Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de marzo de 2007 Num: 629

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Murakami: literatura
en espiral

PAOLA DADA

La doble espiral:
Kafka en la orilla

La tierra libre de
Palés Matos

MERCEDES LÓPEZ-BARALT

Tres poemas
LUIS PALÉS MATOS

El cosmos de José Martí
ALBERTO ORTIZ SANDI

La antilógica del sistema
XIMENA BUSTAMANTE
entrevista con las GUERILLA GIRLS

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Cabezalcubo
JORGE MOCH

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Mentiras Transparentes
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Allá en la Nao…

Para realizar La última mirada (México, 2006), su primer largometraje de ficción, la guionista y directora Patricia Arriaga tomó una decisión simple nada más en apariencia: dando por buena la idea de que convertir un cortometraje en un largo no sólo es factible sino puede ser asaz venturoso, retomó La Nao de China, uno de los dos cortometrajes de su autoría –el otro se titula El pez dorado-- y, luego de un obvio trabajo de ampliación guionística, se dio a la tarea de reescribir en cuadros, escenas y secuencias pensadas y estructuradas para el largo aliento fílmico, aquello que ya había sido narrado de manera más que eficiente bajo otros códigos de ritmo y aliento narrativos.

…HABÍA UN CUENTITO…

Paulatina e irreversiblemente, un hombre va perdiendo la vista. En el momento en que arranca la historia de La Nao de China, los ojos de este individuo ya sólo son capaces de percibir, en medio de brumas cada tanto más impenetrables, las tonalidades intensas del color rojo. Nada de siluetas bien definidas sino apenas los contornos que, aun difusos, permiten al sujeto enterarse de qué cosa es o puede ser aquello que con tanta dificultad todavía mira. Como si se tratara del último banquete de un condenado a muerte, el hombre decide regalarle a sus ojos moribundos la figura, el contorno, la silueta de una mujer. Por lo tanto, debe hallar a alguien dispuesto a colaborar, con anuencia y de ser posible sin preguntas, en la rojísima preparación de esa última cena ocular. Así pues, acude a un prostíbulo cuyo nombre da título al cortometraje, se hace de los servicios de una prostituta y, para sorpresa de ésta, dispone de su tiempo y su entrega exclusivamente para embadurnarla literalmente de cabo a rabo con pintura escarlata y entonces, a contraluz, entregarse a sí mismo la dicha infinita de poder mirarla. Será lo último que el hombre, casi ciego por completo, vea de este mundo.

…SE HACÍA GRANDOTE…


Escena de La última mirada

El núcleo narrativo de La última mirada es idéntico a lo descrito líneas arriba. Cabe especular acerca de la posibilidad de que el orden en que fueron producidos el corto y el largometraje sea inverso al orden en que fueron concebidos, de manera tal que Arriaga pudo haber tenido en mente desde un principio todo aquello que vemos en La última mirada, de lo que La Nao… sería algo así como la crema, lo más descollante, al mismo tiempo que la porción del relato capaz de funcionar de manera autónoma. Puede ser, pero en cualquier caso es preciso atenerse al sitio que Cronos finalmente les asignó y deplorar, por desgracia, lo fallido que resultó el ejercicio de alongamiento de una historia que en definitiva no parecía necesitar mucho de todo aquello que adquirió.

En el afán de conferir volumen a sus dos personajes principales, Arriaga les asigna sendas rutas dramáticas que corren paralelas y que los llevarán, como puede anticiparse desde el principio, a reunirse hacia el final de la historia. Nada más normal, desde luego, pero los juegos especulares entre Homero –el ciego (y vaya alusión tan desproporcionada al bautizarlo así)– y Mei –la joven que pasará de sirvienta del lupanar a nueva mercancía del mismo--, son llevados a un forzado nivel de calcas, para colmo enfatizadas a partir de una edición elemental. Como si no hubiera más forma de establecer lo que luego será manejado como una franca empatía entre ellos, el guión los hace coincidir iconográficamente una y otra y otra vez.

Otro problema radica en la poca pertinencia de ciertas subtramas, así como en la flaca pericia para enlazarlas, algo que sorprende en una realizadora a la que no le faltan tablas, pues si bien esta es su opera prima largometrajista, tiene larga experiencia en la realización de programas seriados para la televisión. Véase por ejemplo la subtrama correspondiente al joven novio de Mei, de súbito convertido en un macho patán que va al prostíbulo a armar escenas, o el enamoramiento sufrido por la monja que prepara a Homero para la ceguera final, e incluso la reiterada aparición de un cliente del bar/serrallo, maniqueo de tan torvo, intentando violar a Mei, cosa que no logra en las tres ocasiones en las que se le ve dedicado a tales menesteres.

…SE HACÍA CHIQUITO…

Los anteriores no son los únicos elementos recusables en La última mirada, pero quedémonos con este último, al que María Kodama y otras féminas podrían contestar quizás airadas: en un momento dado, a Homero se le hace decir que "a las mujeres les gusta que las vean, por eso no quieren a los ciegos"…