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México D.F. Sábado 17 de abril de 2004

Gonzalo Martínez Corbalá

La comisión especial para la investigación del 11-S

La guerra "preventiva" en Irak, que fue concebida como un ataque fulminante al terrorismo y al peligro que supuestamente estaban enfrentando -sin saberlo- las grandes potencias, y que se planteó como una cuestión indiscutible de "o están con nosotros o están contra nosotros" -afirmación aplaudida fuerte y prolongadamente en el Congreso estadunidense- se ha convertido en un problema muchísimo mayor y de una complejidad incomparable a lo que inicialmente se pensó que sería. "Es un paso más en lo que no cabe sino calificar de guerra civil", dice El País en uno de sus editoriales del pasado 7 de abril. Añade que a las tensiones entre chiítas, sunitas y kurdos se suma ahora una lucha entre los propios chiítas, y de muchos de ellos contra unos ocupantes que han de hacer frente a estos retos, a la resistencia sunita y al terrorismo de elementos árabes extranjeros. Así, abunda, "no puede sorprender que en tales condiciones, y aunque resulte impopular en Estados Unidos, el Pentágono estudie llevar más tropas. Los pocos más de 100 mil militares estadunidenses no bastan, ni siquiera con el añadido de empleados privados de seguridad que han llevado a una indeseable privatización de la guerra".

Luego analiza el diario madrileño el problema en que se encuentra la Brigada Plus Ultra, contingente militar aportado a la coalición por el anterior presidente del gobierno español, José María Aznar, que constituye la base española en Diwaniya, la cual también fue atacada en estos días, para agregar que "si la función de estas tropas acaba siendo la de asegurar su propia defensa, más vale que regresen". Lo cual ha sido ya establecido terminantemente por el nuevo presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, para junio próximo, no sin dejar de transmitir al secretario Donald Rumsfeld, por conducto de José Bono, titular de Seguridad de España, que el gobierno socialista será un fiel aliado de Estados Unidos, pese al desacuerdo sobre Irak.

Por otra parte, el 9 de abril se celebró, por fin, la tan esperada audiencia pública y bajo juramento, de la principal asesora de seguridad del presidente George W. Bush, Condoleezza Rice, quien, según afirma el propio New York Times, siguió puntualmente el script de la Casa Blanca, en la misma página en que informa que las luchas incendiarias en Irak bloquean los esfuerzos tempranos para un cese el fuego, en tanto las fuerzas de la coalición luchan contra los insurgentes iraquíes en buena parte del territorio del país invadido, precisamente en el aniversario de la caída de Bagdad. En el quinto día de la insurrección se combatía por el control de Fallujah. En su avance las tropas estadunidenses causaban más de 300 muertes de iraquíes, y hubo algunas bajas de marines en el combate más intenso desde la batalla de Bagdad.

Se combatía también, mientras se celebraba la audiencia de Rice, en Najaf, ciudad que controlaban los chiítas. En Bagdad hubo algunos bombardeos. Los seguidores de Moqtada Sadr controlaban la ciudad de Kut. En Kerbala los milicianos chiítas lanzaron un ultimátum a las fuerzas de la coalición para que se retiraran y en Diwaniya resultaron heridos tres soldados españoles, uno de gravedad.

En la comparecencia de Rice salió a relucir un misterioso documento del 6 de agosto de 2001, que recibió -como era de esperarse- el presidente Bush en su rancho de Crawford, Texas, en el que se le advierte, con carácter secreto, que partidarios de Osama Bin Laden planeaban llevar a cabo un ataque con explosivos dentro de Estados Unidos, así como secuestros de aviones. Otro reporte de un comité conjunto del congreso aludió el año pasado a una amenaza de ataque de Al Qaeda, todo lo cual se contradice con las reiteradas afirmaciones de la Casa Blanca de que el informe recibido por el presidente acerca de la amenaza de Al Qaeda fue de naturaleza "histórica", no preventiva, y que por tanto la Casa Blanca tenía pocas razones para sospechar que estaba por realizarse un ataque de esa organización dentro de sus fronteras (New York Times, Eric Lichtblau y David Sanger, 10 de abril)

Independientemente de si el presidente Bush atendió o no con la diligencia debida los informes de la Oficina Federal de Investigaciones y de la Agencia Central de Inteligencia acerca de la inminencia de algunos ataques -indeterminados hasta el momento de realizarse- a Estados Unidos dentro de su propio territorio, está la cuestión de las raíces del terrorismo, las cuales no fueron tratadas en la comparecencia de Rice ante los comisionados especiales, y más bien se dio la impresión de que, intencionalmente, se trató de omitir -hasta el punto de no mencionarla siquiera- la relación que el problema de la amenaza del terrorismo a escala mundial pudiera tener con la guerra "preventiva" contra Irak, que es un tema sobre el que John F. Kerry, candidato demócrata a la presidencia -y con él numerosos estadunidenses-, tiene muchas dudas, las cuales ya han sido planteadas, pero parece que no se escuchan en la Casa Blanca, como quedó muy claro después de la comparecencia.

Está por ejemplo el caso del ataque al destructor estadunidense Cole, contra uno de cuyos costados se lanzaron algunos suicidas con una lancha de motor fuera de borda, causando daños considerables en el navío y la muerte de 17 marinos. Investigaciones posteriores han arrojado datos que atemorizan a cualquiera, en el sentido de que este atentado, realizado en el puerto de Adén, en Yemen, tiene alguna relación muy estrecha con los actos terroristas cometidos posteriormente en diversas partes del mundo, sin que se le hubiera dado la atención necesaria a quienes lo perpetraron, lo fraguaron y lo dirigieron, y sí, en cambio, desde el primer momento del bárbaro atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, el llamado 11-S, de lo que se trató fue de establecer alguna liga entre éste y Saddam Hussein, lo que quedaría claro en el libro de Richard Clarke Against All Enemies (Contra todo enemigo), en el que este ex funcionario de seguridad nacional niega que en esa fecha hubiera ya algún elemento contundentemente cierto que probara la relación del gobierno iraquí con los lamentables acontecimientos, con todas las consecuencias de tanta gravedad que posteriormente se desarrollaron y llevaron a la coalición a invadir Irak, en una aventura que cada día que pasa genera más incertidumbre en el propio pueblo estadunidense, especialmente entre los deudos de los soldados muertos en suelo iraquí, y ante la perspectiva de tener que mandar más tropas para controlar la situación que cada vez parece tener más relación con las enormes reservas de petróleo que hay en su subsuelo que con el ataque terrorista del 11 de septiembre.

Hacemos votos por que los datos que afloren en las sesiones de la comisión especial para la investigación del 11-S sirvan para encontrar las verdaderas raíces y los motivos que generan el terrorismo y para que sea posible la paz en el Golfo, en el Medio Oriente y en todo el mundo.

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