Usted está aquí: viernes 8 de abril de 2005 Política "¡Muera El Peje!", solitario exabruto de un festejo virtual

El estado de derecho, convertido en vacío lugar común

"¡Muera El Peje!", solitario exabruto de un festejo virtual

Los cenecistas, metidos al orden

El PVEM, dividido

ELENA GALLEGOS

No hubo lugar para festejos. En punto de las 19 horas con 30 minutos todo había concluido. Priístas y panistas, que durante horas se llenaron la boca con manidas frases de defensa al estado de derecho -tantas que lo volvieron vacío lugar común-, fueron abandonando, poco a poco, sus curules. Andrés Manuel López Obrador acababa de ser despojado del fuero constitucional y puesto a disposición de los jueces por un camino que nunca se hizo y la obstrucción de unos accesos que nadie sabe a ciencia cierta dónde están, si es que alguna vez existieron. Pero, a fin de cuentas, eso era lo que menos importaba.

En la pírrica victoria -según calificaron algunos agobiados priístas que no tuvieron el valor para escapar a la vieja cultura de la línea y la sumisión en la que se formaron- sólo pudieron ser registrados como señales de triunfo los exabruptos de la oaxaqueña Sofía Castro y los brinquitos de gusto y las risitas ahogadas de Emilio Chuayffet, en el papel de sumo sacerdote en este ritual de sacrificio.

Porque este jueves 7 de abril en los muros del imponente Palacio Legislativo que José López Portillo mandó construir, y con él honrar siete décadas de un Legislativo a modo, la historia no fue distinta: diputados campesinos que habían anunciado un voto independiente y terminaron acatando la línea; legisladores que días atrás acapararon reflectores -Carlos Jiménez Macías y Alberto González Iñárritu- al asegurar una y 10 veces que no estaban de acuerdo con el proceso emprendido contra el jefe de Gobierno y que encontraron a tiempo la comisión idónea para salir del país y escapar al compromiso que sólo podrían cumplir a costo de sus futuros políticos. Y como en aquella canción infantil, de los 60 priístas que tenían, ya nomás quedaron once, once, once...

O gobernadores que desde sus amplios despachos marcaron teléfonos y apretaron tuercas para que nadie se saliera del huacal. "Votas en favor del desafuero o ya sabes que no hay apoyos. Veamos si Heladio hace por ti lo que nosotros hacemos", confesó un cenecista para disculparse por no sostener la palabra empeñada hace apenas unos días. "No, compadre, no se puede, la orden es que vayamos todos por el sí al desafuero". Y, efectivamente, compadre, no se pudo. Un episodio más para esta historia tantas veces contada.

Más hicieron los jovencitos del Partido Verde encabezados por su coordinador, Manuel Velasco, quienes no obstante que el mundo se les vino encima, se mantuvieron hasta el final y rompieron el bloque ofrecido por Jorge Emilio González a su nuevo socio -porque antes lo fue del PAN- Roberto Madrazo. No se dejaron intimidar por el Big Brother, Jorge Kahwagi, quien llegó al salón de plenos de traje negro y enormes lentes oscuros, remedo de James Dean que terminó pareciendo peleador callejero.

Con un quórum de 489 legisladores y casi al mismo tiempo que López Obrador hablaba a un Zócalo repleto, el jurado de procedencia se instaló en San Lázaro. Desde la presidencia de la mesa directiva, Manlio Fabio Beltrones -siempre secundado por Juan de Dios Castro, el panista que fungió como consejero jurídico del presidente Vicente Fox- fue agotando los puntos en la agenda. PRI y PAN, PAN y PRI, siempre juntos. Desde Fernández de Cevallos y Salinas hasta Fox y Madrazo. ¡Viva la República!

Mientras se consumaba el pacto, en los pasillos Manuel Camacho daba las últimas noticias de la concentración en el Zócalo cuando hasta él se acercó, obsequioso como es, Juan Molinar Horcasitas, hombre que el PAN se sacó de la manga para ponerlo a polemizar en cuanto programa de radio o televisión hubo espacio. El debate sostenido por ambos esta mañana de desafuero había sido agrio. Pero Molinar no tuvo empacho en decir a Camacho:

-Después del ríspido intercambio quiero ahora expresarte mi cariño, y para refrendar la amistad de siempre, pues no hay como un buen whisky, ¿no?

Profesional como es, Camacho lo dejó decir, pero no hubo más y Molinar se tuvo que ir con su estruendo a otra parte. En las curules ocupadas por los miembros de las fracciones de los partidos de la Revolución Democrática y del Trabajo, carteles amarillos y rojos con las leyendas "No al desafuero", "Sí a la legalidad" daban tono a la comedida protesta.

Desde la secretaría se daba lectura a los dictámenes de la sección instructora -retazos que el fin de semana se fueron pegando de los que prepararon el PRI y la PGR, hechos llegar por conducto del panista Alvaro Elías Loredo- y al del presidente de dicho órgano, el perredista Horacio Duarte. Lectura que habría de llevarse más de cuatro horas. Largas horas. Hubo tiempo, pues, para que los diputados leyeran con lujo de detalle las gruesas síntesis dejadas en cada lugar, que para muchos fueron motivo de comentario las informaciones que registraban que tanto Fox como el ex presidente Carlos Salinas viajaron este jueves fuera del país y ambos, azares del destino, estarían en Roma. Bueno, hubo tiempo hasta para repasar la invitación para el bufet que se serviría en el salón de Los Cristales de dos a cinco, porque no basta el estado de derecho para llenarse la boca.

