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México D.F. Sábado 2 de agosto de 2003

Ilán Semo

Interrupción de sentido

Junto a la cinematografía, la otra gran fábrica moderna de las ilusiones es probablemente la escritura de la historia. Lo que asombra, por ejemplo, en el contraste entre las noticias y los testimonios directos de la Revolución mexicana y las obras de sus primeros historiadores, que datan de los años 20 y 30, es el abismo de sensaciones. Para quienes padecen o protagonizan la Revolución, el cúmulo de rebeliones, asonadas, levantamientos, traiciones, pactos, alianzas, planes y programas que la disputan aparece rápidamente, acaso desde 1912, todavía con Madero en la Presidencia, como un proceso desprovisto de cualquier sentido, una geografía del caos. Las obras que informan sobre este desamparo provienen de la literatura y el periodismo. Una manera de no ceder ante las épicas revolucionarias es preguntarse, como López Velarde (El minutero) y Azuela (Los de abajo), no por las interpretaciones del incendio (Ƒqué habrá de pasar?, Ƒa dónde lleva todo esto?) -oficio que desempeñan los ideólogos de los caudillos- sino simplemente: Ƒqué está pasando? Cuando un mundo se desmorona, es acaso la única pregunta que tiene auténticamente sentido. La Revolución se vislumbra como una inconexión de presencias y, sobre todo, de ausencias. Lo trascendente es sobrevivir.

En cambio, el panorama que ofrecen sus primeros historiadores es muy distinto: la Revolución se revela como un orden dotado de simetrías temporales y espaciales, causalidades económicas, políticas y sociales, un pasado, una secuencia y un futuro. La Revolución aparece como un proceso tocado por algún sentido (así sea fallido). Y es esta operación la que permite a sus herederos y sus críticos fincar la intensidad de un presente-futuro -durante más de seis décadas- como un accionar dotado de dirección.

Aunque en una versión más modesta, las narrativas más recientes de la transición española, esa suerte de modelo para armar de las transiciones democráticas, empieza a revelar un contraste similar. Si politólogos, sociólogos e historiadores construyeron la imagen de una transformación reductible a la ingeniería social, las voces de sus protagonistas hablan de todo menos de un fenómeno: la incertidumbre, el miedo, la decepción temprana, la colusión de sentido, la fragmentación, la añoranza por el pasado dominan los primeros seis años de la experiencia española. Hoy se ve el intento de golpe de Tejera como una mezcla entre lo cómico y lo patético. Pero en su momento, los militares españoles estaban convencidos de que su lectura de la situación era compartida por la mayoría de los españoles.

A saber, el único que ha aventurado una definición de la decadencia de un régimen a partir del contraste de sus percepciones no es un historiador sino un sociólogo: Nicklas Luhmann. A costa de desfigurarla, la reduzco a unas cuantas líneas. Sus herramientas no son la descripción ni la narrativa sino las categorías abstractas. Tan válidas unas como las otras. El fin de un régimen se vislumbra cuando sus instituciones se vuelven ilegibles entre sí. Una vez que las transformaciones políticas desvanecen el régimen de lo predecible se interrumpe la capacidad social de producir sentido, es decir, la capacidad de reducir la complejidad del proceso a un número consignable (y consensuable) de opciones y acuerdos. La sociedad se fragmenta en un cúmulo de presencias incalculables.

Si la pregunta en el caso mexicano -una pregunta que reúne las preocupaciones o las percepciones de electores, testigos, cronistas y protagonistas- es: Ƒqué está pasando?, la tesis de Luhmann sirve acaso para repensar.

Si de algo habla la recomposición que sigue a las elecciones del 6 de julio es precisamente de ilegibilidad institucional. De un lado, el Congreso aventura la mayor medición de fuerzas que ha probado con el Poder Ejecutivo desde el año 2000: imponer un justo y necesario recorte de los pagos que se hacen a la banca por el origen inexplicable de ciertos adeudos (Fobaproa). El Ejecutivo revira: šse ampara contra el Congreso! Por el otro lado, nadie en el Congreso, es decir, nadie entre las tres principales fuerzas políticas, reclama o exige una nueva dinámica para formar un gabinete que, si se propone ser mínimamente eficaz, debe expresar una composición de fuerzas distinta a la que emergió de las elecciones de 2000. Si se procede a ejercer una práctica esencial de la división de poderes, se termina por transformar este ejercicio en una trifulca de poderes (léase: las facciones que ya fragmentan a los propios partidos). El resultado natural es la faccionalización de ambas instituciones. La legibilidad se quiebra, y con ella la capacidad de encontrar o producir algún sentido que vaya más allá de la lucha estricta por el dominio de esos poderes. Lo que sigue abona a la parálisis, cuyos orígenes datan de la ilusión (ya no de Fox, obviamente) de que el régimen presidencial pueda volver a ejercerse como un régimen presidencialista. Hay obviamente quien todavía apuesta a esta ilusión.

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