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México D.F. Domingo 29 de agosto de 2004

MAR DE HISTORIAS

La voz humana

Cristina Pacheco

"El número que usted marcó está descolgado o se encuentra en reparación. Por favor, llame más tarde."

El mensaje pregrabado exacerba el malhumor de Guillermina. La asalta un deseo irrefrenable, salvaje, de escuchar a un ser humano de verdad. No le importa quién sea o qué edad tenga la persona que le conteste. Le basta con saber que el destinatario sentirá pánico al oírla mencionar el nombre de Muebles y Enseres, la empresa que ella representa.

Una oleada de calor humedece el cuerpo de Guillermina y empaña sus lentes. Resignada, se los quita y los limpia con el faldón de la camisa que deforma más sus vastas proporciones. Mientras frota los cristales, los nombres registrados en su lista de clientes morosos se vuelven huidizos e ilegibles.

Antes de volver a calarse los anteojos, a ciegas y al azar, Guillermina apoya el índice en su cuaderno. Se pone a prueba: imagina el número telefónico que la guiará hacia su presa e intenta adivinar su nombre: "ƑEfraín?" Con la esperanza de haber acertado, se cala las gafas, se inclina sobre el registro de morosos y, decepcionada, lee: "Atenógenes Morán Calvillo".

Conforme marca el número hace memoria. Nunca ha llamado a nadie con semejante nombre. Esa novedad, que altera su rutina, le provoca cierta excitación. Mientras espera la respuesta juega con el cable del teléfono y se imagina cómo sonarán los timbrazos en la casa de... -consulta la lista- Atenógenes.

-De seguro es un viejo -murmura Guillermina. Deja de retorcer el cable cuando la asalta una duda: -ƑY si contesta la mujer?

En tal caso actuará como acostumbra hacerlo en circunstancias semejantes: clavará el aguijón de la duda en el pecho de la incauta: "Me llamo Guillermina. ƑPuedo hablar con...?" En ese momento, cuando la otra esté envenenada por una gotita de celos, ella pronunciará el nombre de su perseguido con familiaridad y ahuecando la voz -le han dicho que la tiene divina- como para dejarle espacio a una sonrisa.

En medio de sus reflexiones, la sorprende una voz masculina al otro lado del teléfono:

-Diga. šDiga!- Se oye un suspiro y después el golpe del interruptor.

Si hay algo que irrite a Guillermina es que la rechacen. Otra oleada de calor la baña y teje en su frente un nido de cabellos desteñidos y ralos. Mientras vuelve a marcar el número, Guillermina siente rabia hacia el incauto que se atrevió a interrumpir la comunicación sin darle tiempo de presentarse y desplegar las habilidades que le han valido el más alto reconocimiento dentro de la empresa: "La cobradora del año".

El propietario de Muebles y Enseres no imagina todo lo que ella tiene que hacer cada mañana para conservar ese honroso título. Primero, recuerda sus objetivos y luego jura que se mantendrá inflexible aunque al otro lado del teléfono alguien le explique las trágicas razones que lo llevaron a convertirse en cliente moroso.

Para evitarse riesgos, en cuanto escucha súplicas y gemidos ella pronuncia la sentencia: "Hoy mismo turnaré su caso a nuestro departamento jurídico".

Se sobresalta al escuchar de nuevo la voz masculina:

-Diga...

Guillermina se echa hacia delante, como si quisiera impedir la huida de su víctima, y pregunta con firmeza:

-ƑAtenógenes Morán Calvillo?

-Servidor-. El hombre hace una pausa: -Disculpe: Ƒes usted la persona que llamó hace dos minutos?

-Sí y usted me....

-Perdóneme por haberle colgado. Creí que era uno de esos tipos que llaman a todas horas preguntando por Deyanira.

-ƑQuién es Deyanira?

-No lo sé. Pero su teléfono y el de su servidor deben de ser muy parecidos. No encuentro otra explicación de que le hablen siempre aquí. Llevo treinta años en este departamento. Antes lo ocupó mi compadre Severiano Téllez.

Guillermina no sabe qué decir ni cómo abordar el tema del adeudo que tiene el señor Morán Calvillo con Muebles y Enseres. Atenógenes aprovecha la pausa para seguir hablando:

-Créame que ya hasta siento curiosidad por saber quién es la tal Deyanira-. El hombre ríe con discreta malicia: -Ha de ser una joven muy agraciada o muy sociable.

-ƑPor qué piensa que se trata de una joven?

-Por el nombre: es muy exótico. En mis tiempos las muchachas se llamaban Refugio, Anastasia, Consuelo, Guillermina-. Atenógenes escucha un rumor: -ƑSe ríe de lo que dije?

-No, para nada -responde Guillermina.

-šLástima! Me hubiera gustado. ƑSabe? Hace tiempo que no escucho una risa femenina, y mucho menos tan cerca de mi oído. ƑSerá porque a nadie le atrae reírse con un viejo o porque a la gente ya se le olvidó cómo hacerlo?

-La verdad, nunca me había puesto a pensar en eso.

-Yo sí; pero no se asuste: no soy filósofo. Considéreme nada más un viejo abandonado que habla solo porque no tiene... šSoy una bestia! Usted me llamó por algún motivo y en vez de escucharla me puse a reflexionar acerca de la risa-. Hace otra pausa: -ƑCómo fue que caímos en el tema?

-Me dijo que me había colgado el teléfono creyendo que era alguno de los hombres que llaman a Deyanira.

-ƑSabe cuántos le hablaron hoy? šCuatro! Recibí la primera llamada a las siete de la mañana.

-Eso debe ser muy molesto para usted. ƑNo ha pensado en instalar una contestadora?

-Aborrezco los aparatos. Si contesto el teléfono es porque no soporto oírlo sonar.

-Cada quien tiene sus manías; para mí es un suplicio que cuelguen sin darme tiempo de hablar.

-Yo lo hice, discúlpeme; pero ya le dije...

-Sí, lo recuerdo -feliz por haber impedido que Atenógenes citara otra vez a Deyanira, Guillermina adopta un tono más cordial-. Creo que hay otra solución para su problema: cambie de número.

Una tercera oleada de calor le recuerda a Guillermina su objetivo. Para borrar su involuntaria infidelidad a Muebles y Enseres, se apresura a corregir:

-Pero le advierto que el trámite es larguísimo.

-Y muy caro.

-šCarísimo! -Guillermina escucha la risa de Atenógenes y se estremece-. ƑQué sucede?

-Pensaba en los zánganos que buscan a Deyanira. ƑSe imagina su desesperación al encontrar el número ocupado siete minutos?

-ƑLlevamos todo ese tiempo hablando?

Al cabo de una pausa más larga que las anteriores, la voz de Atenógenes se escucha más firme:

-Otra cosa lamentable es que ya muy poca gente se interesa en la conversación. Por cierto, todavía no me ha explicado el motivo de su llamada; pero antes, déjeme agradecerle estos nueve minutos.

-ƑNueve ya? -exclama Guillermina, sorprendida.

-Perdóneme por seguir quitándole su tiempo, que debe ser mucho más valioso que el mío.

-No me malinterprete. Quise decir...

-Oiga: Ƒy será a mí a quien está buscando? En el directorio hay varias personas con el mismo nombre, aunque ninguno es Calvillo Morán.

-Sí, lo buscaba a usted.

-Me alegra saber que hay alguien en el mundo interesado en hablar conmigo. Y yo, Ƒcon quién tengo el gusto?

-Con Deyanira -dice Guillermina, e interrumpe la comunicación.

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