Usted está aquí: jueves 15 de junio de 2006 Gastronomía ANTROBIOTICA

ANTROBIOTICA

Alonso Ruvalcaba

Todos tus orificios

Ampliar la imagen Preparación de lechón en el Mesón del Cid FOTO Roberto García Rivas

UNO. IMPROBABLEMENTE, A la exploración de los orificios la anticipa un lechoncito de tres semanas de nacido que se diría nos mira a P y a mí desde una mesa de metal, con los microbrazos extendidos como si quisiera alcanzarnos, la piel ambarina, olorosa a romero y al menos tres huecos dispuestos hacia nosotros: una boca que casi sonríe, como la de un niño a punto de estar contento (todavía no; pronto) y dos hoyitos que son apenas el recuerdo de las orejas que alguna vez prometieron que estarían ahí. Los ojos permanecen ahí, apagados y como cubiertos de una telilla amarillenta. El mesero (estamos en el Mesón del Cid, en Humboldt, Centro) se para junto al cochinillo, pierde la vista en el ventanal y recita unos versos indiferentes que hablan de la bestia, de algún lugar de España, de yantares, de reinos de la Edad Media; luego, aún más indiferente, moja al marrano con un líquido y le prende fuego: huele a yerba quemada, a piel, a rosticería; toma un plato y con tres golpes lo despedaza. La mitad -piel de caramelo, carne suave, costillitas que cogemos con las manos, un riñón pequeño como un testículo humano, alioli, una rebanada de jitomate- es para nosotros. No es perfecto este animal, pero lo parece, y su muerte es buena razón para beber: vinos, otros vinos, vodkas; para que los bares de la Zona Rosa ejerzan su llamado; para que Amberes ("la primera calle gay de México") enrosque su rectitud; para que las luces se apaguen o se enciendan.

DOS. CATULO, EL ardoroso Catulo, lamenta en un poema que su querido Licinio se haya limpiado el robado beso, que lo haya escupido, que haya injuriado ese momento; Villena empieza a reprenderse: "Estás, alguna vez, al borde del desprecio. / Piensas que son ineptos, elementales, pobres, / que reiteran sus penas como un círculo obtuso; / y te da asco pensar que se acuestan con tantos, / o que gimen pasión con delirio fingido..."; y, en otro lado, aquel chapero cuela cierta resignación en su discurso: "Nunca pensé hacer eso. / Sencillamente me daba asco / aunque yo hubiese disfrutado de chaval / con otros chicos, tú ya sabes... / Pero ¿qué tiene que ver? / Luego te faltan las pelas, / no dura el curro, / en tu casa dicen que te busques la vida, / y un amigo te da la solución." Pero los tres pisos del Boybar de Amberes, el sábado 10 de junio de 2006, son -no sé si siempre o nomás esta vez- libres de lamentos por besos robados, de reprensiones, de resignaciones: todo aquí es estroboscópico (si yo supiera cómo, este texto también lo sería): OV7 estalla en el aire, Thalía estalla también, Paulina Rubio, RBD; por unos segundos nada parece estar mal: los tragos nos van embotando el cerebro, el calor ya ha hecho que varios se quiten las camisetas, los besos empiezan a reproducirse como gremlins urgidos de algún líquido, como cucarachitas que dejan sus recovecos cuando apagas la luz; las erecciones se acercan por todos lados, se te recargan en los muslos, en las nalgas, en la pelvis, it's raining men, ¿no?; también las tetas se acercan, y los culos, los cuellos están empapados de una dichosa mezcla de baba con sudor; tomas de la mano a dos personas mientras J.Lo, mezclada con Tenaglia, por fin cachondea desde las tornamesas; los tres giran, se abrazan; ¿dónde me había metido este año, perdido en los espacios más ñoños del Centro, carcomiéndome el alma con poemas que a nadie le hacen bien?; vámonos al cuarto oscuro, no se te olvide dejar afuera la cartera y el celular; y esto sí es la fiesta de manos, de vergas y de bocas, abre la boca, sonríe aunque nadie nunca vaya a volver a ver tus dientes, besa, quítate eso, bájate los pantalones o siquiera el cierre; mira, ven, extiende los dedos, encoge los dedos, saca la lengua, no me muerdas, muérdeme poquito; ¿a qué sabe todo esto?, sexo, saliva, sudor, alcohol a morir, salado, a polvo también o a mugre; ¿cuánto tiempo llevamos acá?, hay otros penes, más chicos, más gordos, o más largos, y anos y dedos flexibles, esto sí es la exploración, alguien que prenda la luz ¿o cómo le voy a hacer después para acordarme?; más alcohol y por encima de la sensación de tanto líquido en la carne ya empieza a untarse, desde afuera, la voz de Mónica Naranjo y un recuadrito de luz y un golpe de sed en la garganta nos recuerdan que también hay vida junto a la barra, ¿y si nos salimos un ratito?

TRES. ROCIO TAMBIEN está afuera: nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en años. Los tragos se acaban. Un jocho final sobre Amberes que sabe a demasiadas cosas: un jocho indescifrable. La noche, escribió no sé quién hace 100 años, no desciende como un abrazo o un manto sobre la ciudad o la montaña, sobre los vivos o los muertos, sobre la tierra; la noche asciende desde los antros y las grutas: no nos tapa, nos engulle. Bajo el cielo que empieza a ser azul a las cinco de la mañana pienso en esas palabras, pienso que tienen razón y pienso también: nunca había sudado tanto.

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