cine se enfrenta en nuestro medio a varias sorpresas: apenas se le reconocen méritos en estas muestras; su reconocimiento a escala internacional es cada vez más bajo, casi nulo (esa proyección mundial antes la tenía Ripstein, y hoy la tienen González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Carlos Reyguedas); y por último, el público masivo muestra, como todo público consumista, signos de cansancio frente a la misma oferta en la cartelera nacional. La sorpresa mayor, sin embargo, es justamente lo que se premia aquí y se reconoce afuera: el talento y los riesgos de cineastas como el Reygadas de la estupenda Japón (punto fuerte de la muestra), o Julián Hernández (premio al mejor director por Mil nubes de paz cercan el cielo...), o las dos directoras de los documentales ganadores, o el Everardo González del documental La canción del pulque, o incluso la búsqueda muy desigual, pero vitalísima, del joven Leopoldo Laborde (Sin destino, El secreto de Esperanza). Una vez más, la Muestra de Cine Mexicano de Guadalajara sigue siendo un indicador, si no siempre confiable, al menos sí muy elocuente, del estado de salud de nuestra cinematografía. Y para productores y funcionarios la reiteración de una vieja evidencia: el cine que suelen apoyar no siempre es, para ellos mismos, el más gratificador, y aquél que suelen desdeñar es el que mayores sorpresas les seguirá deparando.

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