Usted está aquí: martes 15 de agosto de 2006 Mundo Medidas de seguridad

Pedro Miguel

Medidas de seguridad

La gente terminó por acostumbrarse a las molestias y los gobiernos de la libertad se convirtieron, sin que casi nadie se diera cuenta, en opresivos regímenes policiacos. Todo empezó por las razonables peticiones de asentar el nombre y la hora de entrada en una lista y mostrar una identificación cualquiera. Hoy las casetas de vigilancia almacenan huellas digitales, inquieren por la procedencia institucional e imprimen etiquetas con código de barras que deben mantenerse adheridas al cuerpo de los visitantes como si éstos fueran paquetes de carne del supermercado.

Y cada vez es peor. Ante las sucesivas amenazas reales o inventadas de ataques terroristas o epidemias fulminantes y apocalípticas, los ciudadanos de la sociedad global se enfrentan a hordas adicionales de aparatos de rayos x, dispositivos que leen la retina, documentos que consignan la biomasa, arcos detectores de metales y agentes de seguridad que trabajan, de preferencia, para empresas privadas, y cuya estupidez y falta de criterio suelen ser proporcionales a la complejidad de los aparatos que operan.

En esta época de fronteras comerciales en vías de extinción, las barreras para humanos, al contrario de lo que se afirma, se multiplican y descienden en la escala territorial: es cierto que no se necesita salvoconducto para transitar entre dos condados -y a veces ni siquiera entre dos países, como ocurre en la Unión Europea-, pero el trámite para ingresar a un edificio gubernamental o empresarial resulta cada vez más arduo. En varias latitudes, la temporada actual de paranoias ha puesto de moda la revisión previa al abordaje de autobuses, y los procedimientos de seguridad que se aplican a los pasajeros aéreos de todo el mundo han llegado a un barroquismo digno de la ciencia ficción, no la de Asimov sino la de Orwell: no es la tecnología lo que asusta, sino los rituales de humillación en los que se confiscan tubos de dentífrico, gotas oftálmicas y jarabes, se descalza a los viajeros, se les mira a los ojos para provocar que se pongan nerviosos y se les obliga a abordar con las manos en alto. Al carajo con el principio de presunción de inocencia. Al carajo con la dignidad humana, codificada por Pico della Mirandola siglos antes de la fructífera travesura de los hermanos Wright. ¿Qué sigue en la prevención del terrorismo? ¿Las exploraciones rectales y vaginales, las biopsias, las disecciones?

Desde luego, estos atropellos no son necesarios para impedir acciones terroristas. Cualquiera sabe que, en el ámbito del combate a las drogas, los servicios de inteligencia policiales van directo sobre el pasajero que viene cargado (siempre y cuando ese día tengan ganas de detener a alguien); para impedir el ingreso de una maleta o un intestino repletos de heroína no hay que convertir un aeropuerto en campo de concentración.

Ante la apatía de casi toda la gente y bajo la propaganda aturdidora de la amenaza terrorista, las democracias occidentales se han vuelto regímenes policiacos, opresivos y humillantes, en los que todo individuo es sospechoso. Mientras las tropas estadunidenses e inglesas siguen destripando inocentes en Afganistán e Irak, en los aeropuertos occidentales los viajeros reciben -en muchos casos, por parte de sus propios gobiernos- un trato similar al que se da a las reses muertas cuando se sospecha que son portadoras de una epidemia. En defensa, eso sí, de las libertades.

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