Usted está aquí: domingo 22 de enero de 2006 Cultura No quiero más

Bárbara Jacobs

No quiero más

"Permítanme, pelmazos -nos espetó Lunas en ocasión en que amaneció más españolizado que de costumbre y, sin duda, porque supuso que desconocíamos el significado de la imprecación-; permítanme -repitió, controlando la risa- que recuerde a mi propio maestro, Mairena, y, consciente de las pocas luces que ustedes tienen esta mañana igual que todas, les hable del gusto y del juicio."

Tras esta introducción anotó con gis blanco en la pizarra negra que uno aprecia el mundo según la calidad de su educación. "Si conocen mucho de masa, carnitas y salsa -ejemplificó-, sabrán dónde se hacen los mejores tacos, ¿o no?", desafió al grupo. Quiso puntualizar. "Además, podrán considerarse pobre o ricamente educados en la cuestión de acuerdo con su dominio del conocimiento de la materia." A mayor amplitud y profundidad en un saber específico, mayor riqueza en la calidad de su juicio; como, a mayor ciencia en una apreciación particular, mayor riqueza en la calidad de su gusto, sostuvo nuestro profesor, palabras más, palabras menos, en aquella lección degustativa que, en lugar de despertar curiosidad en sus alumnos desconcertados, provocó nuestro apetito "educado", según fuimos deduciendo que debíamos decir, en la alimentación chatarra en su sentido más amplio, la que quita el hambre pero que no alimenta, o la que alimenta, pero no nutre, para seguir con la metáfora que Lunas eligió con el fin de que comprendiéramos que nuestra "apreciación del mundo" estaba directamente regida por la naturaleza de nuestra educación.

"No quiero más declaraciones de que consideran buena o mala, bella o fea esta o aquella representación de una u otra de las bellas artes -aclaró Lunas-; a partir de hoy, palurdos míos, al referirse a un poema, un concierto, una obra plástica, un edificio o una coreografía, piensen en los tacos." ¿Se burlaba de nosotros?

¿Se burlaba cuando, al tiempo que exponía una rara lección como la del gusto y el juicio, parecía justificarse al calificarla tácitamente en calidad de últimas palabras? De tanto en tanto se despedía de nosotros. "Si no entienden lo que digo, ya lo entenderán", ¿era éste el sentido? "Si lo olvidan ahora, ya lo recordarán después, en vista de que se habrá tratado de mis últimas palabras."

En medio de lo difícil que ha de ser dilucidar en qué momento acaba uno de decir cuanto tiene que decir, Lunas no dejaba de manifestar lucidez al conocer, aparte, en qué momento acaba uno de vivir cuanto tiene que vivir. Para nuestro profesor, el presentimiento de la muerte no respondía a los determinantes comunes. No era viejo; no padecía enfermedades mortales; no era suicida ni siquiera de los de largo aliento, es decir, los adictos a este narcótico o a este otro; no padecía ni cultivaba la propensión a los accidentes. ¿De qué manera podía intuir que su muerte estaba próxima? "Un poco de música, patanes", nos pedía, a sabiendas de que nos era imposible satisfacer su petición como no fuera mediante silbidos, palmoteos, zapateados o gritos. ¿Bailar, maestro, de despedida?

Que buscaba acompañamiento entre nosotros era claro desprender; pero, ¿de qué modo complacerlo? La mayor muestra de compañerismo que había logrado dar a sus alumnos consistía en invitar al ganador de este concurso o al de calificación más alta a tomar un café con él en el Carmel y conversar; ¿qué concurso se proponía maquinar para irse despidiendo de cada uno de sus discípulos en el café? ¿Cómo iba a calificarnos a todos con el grado más alto sin caer en ninguna arbitrariedad? ¡Qué corto empezó a parecerme el curso de Lunas; qué poblado de lagunas oscuras, sin vislumbrar aún o apenas exploradas! Y así, ¿nos deja, profesor?

"Cada vez que se presuman perdidos, jóvenes míos, atrévanse a incursionar por caminos desconocidos, montados y pedaleando en una bicicleta, incluso si ésta se atora y hay que desmontarse de ella y arrastrarla mientras se desatoran sus cadenas y el motor vuelve a funcionar." Aun paradojas como ésta adquirían matices de sentido lúgubre cuando con ellas Lunas nos transmitía sus intenciones de despedida. "Si, hartos, remplazan la bicicleta con una escoba -sugería-, no vuelen, amigos queridos; ¡barran!"

Con un gesto de actor dramático que representa el papel de un cómico, inclinaba la cabeza a modo de agradecer el aplauso inexistente del público atónito y desaparecía, del otro lado de la puerta que hacía las veces de telón.

 
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