Usted está aquí: miércoles 23 de mayo de 2007 Política Vino, vio y perdió

Carlos Martínez García

Vino, vio y perdió

El emperador romano Cayo Julio César acuñó una máxima que reflejaba su poderío para sojuzgar a otros pueblos, "Vine, vi y vencí". Dos milenios después, otro poderoso vino de Roma a nuestro continente sólo para comprobar que su antaño victorioso imperio acumula derrota tras derrota. Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI, realizó su primera visita a Latinoamérica y se fue con una cosecha magra; comprobó que las tierras están flacas para la Iglesia católica.

Por si hacía falta ratificó la continuidad conservadora, tal vez retrógrada, que marcó su antecesor en el puesto, Juan Pablo II. La diferencia entre uno y otro está no tanto en el fondo de las enseñanzas doctrinales sostenidas, como en la presentación mediática de las mismas. Hoy, desde distintas vertientes y ángulos, se sostiene que Karol Wojtyla fue más sensible a los temas polémicos, que tuvo la sensatez de reconocer los errores cometidos por la Iglesia católica en siglos pasados, que hizo repetidos mea culpa por los excesos perpetrados contra distintos grupos humanos por la institución que presidía. Pero bien analizados esos pretendidos reconocimientos de culpa no son tales. Lo que hizo Juan Pablo II fueron largas disquisiciones para tratar de contextualizar las acciones de quienes en "el servicio de la verdad" incurrieron en confusiones, y uno que otro traspaso de límites. Pero, como en su momento escribimos en estas mismas páginas, todo se redujo a una presentación de disculpas light.

El verdadero predicador electrónico ha sido Juan Pablo II, ante él palidecen los telepredicadores estadunidenses y sus réplicas latinoamericanas. De ese carisma carece Benedicto XVI, y ésta es su máxima debilidad ante una feligresía católica que demanda éxtasis colectivos como los que bien sabía encabezar su antecesor. La grisura de sus presentaciones, austeras y adustas, fueron letales para el ánimo festivo de Brasil, adonde acudió para inaugurar la quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

Ratzinger es férreo partidario de una Iglesia católica cerrada y vertical, bien controlada por el clero y con espacios muy acotados para los que llaman laicos. En un continente en el que disminuye constantemente el porcentaje de católicos, y que a pesar de todo concentra la mitad de la población católica del mundo, Benedicto XVI se obstinó en hacer llamados a los latinoamericanos para que permanezcan en el seno del catolicismo. Sus razones fueron eminentemente defensivas, sin propuestas que atraigan a quienes son mejor atendidos por otras propuestas religiosas, sobre todo los pentecostales.

Más por seguir dando la batalla dentro de la Iglesia católica, y organizaciones civiles que se identifican con esta institución, diversos grupos expresaron su esperanza de que en su viaje a América Latina Benedicto XVI confirmara el espíritu del Concilio Vaticano II. Es de admirar su insistencia, pero esa confirmación no llegó, ni llegará, porque lo que existe en el ánimo de Ratzinger, como lo hubo en el de Juan Pablo II, es una profunda convicción preconciliar.

Benedicto XVI es un cruzado contra la modernidad, la posmodernidad y todo aquello que no le reconozca supremacía doctrinal y ética a la Iglesia católica, pero sobre todo a su jerarquía.

Entre los dislates que expresó, disfrazados de profundidad teológica, estuvo ése que más llamó la atención de los críticos, cuando dijo que "El anuncio de Jesús y su Evangelio no supuso en ningún momento una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña". Según este criterio, en el debate que en plena empresa colonial tuvieron en el siglo XVI Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, la razón estuvo del lado de este último. A los indígenas rejegos hubo de ayudárseles un poquito para que abrazaran (mientras eran abrasados) la religión del conquistador. Sí, usaron la fuerza, pero fue para el bien de los sojuzgados. Menos atención recibió lo que un poco más adelante añadió: "Las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas". Habla de apertura, él que es experto en cerrazón.

Las cuentas que entrega en este su primer viaje a Latinoamérica, aunque él no le entrega cuentas a nadie dada su pretendida condición de vicario de Cristo, son contrarias a los intereses que vino a defender. Y lo son porque si buscaba fortalecer a la Iglesia católica en nuestras tierras, la verdad es que mostró con rotunda nitidez sus debilidades. Evidenció un liderazgo reconcentrador del poder papal, oídos sordos a los pocos obispos y arzobispos que se han percatado de que es necesario reforzar la óptica pastoral, estar cerca de las comunidades a las que se dice servir.

El modelo constantiniano, más interesado en negociar con los poderes políticos y económicos, les da buenos frutos en corto a los altos clérigos, pero les deja sin autoridad moral para desarrollar su labor dizque eclesial entre la gran mayoría de la población. Pues sí, Benedicto XVI vino, su miopía doctrinal le impidió ver, y por eso perdió.

 
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