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E C O N O M I A
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México D.F. Jueves 11 de septiembre de 2003

Lee Kyung Hae se perforó el pecho en medio de una manifestación

Campesino coreano se inmola en protesta por las políticas de la OMC

LUIS HERNANDEZ NAVARRO Y FABIOLA MARTINEZ ENVIADOS

Lee Kyung Hae trepó el enrejado de metal que separaba la manifestación de la valla de la Policía Federal Preventiva. Sacó una navaja suiza, levantó los brazos al cielo y en un solo movimiento se perforó el pecho, entre el corazón y el pulmón izquierdo. Tenía consigo un cartel con la frase: ''OMC asesina campesinos''. Quería ofrendar su vida para salvar a los agricultores y a la agricultura. Poco más de tres horas después falleció.

Kyung Hae era pequeño productor. Tenía cerca de 56 años y una familia a la cual sostener. Participaba con la Liga de Campesinos de Corea (LCA) y formaba parte de la delegación de 160 pequeños agricultores y 50 sindicalistas coreanos que viajaron a Cancún a protestar contra la Organización Mundial de Comercio (OMC).

La noche anterior su grupo pidió a Vía Campesina encabezar la marcha de protesta contra la OMC.

En Corea del Sur se celebra el Día de Muertos el 10 de septiembre. Y, como sucede en todas las sociedades de fuerte raíz agraria, la celebración de los difuntos es una cuestión sagrada. Venir a Cancún en esta fecha era, de por sí, un enorme sacrificio.

Y ese esfuerzo quería ser subsanado, se dijo en la reunión de dirigentes, con una ceremonia de entierro en la OMC. Tenían para ello un ataúd envuelto en tiras de papel de china de colores. La propuesta fue aceptada. Sólo los coreanos sabían que el rito incluía la inmolación de su compañero.

Tomar las calles

La manifestación comenzó en punto del medio día. Cerca de 15 mil personas, la mayoría campesinos, fueron encontrando en ella su lugar. En la descubierta participaba un grupo de hombres de edad, entre ellos Clemente Kiuil y Rafael Pool, principales mayas, seguidos de la directiva de Vía Campesina. Apenas unos metros atrás se instalaron cerca de 300 campesinos asiáticos, productores de arroz en su mayoría, y trabajadores -según su decir- de más de diez horas por día. Ordenados y marciales, se esforzaban en explicar, en un precario inglés, que cada día producen más pero cerca de 60 por ciento de los alimentos que consumen son de importación. ''Algo anda mal, estamos enojados y queremos que pare el WTO'', señaló una joven japonesa.

A un lado, con bermudas color caqui, chaleco y camisetas blancas avanzaban dos centenares de sudcoreanos. Enarbolaban el lema šExcluir a la agricultura de la OMC! y exigían ''alimentos seguros''. Varios de ellos vestían una bata beige y sombreros de papel altos, atuendo especial para ensalzar la ceremonia del pung mul. Marcaban el ritmo con instrumentos de percusión que, media hora más tarde, se transformarían en tambores de guerra.

En algún momento se colocó al frente de la marcha el grupo de Vía Campesina encargado de la mística. Cargaban un enorme tablero lleno de rosas rojas, mazorcas, veladoras y tierra. En el resto de los contingentes el ambiente era de fiesta. Los sonidos de la banda Tlayacapan se mezclaban con los tambores juveniles y con los acordes de un grupo musical ecologista. Jóvenes disfrazados de pájaros caminaban al lado de muchachos vestidos de delfín y de un wixárrica ataviado con su traje autóctono. Los desobedientes italianos llevaban una gran manta con el mensaje ''Somos un chingo y haremos desmadres''. La marcha sellaba la naciente convergencia de Vía Campesina, el Congreso Nacional Indígena (CNI), sectores de la juventud y grupos ecologistas.

''Bienvenidos todos a Cancún''

A las 12:30 el grueso de la manifestación llegó al cruce de las avenidas Tulúm y Coba, el llamado ''punto cero''. Un comandante informó a los reporteros que metros más adelante terminaría el encargo de la policía local y que, un poco más adelante, lo que ocurriera era responsabilidad de las autoridades federales.

Quince minutos después la descubierta había llegado al retén. Una hilera de rejas de metal pintadas de rojo, de 50 metros de largo, fijadas al suelo con amplias láminas de metal, bloqueaba el paso de los manifestantes. Detrás de ellos un agrupamiento de unos 200 policías de la Policía Federal Preventiva, equipados con escudos de plástico, toletes y máscaras antigás colgadas al pecho, formaba un nuevo muro que se interponía entre los ministros y funcionarios reunidos en el Centro de Convenciones de Cancún y los ciudadanos de a pie. Sobre las dos barreras una pancarta del gobierno municipal decía: ''Bienvenidos todos a Cancún''.

Frente a la policía, a ocho kilómetros de distancia de los ministros de economía y comercio, Vía Campesina realizó un ritual al que llamó ''mística de la defensa del maíz maya''. ''Somos más de 15 mil personas'', expresó jubiloso Rafael Alegría, mientras un hombre con el torso descubierto abría paso cargando su mecapal con semillas criollas. ''Maíz, somos tus hijos, madre tierra fuera de la OMC!'', coreó una parte del contingente, mientras los campesinos que se habían colocado frente a la fuerza pública empezaron a gritar: ''šGlobalicemos la lucha, globalicemos la esperanza'', al tiempo que los coreanos avanzaban al frente con el puño en alto.

Del otro lado de la valla, más atrás de los policías, dos camiones antimotines de la policía federal y elementos del Estado Mayor Presidencial levantaban un nuevo muro humano. Un par de enviados del gobierno pedían que se formara una comisión para ''entregar el documento'' que las organizaciones campesinas nunca pensaron presentar.