Ahí estaban ya Carlos Vega Memije, en su carácter de parte acusadora, y doña Teresa Juárez viuda de Castillo, representante del presunto responsable, el gobernante de la capital. La verdad es que de los de por sí pocos legisladores que permanecían en el salón, sólo algunos cuantos atendían a lo que los secretarios -como loritos, pobres- leían y leían. ¿Para qué si ya todos sabían como cerraría la jornada?

Quince minutos antes de las 13 horas se esparció que López Obrador ya estaba ahí. Una nube de fotógrafos y reporteros lo envolvió. Los perredistas se fueron a recibirlo. Esperó cerca de dos horas en el antiguo salón de protocolo. Y los secretarios leían y leían. Hasta que no cupo duda alguna que la suspensión desobedecida se refería al juicio de amparo 862/00; que el expediente de la instructora había quedado inscrito con el número SI/03/04; que se acreditaban delitos previstos por los artículos 206 de la Ley de Amparo y 215 del Código Penal Federal, y que en ejercicio de las facultades que le conceden a la Cámara los artículos 74, fracción V, y 111, López Obrador debía quedar separado de su encargo y, en consecuencia, a disposición de las autoridades competentes para que actúen con arreglo a la ley. Punto.

Veinte minutos antes de las tres de la tarde y una vez que los secretarios concluyeron la lectura, los asistentes se pusieron casi todos de pie. Expectantes aguardaban el ingreso del jefe de Gobierno. No sabían que las extremas medidas de seguridad impedían su entrada. Por más que Pablo Gómez pulsaba el lector óptico del acceso, éste no se abría. En esas estaban cuando a una señal del coordinador panista, José González Morfín, Javier Costelo llamó la atención de sus compañeros de bancada y hasta de los priístas para que se sentaran y no quedara duda alguna que el incómodo "inculpado López" -como lo llamó en repetidas ocasiones Federico Döring- era recibido por esas cosas del estado de derecho. Nada más.

Finalmente, el gobernante caminó por el pasillo central y el líder ferrocarrilero Víctor Flores quiso quedar bien con sus compañeros y le gritó: "¡Payaso!", a lo que replicó el perredista Luis Medina con un elocuente "¡chinga tu madre!"

Entonces vino la parte medular: Vega Memije litigó -como lo ha venido haciendo desde hace meses en medios- el caso. De entrada dijo que no venía a hacer política, pero a eso se dedicó. Tanto que, molestos, perredistas y petistas le exigían: "Argumentos jurídicos, argumentos jurídicos", pero él ya traía su rollo y lo siguió a pie juntillas. No le alcanzaron los 30 minutos marcados en el acuerdo parlamentario. Así, cuando el cronómetro marcó el fin de su intervención, se escuchó el griterío: "¡tiempo! ¡tiempo!", pero Beltrones dejó hacer y el subprocurador se siguió de corridito tres minutos más.

Por eso, cuando tomó la palabra, López Obrador se dio tiempo para la ironía: "Van a tener que desaforar al licenciado Vega Memije, porque violó el reglamento". Algunas carcajadas estallaron. Pero después...

El "yo acuso" a Fox y al presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Mariano Azuela, dejó en el pasmo a todos. A los panistas ya se sabe por qué, y a los priístas también. Pero pronto pasaron a la perplejidad cuando les recordó la historia: los antecedentes porfiristas del bisabuelo del secretario de Gobernación, Santiago Creel, y la complicidad del abuelo de éste mismo con uno de los personajes más oscuros del país: Victoriano Huerta. Porque, dijo, no hay que olvidar la historia.

Lo mismo ocurrió cuando trajo a colación la amenaza de desafuero y encarcelamiento de Carlos Madrazo Becerra. De todas maneras, nada los conmovió. Priístas y panistas venían preparados para desaforarlo. "No soy ingenuo", les espetó.

Y antes de que terminara el tiempo para su defensa -tres minutos con 48 segundos exactamente-, López Obrador convino en que no tenía nada más que decir y que, en uso de sus derechos, abandonaba el salón. Vega Memije, que se la había pasado apunte y apunte, se quedó con un palmo de narices. El tabasqueño salió por el pasillo central, el subprocurador por uno de los costados.

Después vinieron las intervenciones en favor y en contra. Seis por cada postura. Aplausos para Oscar González Yáñez. Reconvenciones para Döring. Ofensas para Campa Cifrián desde su bancada -"¡Judas!", se mofaron desde el bronx- y preocupación por el dramatismo con el que Juan de Dios Castro habló desde la tribuna. Eufórico, sobrado, el panista terminó áspero intercambio con José Agustín Ortiz Pinchetti.

Mientras los priístas recetaban tesis jurídicas, interpretaban el espíritu de las normas y se parapetaban en leyes y tratados, los opositores reiteraban que la justicia selectiva no es justicia y que las andanzas de quienes hoy venían a reivindicar el orden habían transitado siempre entre la arbitrariedad y la impunidad. Todo era inútil. La decisión hacía mucho tiempo que estaba tomada.

Al final, cuando todos se preparaban para votar, Pablo Gómez denunció la maniobra contenida en el dictamen, cuyo contenido apunta al desafuero y la remoción inmediata del cargo, aunque la Constitución dice que esto no puede ocurrir hasta que esté sujeto a proceso penal. No se pudo detener. Cuando Beltrones pareció flaquear con cara descompuesta, el mismísimo Chuayffet se trepó a la mesa directiva para jalarle las orejas. "Orale -dijo Alejandro González Yáñez-, está tan preocupado que ahora ni confió en Wintilo Vega (su eterno mandadero)".

Así, a las 19 horas con 30 minutos todo había concluido. No hubo lugar para el festejo. Disparatada, Sofía Castro remató con una frase el pacto del PRI y el PAN: "¡Muera El Peje!" Todo en nombre del estado de derecho, convertido ayer, en San Lázaro, en vacío lugar común.

 
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