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México D.F. Jueves 11 de septiembre de 2003

Soledad Loaeza

Tacones cercanos

De nueva cuenta el taconeo de Marta Sahagún ensordece las palabras de su marido. Por alguna razón, que más de uno considera evidente, la señora Sahagún de Fox siente la necesidad de explicar las palabras de su pareja, de movilizar apoyo en favor de su "proyecto" (de ambos) -cualquiera que éste sea-, y de hacernos saber a todos los mexicanos que ella es una vía de acceso directo a los oídos presidenciales. Esa es la base de su poder. Este poder se ve acrecentado por el estilo mismo del presidente Fox, porque ante la alternativa de una Presidencia acéfala se nos ofrece una Presidencia bicéfala que muchos considerarán preferible.

Por irritante que nos pueda parecer la decisión de la señora Sahagún de Fox de presentarse ante la opinión como la otra cabeza de la Presidencia de la República, es un hecho al que nos hemos enfrentado si no todos los días del sexenio, al menos varios días cada mes. Pero la pregunta que tendríamos que hacernos seriamente, y más alla del anecdotario de palacio, es hasta qué punto la persistente intervención de la señora Sahagún de Fox es un problema real, o si se trata simplemente de un asunto de la petite histoire del sexenio.

Desafortunadamente, hay más de una razón para suponer que la señora Sahagún de Fox está creando problemas que van mucho más allá de los dimes y diretes de la corte. Primero, porque en diciembre de 1982 el entonces presidente Miguel de la Madrid introdujo una ley de responsabilidades de los funcionarios públicos, uno de cuyos capítulos se refiere al nepotismo como práctica que había que extirpar del sistema político, que en años anteriores había generado gran irritación en el seno de la opinión pública. En segundo lugar, el activismo de la señora Sahagún de Fox constituye una regresión, un paso atrás en el desarrollo de la administración pública, porque la ley contra el nepotismo era parte de un proyecto de modernización y racionalización, que nos alejaba del sultanato en que podían convertirse los sexenios presidenciales. El hecho de que la señora Sahagún de Fox pueda imponernos su presencia en los asuntos públicos es un remanente del presidencialismo del pasado, por eso nada tiene de novedoso.

La señora Sahagún de Fox quisiera hacernos creer que su caso es distinto a los que pueda referirse la ley, porque -nos dice- ella es distinta de los demás. Sin embargo, no es un argumento válido para sustraerse a la ley, porque todos somos distintos, y si cada uno de nosotros se apoya en sus características personales para exigir que no se le apliquen las disposiciones generales, entonces la Constitución no es más que papel mojado.

Tampoco es cierto que el intervencionismo de la señora Sahagún de Fox sea la expresión local de un fenómeno que se ha producido en regímenes democráticos.

Es cierto que, en Estados Unidos sobre todo, las esposas de los candidatos a presidentes o a gobernadores han asumido cada vez más un papel muy activo en las campañas electorales, pero cuando concluyen las señoras regresan a la vida privada, menos todavía intentarán participar en asuntos de Estado, que es precisamente lo que la señora Sahagún de Fox hace.

Cuando Hillary Clinton intentó hacerlo, siendo quien es, provocó una violentísima reacción de los republicanos, que además utilizaron el activismo de Hillary para atacar a su marido. Cuando se dio cuenta del daño que su participación le estaba causando a Bill y hasta qué punto lo hacía vulnerable, en buena compañera, se hizo a un lado y aceptó limitarse a recibir ramos de flores y cortar listones de inauguración.

Si miramos a los europeos, veremos que los cónyuges de los jefes de gobierno se mantienen a la sombra de su compañero(a) en el poder. Mientras François Mitterrand estuvo en el poder, su esposa, Danielle, se mantuvo al margen de actividades políticas públicas, a pesar de ser ella misma una activista de larga data. Dennis Thatcher es ejemplo paradigmático de esta forma de acompañamiento de un cónyuge al otro en circunstancias excepcionales para ambos.

En las ceremonias oficiales Dennis se mantenía atrás de Maggie, uno diría que casi cubriéndole las espaldas, y se limitaba a saludar cortésmente. Nadie ha dicho que Dennis contribuyera a la popularidad de su esposa, que se mantuvo alta durante años, pero lo cierto es que los británicos agradecían que estuviera ahí, sin hacerse notar. Aparentemente su discreción lo hizo acreedor a la simpatía pública; así lo reflejaron los obituarios que se publicaron a principios de año, cuando se anunció su fallecimiento.

El tozudo empeño de la señora Sahagún de Fox en ejercer el poder y la influencia supone un tercer problema, que ya ha sido señalado, y que tiene que ver con lo que Marta dice de Vicente cuando habla por Vicente. Si el medio es el mensaje, entonces el taconeo es todo un programa de gobierno.

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