Ahí estaba también Melba Pría, encargada del enlace entre las organizaciones civiles y la cancillería mexicana. Con ella, según versión de los dirigentes de Vía Campesina, había un acuerdo de avanzar más allá del ''punto cero''. Pría se había convertido entonces en una funcionaria seria, de gesto adusto, protegida por una interminable hilera de uniformados, mientras desafiante repetía: ''el acuerdo es que no iban a pasar, es un acuerdo de ellos mismos... No van a pasar''.

Otros funcionarios explicaban que el enrejado, justo en el comienzo de la zona hotelera de Cancún, ''correspondía a las medidas de seguridad del evento'' e insistían: ''formen una comisión... estamos abiertos a dialogar''. No quedaba claro sobre qué iba a platicar el gobierno con los campesinos cuando lo que ellos exigen es que la agricultura salga de la OMC y no tienen esperanza en la posibilidad de reformar la institución.

Ese fue el momento en el que dos integrantes de Vía Campesina brincaron el enrejado. Lee y varios de sus compañeros, algunos vestidos con una especie de túnicas, los siguieron, al tiempo que arengaban a la multitud en su idioma con el auxilio de un micrófono. El ataúd de colores con los restos simbólicos de la OMC se transformó entonces en un ariete para empujar la valla, mientras la primera línea de altermundistas trataba de derribar el enrejado empujando con el cuerpo. No tuvieron éxito y los coreanos abrieron entonces un pequeño camino para tomar vuelo y estrellar nuevamente el féretro. La valla resistió el impacto. Un nuevo intento, digno de una nueva pugna de la gleba contra los señores medievales, fue hecho prendiendo fuego al ataúd e impactándolo contra el muro. Fue entonces cuando Lee, en lo alto de la reja, sacó la navaja de su ropa y se sacrificó.

El fin de la fiesta

Ensangrentado, herido de muerte, Lee fue trasladado al hospital Jesús Kumate por la Cruz Roja. Pocos se dieron cuenta en ese momento de la inmolación. Los tambores coreanos y de una banda musical llamaban al combate. La presión sobre la malla se extendió cuando grupos de jóvenes entraron en acción. Los campesinos exigían que no se lanzaran objetos. Querían usar solamente el cuerpo como arma. Fue entonces cuando del lado izquierdo de la malla se abrió un boquete. La multitud celebró el triunfo con un futbolero: ''Sí se pudo, sí se pudo''. La policía ocupó el hueco y disparó descargas de gases lacrimógenos. Una pedrada lanzada por la policía descalabró al fotógrafo de La Jornada José Carlo González. Igual suerte tuvo el dirigente campesino Paul Nicholson, al que un toletazo le abrió la cabeza. Los manifestantes habían obtenido una victoria simbólica.

Fue Alberto Gómez, coordinador nacional de la UNORCA, quien informó que el gobierno había aceptado que la manifestación avanzara más. Poco después se rompería un pie. Pero en lugar de que la policía retrocediera, llegaron refuerzos y vehículos blindados. Los campesinos comenzaron a replegarse y la intensidad del enfrentamiento se incrementó.

A partir de ese momento entraron en acción pequeños grupos de jóvenes, en su mayoría sin coordinación entre sí, pero decididos a enfrentarse, que cargaron contra la policía. Vía Campesina insistió en que no se cayera en provocaciones. Los llamados fueron inútiles. Para ese momento ya no tenía el control de la marcha.

Uno de los jóvenes que habían saltado la valla fue detenido, golpeado y, posteriormente, liberado por los policías. Rápido cobraron venganza. Al fragor de la batalla, un uniformado perdió su tolete. Los radicales lo arrastraron a su terreno y lo tundieron a patadas. Uno de los manifestantes lo rescató, enviándolo de vuelta con los suyos. Ello no impidió que su situación fuera delicada. La furia de los que convirtieron la protesta en pleito se volcó contra el que había osado defender a un policía.

Molesto, irritado, uno de sus dirigentes gritaba a su compañero: ''Repliéguense, vamos a dejar solos a los chavos, ellos son provocadores''. Odio de clase, cosecha de la marginación, los jóvenes le gritaban a la policía: ''Nos vamos a organizar en Revolución para darles en su madre, putos...'' Sólo risas fue lo que los uniformados les dieron en respuesta. Pero, a pesar de las risas, 19 policías resultaron lesionados, algunos con quemaduras por ácido. La fiesta había dejado de serlo.

Los sobrevivientes

La noticia de la muerte de Lee se extendió a partir de ese momento con rapidez. Incredulidad, consternación, asombro, tristeza, desánimo se apoderaron de la mayoría de los manifestantes.

Fue Hang Ki Lab, uno de los voceros del contingente coreano, quien dio su versión sobre la inmolación de su compañero. ''Fue una manifestación de sacrificio de la que nos sentimos orgullosos'', dijo. ''Es una de las pocas vías que nos dejan. La OMC está trayendo la muerte a nuestra agricultura familiar y a nuestros campesinos. Es casi imposible sobrevivir en el campo. Su muerte es un mensaje, un acto simbólico de lo que nuestros compañeros viven''.

Quien se pregunte cómo es posible que una delegación tan grande haya venido de tan lejos a protestar, tiene ya una respuesta. Los campesinos coreanos, como los de tantas otras partes, han sido colocados en una situación límite. Quieren seguir siendo campesinos pero las políticas de la OMC se los impiden. Miembro de una clase de sobrevivientes, al fin y al cabo, Lee ofreció su vida para que los suyos puedan seguir sobreviviendo. Quizás por eso, los integrantes del Congreso Nacional Indígena mexicano, que tanto saben de muerte y resurrección, organizaron a las 9 de la noche un velorio simbólico de su nuevo hermano.

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