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México D.F. Domingo 6 de julio de 2003

Bárbara Jacobs

Las genealogías revisitadas

Será porque Margo Glantz coordinaba el primer taller de narrativa al que asistí, o porque Las genealogías habrá sido el primer libro de memorias que leía de un autor al alcance de la mano, pero lo cierto es que, a varias décadas de ambos hechos, ahora que releo ese título de Margo, y que me pregunto qué es, si en efecto el registro de la serie de sus ascendientes, o si esa enumeración contiene algo más y qué podría ser esto entonces, si la biografía de sus padres, o el testimonio que rescató su memoria, o qué; vuelvo a mis primeras clases de literatura de la preparatoria y, al repasar los apuntes sobre el tema de la autobiografía expuestos por mi viejo maestro Lunas, asiduo del Carmel, el café del papá y la mamá de Margo Glantz, ubicado en la llamada Zona Rosa, el barrio de anticuarios, galerías de arte, librerías, teatros, cines y cafés de moda en la Ciudad de México de los años sesenta, encuentro lo que pueden ser no otra cosa que fantasías, quizás, pero que me parecen tan acertadas que, al aplicarlas a Las genealogías, me han hecho ver a su autora, Margo Glantz, casualmente como lo que siempre he creído que es, una muñeca rusa en busca de otra muñeca rusa que lleva adentro a una muñeca rusa en busca de otra muñeca rusa que lleva adentro a una muñeca rusa en busca de otra muñeca rusa. Es decir, para abreviar, una auténtica autobiógrafa.

La verdad es que, por lo menos, encarna la concepción de Lunas del autobiógrafo según nos la transmitió un día que, lo recuerdo bien, llegó al salón de clases particularmente cansado. Apenas nos saludó, nos dio la orden de escribir algunas líneas de nuestra autobiografía.

Las protestas no se hicieron esperar. De imprecaciones como "Está usted loco, profesor", que provenían de las últimas hileras de pupitres, a declaraciones de principios al estilo de "Que las escriba su madre", que procedían de las primeras, pasando por quien se puso de pie y, tras encaminarse de prisa a la puerta y abrirla, cruzó el umbral y dio un portazo, ninguno de mis compañeros mojó la punta del lápiz para cumplir las órdenes del profesor.

Por su parte, él no necesitaba informarnos que se encontraba exhausto; su actitud lo evidenciaba de sobra. La nuca apoyada en el borde del respaldo de la silla, el torso en diagonal, las piernas estiradas, los brazos sueltos a los lados. Sin embargo, sólo el tiempo ha echado luz sobre los motivos de que se encontrara agotado en aquella ocasión nuestro profesor. Comoquiera que sea, hizo caso omiso de las reacciones en su contra salvo de una, frase ésta que, tan poderosa era, lo forzó a incorporarse y anotarla en el pizarrón: "Que las escriba su madre". Sonriente, cual correspondería a alguien que acabara de ser, según era precisamente el caso, el feliz padre de una teoría, comentó plácida y vivamente, "Ahí está la clave, muchachos; encuéntrenla y pónganse a escribir". Dicho esto, Lunas volvió a la silla detrás del escritorio, sobre la tarima ante el alumnado y, retomando la postura ya descrita, que no le sentaba mal, cerró los ojos y se quedó soñadoramente adormecido mientras nosotros nos resignábamos a escribir.

Las lecciones de Lunas eran así. Imprevisibles; o previsibles, por imprevisibles. En ellas, iba soltando enseñanzas sin énfasis, parecía no proponerse agotar el tema, y el carácter abierto de su estilo daba la impresión de ser una lección en sí. De cuantos asuntos tratara, su inclinación por los géneros llamados menores era evidente. Para él, los diarios, las cartas, los apuntes, las memorias, cierto género de biografías y, muy señaladamente, las autobiografías, tenían mucho que decir y ofrecían insospechado camino que recorrer. Si algo caracterizaba a Lunas era su poder de estimular hasta al más resistente de sus estudiantes. Podíamos rechazarlo de entrada; pero todos, unos antes, otros después, finalmente respondíamos.

ƑQuién otro sino Lunas nos concedía la suficiente importancia; o en quién otro despertábamos la indispensable curiosidad como para que, pongamos por caso, nos invitara a contarle nuestra vida? La de Lunas era una convocatoria más que inusual a la introspección, tentadora para nosotros, todo un desafío dejarnos atrapar por ella. Detener toda divagación para concentrar nuestros cinco sentidos, junto con la suma de nuestra capacidad intelectual y espiritual, y dirigir el conjunto a eso que, aun nosotros, ya reconocíamos que existía y que se llamaba "uno mismo", era abrirnos la puerta a algo todavía mejor que los sueños; era introducirnos a la razón de nuestra existencia, lo cual en comparación con el resto de los atractivos, por llamarlos de algún modo, que nos tendía la vida, era, con mucho inimaginablemente superior.

"Piensen -llegó a sugerirnos Lunas-- que, si todo autobiógrafo se propone encontrar un espejo, o algo con un impacto semejante, al final del túnel, con mayor razón un escritor." Lunas llegó a premiar, si bien con lágrimas en los ojos, al discípulo que, por toda autobiografía, escribió, "Empecé a ser feliz cuando mi mamá me abandonó y pasé a vivir con mi abuelita". El premio consistió en citar a nuestro compañero en el Carmel, para que viera la vida de café que le esperaba pues, a juzgar por la revelación que había hecho en sus líneas autobiográficas, era un candidato impar a autobiógrafo, según veríamos.

