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México D.F. Martes 15 de junio de 2004

Pedro Miguel

El adiós a Reagan

Es tiempo de despedidas. El actor asesino Ronald Reagan se fue de los brazos de Nancy y del aire de este mundo. Sus despojos fueron transportados en una última gira triunfal de California a Washington y luego de regreso. En esta era de dificultades nacionales había que extraer de su cadáver hasta la última gota de sustancia: es que ese cuerpo corroído por el mal de Alzheimer era el último depósito sustancial de grandeza americana, entendida ésta en el sentido maniqueo de los comics. Lo que llegó después de Reagan fue posclásico: guerras contra enemigos ínfimos y débiles (como las que emprendió Bush padre en Panamá y en Irak), burbujas de esperanza rotas, en el ámbito económico, y hasta intentos por comprender al resto del mundo y el futuro (como los de Clinton y Gore), que causaron un franco disgusto en los círculos conservadores. Ahora los políticos del país vecino sobreviven en la incomodidad espiritual de saber que no hay en el mundo un adversario verosímil y que, sin embargo, los gastos de defensa alcanzan un nivel sin precedente y a todas luces excesivos: ƑQué, para enviar torturadores a un país remoto no bastarían unos pocos cientos de miles de dólares? ƑHay algo más que pueda diseñarse en las oficinas del Pentágono para restaurar el rudimentario sentido de trascendencia que vinculaba a la sociedad de Estados Unidos con las acciones de su gobierno?

Parece que el sobredimensionado duelo de Estado por el final del organismo, que en algún momento se denominó Ronald Reagan, tiene un componente de nostalgia no por él, sino por aquella época en que la humanidad se dividía en bandos reconocibles y en la que éstos presentaban una relativa simetría de medios bélicos. Aquello era sofocante -porque exigía tomas últimas de partido- y la muy real amenaza de la hecatombe nuclear nos tenía sudando adrenalina. Sin embargo, para las estructuras espirituales débiles -Igor Caruso dixit-, la ausencia casi total de ambigüedades era como un regalo de los dioses, porque facilitaba enormemente los trámites de identificación y rechazo ideológicos que son, en último término, como se sabe, elección de afinidades afectivas. Para muchos, el viejito de la Casa Blanca era, en ese entorno, un asesino mucho más cercano y hasta entrañable que la hierática y misteriosa sucesión de momias parlantes que se sucedieron en el Kremlin por esos años y que, en el balance provisional de 2004, tienen mucho menos peso histórico que el símbolo Reagan. En Rusia nadie se toma la molestia de organizar homenajes a la memoria de Leonid Brezhnev, Yuri Andropov o Constantin Chernenko. Es más sencillo y directo, en todo caso, venerar a Stalin, como lo hacen todavía algunas reliquias cargadas de medallas.

El suspiro manriquiano por la disolución final de Reagan -toda guerra pasada fue mejor- no necesariamente pasa por un contraste de personalidades o capacidades. Tal vez Reagan no haya sido menos tonto que el actual presidente de Estados Unidos, pero su disposición a achicharrar el planeta con tal de erradicar el comunismo parecía auténtica. A final de cuentas, el actor retirado no fue más arrasador que el hijo de papi que hoy vive en la Casa Blanca, pero su figura imponía miedo y odio entre los adversarios del poder global estadunidense. Bush hijo, en cambio, es exasperante, pero también da un poco de lástima. Se ha convertido en criminal de guerra casi sin darse cuenta, movido por una mezcla de consignas de biblia motelera con intereses monetarios de los amigos de su padre. Los enemigos que inventa no se los cree nadie. A ojos de buena parte de los estadunidenses, Reagan acabó con el imperio del mal sin emprender guerras frontales, y al costo -despreciable, diría cualquier poseedor de una gasolinera de California- de unos miles de muertos centroamericanos y árabes. El pequeño Bush, aplicando todo el poder bélico estadunidense, no ha logrado terminar con la resistencia de los afganos y de los iraquíes.

El cadáver de Reagan fue expuesto a la nostalgia de sus conciudadanos con tal intensidad, que en ese ataúd no ha de quedar más que un puñado de polvo exhausto. Había que aprovechar al máximo su figura de héroe asesino, porque ya no los hacen como antes.

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