Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 20 de agosto de 2006 Num: 598


Portada
Presentación
Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA
Isabel Turrent y los gérmenes del fascismo
MAURICIO SCHOIJET
Un olor penetrante
JULIO GÓMEZ H. Entrevista con MARGO GLANTZ
Diálogo en torno a Grotowski
JAIME SORIANO y JULIO GÓMEZ
El teatro como revolución de la conciencia
NICOLÁS NÚÑEZ
Técnicas originales del actor
JERZY GROTOWSKI
Un miembro de la pandilla solar
JULIO GÓMEZ H. Entrevista con FRANCISCO GUZMÁN
Al vuelo
ROGELIO GUEDEA
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Y Ahora Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Indicavía sonorosa
ALONSO ARREOLA

Tetraedro
JORGE MOCH

(h)ojeadas:
Reseña de Mayra Inzunza sobre Del pez globo al pavo frío


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HUGO GUTIÉRREZ VEGA

UNAMUNO E IBEROAMÉRICA (I DE XI)

Para Rosa Beltrán

En un ensayo titulado "Don Quijote y Bolívar", don Miguel de Unamuno confesaba no saber "si la conciencia de la América llamada latina era todo la viva que debería ser", y se preguntaba si las relaciones culturales entre los pueblos de la comunidad lingüística eran intensas, si en México había interés por la cultura (entendida como entorno histórico genético y, por lo mismo, abarcadora de todos los aspectos de la vida de los pueblos y los individuos) argentina, si Costa Rica se preocupaba por conocer lo que sucedía en Bolivia, si Cuba seguía con genuina preocupación los movimientos literarios de Paraguay y Chile. Vistas con la debida distancia, la curiosidad intelectual de Unamuno y su sentido comunitario resultan estimulantes y excepcionales en el seno de la Generación del ’98, pues muy pocos de sus miembros se interesaron por lo países iberoamericanos y sus movimientos culturales. Inclusive, como en el caso de Baroja, la tónica general era de menosprecio y aun de disguto por nuestra manera de hablar el español. Nuestros desencuentros, hay que reconocerlo, venían de lejos y, frecuentemente, tenían el terrible carácter de los pleitos de familia. Pelear en el mismo idioma, y teniendo pautas culturales comunes, puede ser más violento e injusto que hacerlo en los conflictos con pueblos y personas de otras comunidades. En fin... todos sabemos que las inciviles guerras civiles son especialmente atroces.

Sin embargo, hubo en la relación entre la España peninsular y la España de ultramar algunos momentos dorados, llenos de entusiasmos compartidos y de genuina compenetración: nuestra –de todos– Sor Juana Inés de la Cruz, alfa y omega del barroco americano, publicó su Inundación castálida en Madrid y en 1689. El padre Vieyra le había abierto las puertas de Europa y los editores del prodigio barroco (lo era desde el título hasta el colofón) la presentaron como "la única poetisa, décima musa", "el fénix" de México y "la gloria de la poesía americana". Don Juan Ruiz de Alarcón corrió con menos suerte, pero no hay que olvidar su carácter de miembro del teatro nacional de España y sus largos años de vida española. Por lo tanto, jugó el riesgoso juego de los escenarios en corrales y palacios y enfrentó –con su color moreno y sus dos jorobas, "corcovilla" le decía Quevedo– a las lenguas afiladas de los escritores del Siglo de Oro, especialmente a las de los seguidores de Lope de Vega que, como se dice en Jalisco, "no podían ver ojos en otra cara". Salvo en dos o tres ocasiones, sus enemigos en general no se refirieron a su origen indiano. Más bien se concentraron en la defensa a ultranza de Lope: "Vítor, don Juan de Alarcón y el fraile de la Merced, por ensuciar la pared que no por otra razón", contestaron a la tímida pinta aparecida en el Corral de la Pacheca: "Vítor, don Juan de Alarcón, por su comedia famosa de La verdad sospechosa" –e hicieron hincapié en los muy vistosos defectos físicos del mexicano-madrileño. El último sarcasmo recibido por don Juan llegó muchos años después de su muerte y lo profirió un malhumorado José Bergamín. El Inca Garcilaso fue asimilado por la metrópoli y, en los siglos XVIII y XIX, las dos Españas entraron en crisis, se pelearon, se ignoraron culturalmente, se afrancesaron, y la de ultramar rompió las amarras e inició una azarosa singladura. Aquí conviene detenerse para rendir homenaje a don Marcelino Menéndez y Pelayo, a su implacable curiosidad y a su épico carácter ordenador de nuestras letras. Mucho le debemos los hispanoamericanos.

(Continuará)

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