"Al nacer, todos fuimos expulsados del paraíso", por fin empezó a soltar Lunas; "y escribir nuestra autobiografía es regresar directamente al lugar de los hechos." En clase, a nuestra edad, no era cuestión de enfrentar al maestro ni siquiera con una exclamación que le hubiéramos aprendido a él como, "šRecórcholis!", por ejemplo, para provocarlo de buen modo a condescender y explicarnos qué quería decir con una oración tan desacabellada como la que acababa de espetarnos. Porque, Ƒquién carece de la más mínima autoestima para, motu proprio, volver al sitio del que ha sido expulsado? Si el paraíso de Lunas se refería al vientre materno, Ƒcómo regresar a él? Ay, querido maestro; ay, profesor Lunas; Ƒno se estaba usted pasando de la raya? Además, Ƒparaíso? ƑDe qué manera saber que nos pareció un nirvana, o el Edén por excelencia?

"No sean líricos, jóvenes--nos recordaba Lunas al oír pacientemente los quizás torpes y superficiales argumentos con los que procurábamos demostrar que éramos seres pensantes y que, si bromeaba, nosotros no íbamos a caer en sus provocaciones--; pero, tampoco, ni muchísimo menos, sean melodramáticos, amigos."

Despojada de todo lirismo y melodrama, la respuesta de Lucrecia puso en alto el nivel del grupo. Razonó que uno sabe que el vientre materno es el paraíso, por la sencilla razón de que le consta que, donde está, no lo es, ciertamente. De manera que, remató, "Es mejor hacer hasta lo imposible por regresar al paraíso del que, al nacer, todos fuimos expulsados, y aun cuando posteriormente y para remachar hubiéramos sido abandonados, que la alternativa", cerró Lucrecia, con broche de oro. Alternativa, supusimos, que, sin ser paraíso, también nos expulsa, abandona, y rechaza.

"šMuy bien!", exclamó el profesor, realmente gratificado ante la agudeza de la alumna. "Sin embargo -añadió--, Ƒvolvería usted, a sabiendas de que, según indica Ravel con la circularidad de su Bolero, habría de ser nuevamente expulsada?" No dejaba de ser, aunque desesperante, bastante divertido advertir cómo, la imposibilidad de la propuesta, no detenía la imaginación del profesor; esta falta de control en el proceso de su pensamiento era un indicio más que claro de que, a pesar de que se negaba a moderar el flujo de su fantasía, no digamos interrumpirlo, pretendía alcanzar una realidad y, además, sensata. Por más que percibiéramos que la concreción de la abstracción de Lunas se aproximaba a buen puerto, no dejábamos de sentirnos desconcertados. Por fortuna, esa vez despertamos su compasión y Lunas intervino en nuestro auxilio.

"Es decir, muchachos, que dejaríamos de llamarnos racionales si, independientemente de haber sido expulsados de él, volviéramos a un paraíso, no posible o imposible sino, simplemente, provisional, o temporal, o como quiera que sea que llamemos lo que tiene término, ya sea que lo tenga por cuestiones fisiológicas, emocionales, o del tipo que sea, Ƒno les parece?" Maestro Lunas, nos parezca o no, Ƒde qué nos está hablando?, clamábamos en silencio, premiables o no premiables, con nuestras líneas autobiográficas, que habrían de ser corregidas tupidamente por el maestro, borroneándosenos en manos sudorosas adolescentes. "Piensen, cabezas vacías; mequetrefes", nos azuzaba Lunas; "Extrapolen; ya entenderán", nos conminaba.

"ƑNo se dan cuenta de que una autobiografía es el paraíso sustituto al que, quien la escriba, volverá, y que lo hará, por sus mismísimas características, de manera singularmente permanente?" "šAcabáramos!", pareció decir el suspiro de alivio que se escuchó en el salón, pues, tal cual suele suceder, una vez con la respuesta develada, se despejan las dudas y se aclara el desconcierto. Gracias a las palabras de Lunas, entendimos que el viaje a nuestros orígenes que implicaba la autobiografía nos deparaba, sí, según había anunciado el maestro, un espejo; pero, con extender un poco la metáfora, de igual modo nos presentaría con nuestro propio destino.

"Permanencia -acotaba Lunas--; permanencia es la palabra. Pues, desgreñados, despatarrados, desgalinchados estudiantes preparatorianos míos, de su autobiografía, digo, no habrá fuerza que los expulse jamás", exclamó lírica, melodramáticamente el profesor, para, a continuación, acentuar el pathos secándose el sudor de la frente; "Si ustedes no la abandonan, ella no los abandonará", redondeó.

Una vez concluida la lección de Lunas sobre la teoría y la práctica de la autobiografía, recuerdo que, en un gesto de compañerismo especialmente unánime y entusiasta, fuimos nosotros los que invitamos a nuestro maestro al Carmel para, a la manera de un coro, clamar con él para que sus enseñanzas se asentaran en nuestro interior y en su momento rindieran frutos, como los de Las genealogías de Margo Glantz, ceremonia sui generis que se acercarían a avalar a nuestra mesa en el Carmel tanto el papá como la mamá de Margo Glantz, pero sobre todo la mamá, pues quién era ella sino la muñeca rusa que Margo encontró dentro de la muñeca rusa que buscaba dentro de la muñeca rusa que llevaba adentro en busca de otra muñeca rusa que encontrar al escribir su autobiografía y abrir los ojos al llegar al final.

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