Usted está aquí: sábado 3 de diciembre de 2005 Política Presentismo

Ilán Semo

Presentismo

Lo que es evidente en la sociedad política mexicana que surgió de los cálculos más incalculables del año 2000 es su manifiesta dificultad para hilvanar cualquier promesa de futuro que sobrepase los golpes al adversario, la cruzada de las comparaciones (Chávez ya es el epítome de la pesadilla) y el retorno a la hidalguía etílica de la canción ranchera (el "valor", el "tesón", el "corazón", son los prime symbols de la mercadotecnia electoral). El nivel de discusión fijado desde la Presidencia, esa "ama de casa que vela por el destino de nuestro patrimonio", según su propia definición en los espots que circulan sobre el control del déficit presupuestario, ha alcanzado ya el grado cero de dicción y elaboración en una sociedad que de por sí no acierta a descifrar el equivalente que pueda explicar la relación que existe entre sus representantes y aquello que efectivamente representan. Los temas que se antojan para definir una agenda de elecciones presidenciales parecen inconmensurables: la viabilidad del modelo económico, la reindustrialización, el giro tecnológico, la educación, la catástrofe urbana, la seguridad pública en la era de los tráficos, etcétera. Y lo único que ocurre, desde el Poder Ejecutivo, es ondear la bandera del espantaelectores ("Espejito, espejito, ¿quién es el más Chávez de los mexicanos?") para anular o entorpecer la revisión de un gobierno que resultó incapaz de capitalizar el momento democrático del año 2000 y transformarlo en una era nueva de reorden nacional, expectativas crecientes y ensamblaje plural.

La política mexicana se halla anegada en el presentismo. Todas las posibilidades de pensarla a partir de las premisas elementales que supone cualquier proyecto integral parecen destinadas a fenecer en el desfiladero de una interminable lucha de facciones.

Podría afirmarse, claro está, que el presentismo no es privativo de nuestra condición. Que es el Zeitgeist, el espíritu de los tiempos que corren. Que es incluso una de las características peculiares de la forma como la democracia fija los órdenes de su propia temporalidad. La paradoja democrática consiste precisamente en ese acortamiento del tiempo plausible que sólo vislumbra como escenario de cálculo el lapso que separa a una elección de la otra. Qué importan la historia, el futuro o un tema, hoy estrictamente onírico, como la esperanza, cuando lo único que mueve las fibras del mundo político es la angustia por quién habrá de alcanzar la próxima mayoría. Al menos entre nosotros, no asoma ninguna fuerza capaz de contener esta dictadura del más banal empirismo que puede traer consigo el simulacro de la pluralidad.

Digo simulacro porque finalmente el único argumento que puede ofrecer un destello de inteligencia a un político es advertir que ninguno de los problemas esenciales del país tiene solución a corto plazo. El oximoron semiótico de la democracia a la mexicana se encuentra precisamente en esta paradoja. No hay nadie que encuentre en ella los hilos del cálculo a largo plazo, sabiendo que ninguno de sus dilemas admite soluciones a corto plazo.

El presentismo es también un dilución de sentido. Siempre es preferible un orden plural que mantenga al político acosado por sus circunstancias, que esos sistemas que producen prohombres decididos a ser juzgados por el tribunal de la historia mientras pisotean los derechos más elementales de sus ciudadanos. Sin embargo, la tiranía de las circunstancias trae consigo el repliegue provocado por esa mentalidad que confina al ciudadano a los muros más estrechos de su soledad: el eskaton del riesgo, el riesgo como escatología de la sociedad.

Vivimos una sociedad dominada por la angustia del riesgo. Si por ello se entiende la probabilidad de salir maltrechos frente a la elección de nuestras propias acciones, el fantasma del riesgo gobierna hoy la microfísica de las latitudes más íntimas de la vida pública e individual. En riesgo están el trabajo (debido al desempleo), la sexualidad (cuyo límite actual se llama sida), la educación (por los peligros que asechan a los hijos en las escuelas), la política (¿no acaso pensamos que el mejor candidato para 2006 es el que represente el mal menor?). En la sociedad de riesgo, el futuro sólo adquiere legitimidad como ejercicio de sobrevivencia.

Sin embargo, el presentismo tiene sus ventajas. También el pasado aparece frente a él como otro riesgo, es decir, como un mandato hacia cierta responsabilidad. La sociedad mexicana parece mejor armada para hacer frente a experiencias como la guerra sucia, la corrupción priísta, el ninguneo presidencial y los atentados contra el régimen secular. Y en 2006 pondrá bajo su mira el juicio sobre esa responsabilidad.

 
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