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México D.F. Sábado 8 de noviembre de 2003

Luis E. Gómez*

Negri, su tiempo, su obra

Leí con particular atención el artículo de Guillermo Almeyra sobre la visita de Negri a Argentina. Primero, me dio un gusto enorme saber que Negri ya puede dejar suelo italiano donde pasó varios años en prisión, acusado injustamente de ser líder histórico de las Brigadas Rojas, primero en los años 70 y, luego de un largo refugio en Francia, a su regreso a Italia, volvió a estar en la cárcel en los años recientes. Negri refutó siempre la acusación calificando a las brigadas de germen de Estado autoritario. En la fase final del cumplimiento de su condena, el autor de Imperio y de El poder constituyente todavía debía dormir en la cárcel, todo "justificado" en una ley de origen mussoliniano muy parecida a nuestros desechados artículos 45 y 45 bis del Código Penal, precisamente sobre el delito de disolución social.

Por supuesto nada de esto aparece en el artículo de Almeyra y en verdad quizá no importe tanto frente a la terrible declaración de Negri hecha en Buenos Aires, de que aumenten el salario a los obreros. ƑNo es eso lo que la izquierda siempre ha querido, o es que ahora exigir aumento de salario es reaccionario? Tal vez...

El gran pecado de Antonio Negri es decir que el mundo ha cambiado, que ya no todo lo rige la lucha de clases, lo cual es sorprendente, puesto que él es creador de conceptos de la evolución de dicha lucha de clases, basta ver las aportaciones dadas con los conceptos de obrero masa, de trabajo del general intellect, y de las vicisitudes del trabajo inmaterial que señalan las transformaciones de las nuevas formas de la aplicación de la cibernética y de las nuevas tecnologías en los procesos productivos. Sin embargo, los acontecimientos de fin de milenio (como la globalización y las transformaciones de las luchas sociales) llevaron a Negri a señalar, por un lado, la emergencia de un nuevo modo de organización del capitalismo donde -tampoco es una novedad- la noción de imperio actúa como la del imperialismo según Lenin, el imperio como el imperialismo no tienen patria.

El imperio según Negri no es dirigido por un gobierno específico, así poderoso sea el gobierno del neofascista Bush, y es totalmente creíble que este gobierno, por sus vínculos con un grupo de intereses petroleros y de la industria bélica, haya violentado lo que venía haciendo en términos de globalización el gobierno anterior del presidente Clinton. El señor Almeyra piensa todavía que si el imperialismo no es estadunidense no es imperialismo, y que si hay imperio éste tendría que ser sólo gringo.

Por otro lado, si vemos bien la lucha de clases en Bolivia, veremos que tiene más de lucha indígena que de clases (basta señalar que, como en Chiapas, en Bolivia ya hay un Comité Revolucionario Indígena Clandestino), aunque su contenido de clase no desaparezca del todo; también podemos ver que sus reivindicaciones no tienen que ver con las clases, sino con un cierto nacionalismo pluriclasista que defiende sus recursos naturales frente a la globalización, a menos que ahora, otra vez, 30 años más tarde, sigamos pensando que hay clases entre países que representan a las clases sociales. Muchas maromas intelectuales hay que efectuar para llegar a tales conclusiones.

A la noción de multitud, ni se le puede negar existencia ni se le puede reducir a expresión de clase, veamos solamente la composición social de las protestas de Seattle, de Cancún, de Génova, de todos los participantes ahora llamados altermundistas (concepto que personalmente no me gusta), quienes buscan con sus acciones construir las utopías del nuevo siglo.

La mayoría de los integrantes de las multitudes antiglobalización son estudiantes, intelectuales, hijos rebeldes de la clase media, ecologistas, feministas y defensores de la diversidad sexual, grupos de diversas tribus posmodernas, defensores de derechos humanos, desempleados que nunca han tenido un trabajo -y quién sabe si algún día lo tendrán-, indígenas donde los hay, campesinos pobres (inclusive algunos muy tecnificados), y es verdad que también concurren empleados y trabajadores que sueñan con algo mejor. Pero ni son mayoría ni impregnan estas manifestaciones con demandas tradicionalmente proletarias, como, por ejemplo, de mejoras salariales. Lo más sencillo para borrar esta diversidad sería decir que, en su conjunto, forman una clase social, lo cual sería muy simplista. O inclusive afirmar que representan al proletariado, aunque no se den cuenta.

La verdad es que esta brava gente no quiere partidos, como los que todavía se preconizan desde las izquierdas arcaicas, ni hay quien los represente ni quieren que se negocie en su nombre. Los distingue una posición negativista, no son internacionalistas en la vieja concepción, son más bien cosmopolitas y están en contra del imperio global, cualquiera que sea la bandera nacional que pretenda encabezarlo.

Negri ha trabajado desde una izquierda que comprende los nuevos procesos con una obra espléndida, donde se puede aprender sobre Hegel, Kant, Marx, Nietzsche, Espinoza, Leopardi, y comparte ideas con gran cantidad de pensadores de gran calibre y prestigio, algunos ya desaparecidos, como Foucault, Deleuze, Guattari, Lefebre, y de muchos otros que hoy comparten posiciones y análisis que tanto se requieren para la comprensión nuestra contemporaneidad posmoderna. Basta señalar a Jameson, a Vincent, a Hardt, a Balibar y tantos otros intelectuales de las izquierdas no dogmáticas que han pasado por sus iniciativas culturales, que son mucho más que simples proyectos de revistas como Futuro anterior, y más recientemente Multitudes, verdaderas aportaciones para comprender el desarrollo del capitalismo de la posmodernidad.

Una falsa apreciación de la visita a Argentina de Toni Negri no puede determinar ni descalificar la vida intelectual de un hombre que ha puesto su existencia y su esfuerzo para comprender el mundo contemporáneo y sus transformaciones.

*Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM

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