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México D.F. Martes 19 de octubre de 2004

Abraham Nuncio

Los escritores se rebelan

En un acto insólito, los escritores de Nuevo León se rebelaron contra las autoridades responsables de la cultura en el estado.

Invalidar sus propuestas y cerrarse al diálogo con ellos fue la gota que derramó un vaso alimentado con decisiones verticales y oscuras.

La comunidad de escritores y artistas recibió con beneplácito el cumplimiento de una promesa de campaña por el ya gobernador Natividad González Parás: elevar los recursos destinados a las actividades culturales al uno por ciento del presupuesto global.

Luego de esa buena noticia se produjo una mala: los principales funcionarios del Consejo para la Cultura de Nuevo León (Conarte) se doblaron el sueldo. Hubo otra. Con la discrecionalidad propia del antiguo régimen se repartieron varios millones a individuos y entidades sin la correspondiente justificación. Por último, no se aceptó un mecanismo institucional: la propuesta del gremio literario para seleccionar a los ponentes en el Festival de las Letras y Encuentro Internacional de Escritores. Por último, se los dejó plantados en tres ocasiones para el efecto de dialogar.

La decisión de los escritores de no participar en ese evento coincide con el anuncio de que Monterrey será la sede, en 2007, del Fórum Universal de las Culturas y el Conocimiento. Un evento que, como las acciones de Conarte, hasta ahora se mantiene a distancia de la fuerza ciudadana, el lema de campaña de González Parás.

Si en alguna parte resulta fuera de lo común una rebelión como la mencionada eso es en Monterrey. Los escritores gozan de poca autonomía, pues los controles que se ejercen en las instituciones de enseñanza superior, incluida la universidad pública, impiden la elaboración y la difusión de un pensamiento crítico. Basta un 10 por ciento de censura a la libertad para que el 90 restante se torne en autocensura. Por décadas, en la sociedad regiomontana se ha sedimentado una mentalidad obsecuente que responde a esos controles y a los impuestos en las fábricas.

Más reseñable aún es esa rebelión si se toma en cuenta el contexto general del país.

Los años sesenta y setenta fueron fructíferos en el desarrollo de un pensamiento crítico entre los intelectuales mexicanos. A medida que el régimen se adentraba en una contrarreforma social, el andamiaje ideológico fue registrando una singladura hacia la derecha. Octavio Paz, por muchos años, fue el portaestandarte de este cambio. Su encono contra la izquierda lo llevó a olvidar el último capítulo (''Nuestros días") del Laberinto de la Soledad. Jamás, a pesar de que la realidad que describía se tornaba cada vez más agresiva para los países de América Latina, volvió a hacer la crítica contundente de la expansión capitalista y el imperialismo.

La caída del muro de Berlín y la desarticulación de la URSS coincidieron con la habilidad del gobierno salinista para atraerse a muchos intelectuales que antes mantuvieron posiciones críticas frente a la descomposición del régimen priísta. La inercia que produjo no ha dejado de causar estragos. Los intelectuales de mayor prestigio, salvo alguna excepción, se hallan atrapados en las tramoyas mediáticas, en el mercado literario o en grillas palaciegas.

Defensores de su ingreso, lo cual es absolutamente válido, los intelectuales han confundido frecuentemente esa defensa con la de privilegios y prebendas. No es raro, porque la historia así lo ha registrado, que en épocas de decadencia los intelectuales tiendan al cinismo y la burocracia.

ƑCuál puede ser el fin de la rebelión de los escritores de Nuevo León? Uno muy probable es que, sometidos a muy diversas presiones -desde las burocráticas hasta las familiares- se debiliten y no vayan más allá del gesto inicial. Puede ocurrir lo contrario, que se fortalezcan en su posición y creen nuevas condiciones que propicien el rigor institucional en Conarte y una interlocución con las autoridades que justifique su origen democrático. Si los escritores logran, al menos en este episodio, que los funcionarios del Palacio de Gobierno y del Consejo para la Cultura se despojen de la mala influencia espiritual de Martínez Domínguez -el totémico principio de autoridad-, habrán logrado bastante.

No es insignificante, de cualquier manera, el hecho de que los escritores asuman, en condiciones adversas para la libertad de expresión, la actitud crítica que debiera ser en ellos definitoria.

Los escritores son profesionales de la estética; pero también de la ética -no como prédica, sino como ánimo de congruencia entre lo que sustentan y la realidad que los circunda. El cultivo de un permanente ejercicio del conocimiento se torna en una condena: no pueden eludir los juicios de valor. Y enjuiciar los compromete a tomar una postura. Puede costarles, pues también de sacrificios ejemplares está hecha su identidad. Pero esto es inherente a la decisión de exponerse a la mirada pública para que los demás tengan puntos de referencia en la interminable confrontación de las ideas, que es la pasta de la civilidad.

La actitud de los escritores de Nuevo León es para reflexionar sobre el quehacer de los intelectuales en un mundo cada vez más polarizado, más injusto y más cruel. Y también: en un país donde las recitaciones de mercaderes y tecnócratas han logrado reblandecer muchos de los soportes morales que antes los intelectuales identificaron con la prescindencia socrática como condición de la dignidad.

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