Usted está aquí: viernes 11 de agosto de 2006 Política Fox: la caída

Jorge Camil

Fox: la caída

La reforma política, la energética, la fiscal, y el olvidado tema del aeropuerto de la Ciudad de México, entre otros proyectos, se quedaron atrapados en el tintero, víctimas de la inactividad y de la cortedad de miras, del conformismo, de la ausencia de planeación y de la falta de liderazgo. Hoy estamos pagando las consecuencias. Hoy, hoy, se acaba el sexenio a velocidad vertiginosa. Las horas vuelan y el país se dirige a lo desconocido: a un rompimiento, a la violencia, hacia el interinato; rumbo al caos.

Tras un siglo de frustración sacamos al PRI de Los Pinos y confundimos la alternancia con la alborada de una transición democrática. Pero en su lugar instalamos a un presidente ausente, un hombre que se prepara a "besar al nieto" mientras los mexicanos nos asomamos al abismo. Un hombre bueno -afirman sus amigos- que abdicó al cargo desde el primer momento y cedió espacios de poder al Congreso, a sus colaboradores, a la oposición, al clero y a los gobernadores; a los empresarios que lo llevaron al poder y a las televisoras; a su esposa, y también a los hijos de la señora Marta: juniors anacrónicos que traicionaron los principios de un panismo que hoy debe lamentar haberles prestado el registro para llegar al poder.

La euforia del nuevo gobierno duró unos cuantos meses. Pronto comenzamos a desandar lo andado y a vivir la triste realidad de tropiezos, errores y correcciones de un rumbo nebuloso que jamás fue del dominio público. La boda con la señora Marta, celebrada en el entorno solemne de una cena de Estado en honor del señorito José María Aznar, fue el principio del fin. ¿Se casa, o no se casa?, especulábamos hundidos en la frivolidad. Y se casó, dando nacimiento a la inusitada figura de la pareja presidencial. A partir de entonces la mujer atrajo los reflectores y tomó las riendas del poder; hundió el sexenio del marido. Asistía, orgullosa de su triunfo personal y tomada de la mano del Presidente, a todos los actos oficiales: con militares, empresarios, pontífices, políticos, gobernadores y jefes de Estado visitantes. Besó al Presidente en la boca en la Plaza de San Pedro, una forma descarada de mandar al Vaticano a freír espárragos. Sin más representación que la abulia del marido se atrevió a representar a México en actos oficiales en el extranjero. Pronto caímos en la cuenta de que estaba dedicada en cuerpo y alma a aprender el oficio; preparándose para suceder al Presidente en flagrante violación del principio de no relección.

A medida que se elevaba la estrella fulgurante de Marta comenzaba a extinguirse la figura de Vicente Fox. Y a paso y medida que se consolidaba la pareja presidencial se deslavaba la dignidad del Poder Ejecutivo. En un atentado contra la ciudadanía comenzaron a salir de Los Pinos sondeos de opinión autocomplacientes que otorgaban a Marta, como a Santa Evita en Argentina, atributos milagrosos: defensora de los pobres, protectora de los desheredados, refugio de los niños de la calle. Se llegó a afirmar que aventajaba a López Obrador en las encuestas de popularidad, dando inicio con ello a un culto a la personalidad que alentaron y aprovecharon quienes ocuparon el vacío de poder para gobernar en las sombras. El fenómeno desembocó en el desafuero, una irresponsable decisión política que manchó la elección del 2 de julio y continúa afectando la secuela de un proceso electoral inconcluso. El marido le cedió la silla y ella traicionó su confianza. Lo despojó del último vestigio que justificaba su popularidad: la aureola de honradez; lo involucró en escándalos de corrupción.

El caos que envuelve la caída del "sexenio del cambio" es monumental. A tres meses de la transferencia de poderes no tenemos presidente electo y los dos candidatos que reclaman victoria acuden desesperadamente al pueblo, o a grupúsculos de poder, en busca de la legitimidad que les deberían otorgar las instituciones, incluyendo al Poder Ejecutivo federal. "¿Y yo por qué?", debe repetir el Presidente, "si no soy PREP ni IFE ni tribunal electoral ni presidente de casilla".

El Presidente continúa aun hoy, en medio de la debacle electoral, despreocupado y cediendo espacios de poder a los medios, a los partidos, a los candidatos y a las fuerzas del mercado. (A propósito del mercado debe sentirse orgulloso del entorno económico: el peso a la alza, la inflación controlada, los intereses a la baja y las reservas más altas de los últimos tiempos, ¿hay motivo de preocupación?)

Aun hoy, en medio del incendio que envuelve a su gobierno, el Presidente, desubicado, advierte: "¡no jueguen con fuego!" Con característico escapismo confía en que el tiempo trabaja a su favor: la gente se cansará de López Obrador, el tribunal electoral declarará eventualmente un ganador, el Congreso designará a un presidente interino, él pronunciará su último informe y, parafraseando a la malograda Melina Mercouri en Nunca en domingo: "todos nos iremos a la playa" (con perdón de Melina, actriz comprometida, ex ministra y destacada diputada socialista).

¿Liderazgo? ¿Responsabilidad histórica? ¿El presidente Fox? ¡Por favor!

 
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