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Javier Aranda Luna

El aborto y la Iglesia

Si Dios es el camino y la verdad y la vida, como dijo el galileo, ¿por qué los líderes que invocan su nombre no siguen puntualmente sus pasos y mienten y apuestan por la muerte? Se imagina a Jesús, el Cristo, jugando golf con prestamistas, echándose un tequila con Cayo César Augusto Germánico -Calígula-, recibiendo a narcos, excomulgando paupérrimas mujeres que abortan, bendiciendo un local de Domino's pizza afuera del templo, quemando miles de condones en Africa, el continente más consumido por el sida?

Ahora que la transparencia es una exigencia en las sociedades democráticas, ¿por qué no pedirle cuentas al alto clero de la Iglesia católica? Porque sus errores, cuestan vidas. La Iglesia tardó medio siglo en pedir perdón al pueblo judío por no condenar a tiempo el Holocausto y varios cientos de años para que aceptaran las verdades de Copérnico y Galileo. Y, a pesar de ello, insisten socarronamente en querer canonizar a Isabel la Católica, madre de la Inquisición, y niegan autoridad a la ciencia de manera sistemática repartiendo excomuniones y discursos sandios.

Hace 50 años nos mintió la jerarquía católica diciendo que la píldora anticonceptiva causaba cáncer, que tenían pruebas científicas. Y en contraparte nunca condenaron con fervor militante al tabaco, que sí causa cáncer, o a los fabricantes de pesticidas, cuyos productos hacen nacer niños sin cerebro o sin brazos.

¿Y qué decir de su política infame sobre el uso del condón? Nos mintieron y nos siguen mintiendo cuando dicen que el virus del sida atraviesa el látex de los condones y que el único control contra la propagación del sida es la abstinencia. Nos mienten porque el virus no atraviesa el látex y porque la abstinencia falla. Pero, ¿ese clero chato de veras practica la abstinencia, cumple lo que enseña? Las evidencias nos dicen que no y, por desgracia, no de la mejor manera: allí están las monjas emparedadas con todo y niños en los conventos, los clásicos ''sobrinos" de los sacerdotes de pueblo, los curas ejecutados en hoteles lumpen por su pareja ocasional comprada por unos pesos o los líderes católicos acusados judicialmente por sus prácticas pederastas.

Ya ni los más fervientes católicos creen en sus líderes ni en la institución eclesiástica: en los años recientes disminuyó 20.9 por ciento la incorporación de nuevas monjas y 3.7 por ciento de sacerdotes y, países notoriamente católicos, como Brasil, pierde al año medio millón de fieles.

El caso de México también es elocuente: la llamada píldora del día siguiente se incorporó al sistema de salud pública después de levantarse una encuesta entre mujeres católicas en la que más de 70 por ciento aceptó su uso. No es extraño ese caso: las prácticas sexuales de 85 por ciento de los jóvenes católicos contradicen las regulaciones formales de la Iglesia.

Pero, ¿cuál es el Evangelio que invocan quienes se oponen a que las mujeres aborten de manera voluntaria? El aborto en nuestra sociedad es una práctica común. Un recurso para corregir más que un método anticonceptivo. Y prohibirlo no erradica su práctica: en la España católica de Franco existían líneas aéreas que, todos los días, hacían vuelos nocturnos a Inglaterra para que las niñas bien de la sociedad española abortaran. La prohibición efectiva era, claro, como siempre, para las pobres, para las que no podían pagar un boleto de avión ni una clínica londinense.

¿Cuántos años tendrán que pasar para que el alto clero católico reconozca sus errores sobre el uso del condón y la práctica del aborto? ¿Cuántos deberán morir infectados de sida, cuántas mujeres por practicarse abortos insalubres, cuántas por contraer el virus del papiloma humano causante del cáncer? Existen en el mundo 40 millones de personas infectadas de sida y por esa enfermedad fallecen al año 3 millones. La adolescente Paulina, obligada a tener un hijo de su violador logró, varios años después, y por instrucciones de la Organización de las Naciones Unidas, que el gobierno de Baja California la apoyara para hacerse de una fuente de trabajo como reparación por la negligencia del aparato de salud que se negó a practicarle un aborto al que legalmente tenía derecho. Varias voces le sugirieron a la niña que se casara con el violador. Voces similares a la del ex secretario de Gobernación Carlos Abascal, quien pide a las mujeres denunciar a los violadores ''antes de ser violadas", como consta en un documento que repartió desde su oficina. Estas buenas conciencias, ¿aceptarían que sus hijas gestaran y parieran al hijo de sus violadores?

El padre de la mentira, según Juan el apóstol, es Satanás, y por ello sus oficiantes arderán en un lago de fuego después del juicio final. Seguramente algunos creyentes de la escritura desearán ese futuro para los mentirosos. Mi esperanza es más modesta y sólo terrenal: me gustaría que esa Iglesia de hierro rindiera cuentas a la sociedad a la que se debe. Que dijera a cuánto ascienden los diezmos y limosnas que recibe, en qué los aplica, cómo se concursa para fabricar la tiara de oro de los pontífices, cuánto gastan en comidas y viajes y cuánto invierten en educación y salud para los pobres y para los más pobres de los pobres que invariablemente son mujeres.

En el siglo XVI la Iglesia católica excomulgó al monje agustino Martín Lutero por traducir la Biblia y fomentar la lectura. Ahora los monaguillos del episcopado reparten panfletos en la calle para expresar su ''verdad" sobre el aborto. Tardaron varios siglos en rectificar, en valerse de la palabra impresa e invitar a la lectura aunque sea en panfletos con faltas de sintaxis. En valerse de los recursos de un excomulgado. Quizá en 200 años más otros monaguillos repartirán condones y ofrecerán en los dispensarios médicos abortos gratuitos y practicados con la mejor tecnología para acercarse nuevos feligreses. ¿Por qué no imaginarlo? Condenaban la incineración y ahora venden condominios de urnas en los templos para albergar a nuestros muertos. ¿Por qué no dejar que las mujeres decidan sobre su propio cuerpo? Estoy seguro que no abortarán como método anticonceptivo por ser doloroso y caro, sino para apostar por la vida; para seguir viviendo.

 
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