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México D.F. Domingo 9 de mayo de 2004

Carlos Bonfil

El regreso

Una gran paradoja en nuestra exhibición de cine. A medida que se diversifica la oferta fílmica cultural en la ciudad de México, y se crea, por ejemplo, un Festival Internacional de Cine Contemporáneo, cuyo éxito permite vislumbrar una mejor disposición de público, distribuidores y exhibidores hacia producciones novedosas; a medida que la Cineteca Nacional y otras instancias culturales multiplican sus propuestas y afinan sus criterios de selección, transformando paulatinamente el paisaje de la exhibición de cine artístico en México; a medida que todo esto sucede, muchas otras propuestas alternativas (Elefante, Venganza sexual, por mencionar sólo dos), salen de cartelera a la primera o segunda semana de su estreno. Pareciera que entre más reconocimientos internacionales acumula una cinta (Cannes, Sundance, Venecia), más sospechosa es de volverse un fracaso comercial, y por lo mismo menos atractiva, menos digna de un apoyo decidido en su lanzamiento publicitario y, peor aún, en su difusión en la prensa especializada. Irónicamente, a las peores cintas se les brinda mayor atención y cobertura, en tanto a las mejores se les abandona a su suerte y a la buena voluntad del público que consigue, sin mayor orientación, identificarlas en la cartelera.

Tal pudiera ser una vez más el caso de El regreso, primer largometraje del ruso Andrey Zvyagintsev, premiado con el León de Oro del Festival de Venecia el año pasado. Este espléndido trabajo tiene hoy un lanzamiento modesto y una suerte muy incierta en nuestras pantallas, a pesar de haber sido reconocido hace poco como mejor filme en el mencionado festival capitalino. La historia de El regreso es ciertamente hermética, enigmática como sus protagonistas, y plantea interrogantes que, de modo deliberado, jamás resuelve. Su atractivo principal radica en su belleza plástica y en su estupenda dirección de actores. La narración es tradicional, envolvente, y muy ágil su discreto manejo del suspenso. Aunque las atmósferas rurales, casi oníricas, remiten al cine de Tarkovski, no hay aquí referentes históricos precisos, sólo la evocación de un drama intimista, atemporal, que bien podría ser materia de algún relato de Turgenev (Padres e hijos).

Una clave para entender la trama y las posibles intenciones del cineasta, consiste en ubicar correctamente los puntos de vista. ƑQuién observa a quién y cómo lo hace? La mirada es aquí doble, la de dos hermanos, Andrey, de 15 años, Vanya, de 12, y el punto de observación, el padre misterioso que regresa al hogar luego de 12 años de ausencia. Sabremos tanto acerca del padre como los propios adolescentes. Ninguna precisión sobre los motivos de su abandono una década atrás ni sobre las intenciones de su regreso. A los ojos infantiles, se trata de un forastero absoluto, ogro malhumorado de intenciones inciertas, vagamente amenazadoras. El clima de misterio se precisa lentamente, con los elementos casi mágicos del paisaje, perspectivas gélidas de la estepa, como un equivalente poético de las atmósferas de aquella cinta de asedio y suspenso, La noche del cazador, de Charles Laughton.

A poco tiempo de iniciada la historia, la madre se eclipsa súbitamente y los hijos quedan a merced del progenitor autoritario que los lleva a un viaje de pesca, para regocijo del hermano mayor, ávido de identificarse con la figura paterna, y desconcierto total de Vanya, siempre apegado a la madre. Hay ritos de iniciación, como la confrontación de los adolescentes con un par de bandidos, aprendizaje acelerado de la supervivencia en un medio hostil, con la guía hosca del padre. Un acierto del director es la ambigüedad que se instala en las relaciones filiales. Sorprenden las transformaciones del carácter paterno, rígido y violento, aunque también inesperadamente tierno. Vanya acumula un capital de rencor y recelo, de consecuencias fatales. Andrey se muestra incapaz de asumir el relevo del padre en la educación del hermano menor, y los dos jóvenes señalan continuamente su asombro y su imperiosa necesidad de cariño ante el intruso irascible, padre traidor, padre verdugo, que bruscamente se apodera de sus vidas. El regreso es una película fascinante, relato de orfandad y de un fuerte anhelo de pertenencia afectiva. Como otras cintas rusas recientes, es también metáfora de una desintegración territorial, de la pérdida irrefrenable de los valores tradicionales, y de un deseo por conquistar nuevos asideros espirituales.

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