Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Viernes 11 de abril de 2003
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Política

Horacio Labastida

Neoenmienda Platt global

Fundado y consolidado, hasta donde fue posible, entre la inmigración cubana en tierras estadunidenses, el naciente Partido Revolucionario Cubano, proclamado en abril de 1892 por su más importante creador, José Martí (1853-1895), emprendió tres años después (1895) con ánimo bien meditado y resuelto la invasión de Cuba a través del Ejército Libertador que comandara Máximo Gómez a instancias del propio Martí, glorioso ejército que pronto vería entre sus filas a Flor Crombet y Antonio Maceo al lado de Serafín Sánchez, Carlos Roloff y José Rogelio Castillo, movimiento reivindicador amparado en dos categorías políticas centrales bien definidas por el heroico autor de Nuestra América (1881).

Al igual que lo hiciera el caudillo José María Morelos y Pavón en sus Sentimientos de la nación (1813) ante nuestro Congreso de Anáhuac y siguiendo los estandartes emancipadores que el patriarca Simón Bolívar (1783-1830) enarboló en Nueva Granada, ahora Colombia, Venezuela y Ecuador, y en Perú y la actual Bolivia, Martí alentó la unión de la independencia de España con la implantación de una equidad social entre los productores y sus familias, respondiendo así el poder público, y el nuevo Estado cubano a las demandas de las masas trabajadoras y de amplios sectores de la sociedad.

Con esas doctrinas revolucionarias los nuevos libertadores superaron tanto la Guerra de Diez Años (1868-78), inspirada en el Manifiesto de 10 de Octubre, que suscribió junto con sus partidarios Carlos Manuel Céspedes (1819-74), cuanto la llamada Guerra Chiquita (1878-80) promovida con instancias semejantes a la anterior guerra por Calixto García y Antonio Maceo, sin lograr la victoria exigida por el pueblo con motivo, entre otros funestos factores, de la campaña exaltada dentro del llamado Partido Autonomista, que falazmente difundió la tesis de que la guerra era en realidad una lucha de negros contra blancos, lo que en verdad significó apoyar traicioneramente a España.

El nuevo movimiento de Martí fue innovador respecto de sus antecesores por el enhebramiento indisoluble que significó en sus postulados la liberación de una Cuba contemplada como liberación absoluta de la patria naciente, sin dependencias extrañas y dueña de una colectividad que había decidido incorporarse en la historia universal. La prematura muerte de José Martí en la zona de Dos Ríos, el 19 de mayo del año en que desembarcó en Cuba, no debilitó y sí fortaleció a las armas revolucionarias que trataban de organizar la nación bajo las normas discutidas y aprobadas en la Constitución de Camagüey, en septiembre de aquel año. En esta atmósfera resultó fundada la República de Cuba en Armas, destinada sin duda a una victoria portentosa por el enorme apoyo popular que la alimentaba, si el gobierno de Estados Unidos no la hubiera empantanado y deformado al ejecutar su papel de personero del capitalismo estadunidense invertido en la jugosa industria azucarera, asociado a una burguesía local que pronto transformaríase en subordinada. Los viejos ingenios cedieron su papel a las tecnificadas centrales, que obedeciendo a intereses no nacionales hacia 1985 exportaban 86 por ciento de su riqueza al Tío Sam; España recibía apenas 2.74 por ciento de este comercio e Inglaterra escaso 0.82 por ciento. Era evidente la dependencia económica de Cuba de las exigencias metropolitanas y esta distorsión originaría que el entonces presidente William McKinley (1897-1901) y el Capitolio washingtoniano, con el pretexto de apoyar la liberación de la Perla de las Antillas y la simulación del estallido del Maine, anclado en La Habana, declararan la guerra a España, fácilmente abatida y obligada a suscribir el tratado de París (diciembre de 1898), que dejó en manos del imperio a Puerto Rico, Guam, islas Wake, Hawai y a la propia Cuba, en la medida en que su Constitución sancionada en febrero de 1901, por orden del gobierno militar estadunidense de la isla, se vio adicionada por la llamada enmienda Platt, que la despojó de su soberanía y la sujetó al mando extranjero.

Esa es la crónica de la gran mentira democrática en el primer año del siglo xx, que George W. Bush y su alta burocracia, retomando el modelo McKinley, tratan de imponer al mundo con las más pavorosas bombas de destrucción masiva y no masiva, masacrando sin piedad al pueblo iraquí y empuñando amenazadoramente sus relámpagos y rayos nucleares para amedrentar, humillar y explotar a la humanidad si la rebelión moral del hombre no detiene la barbarie desatada por la Casa Blanca. No sobra recordar que la enmienda Platt de McKinley fue derogada por Franklin D. Roosevelt y que Cuba es hoy dueña de sí misma por voluntad de un pueblo que recobró su soberanía a partir de 1959. ƑPodrán los fundamentalistas que rodean a Bush evaluar el significado de estos hechos?

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