Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 27 de mayo de 2007 Num: 638

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Un Hegel explicado
a los niños

Orlando, una novela
del andrógino

SERGIO FERNÁNDEZ

Martin Heidegger, el hombre
ÁNGEL XOLOCOTZI YÁÑEZ Entrevista con HERMANNN HEIDEGGER

El ser y el tiempo de Heidegger
ÁNGEL XOLOCOTZI YÁÑEZ

María Callas: divina voz
ALEJANDRO MICHELENA

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Columnas:
Jornada de Poesía
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Juana Ramírez o los misterios de un rostro (II Y ÚLTIMA)

En 1669, Juana Inés declaró poseer, en uno de sus documentos de novicia, doscientos cuarenta pesos de oro común en reales, producto de una donación hecha por don Juan Sentís de Chavarría, un benefactor. Es necesario recordar que también para ingresar al convento había obstáculos, pues eran necesarias una buena dote y recomendaciones adecuadas; también hay que recordar que había conventos para todos los gustos y recursos: unos de regla holgada, otros de regla rígida; unos autosuficientes en cuanto a sus recursos, otros que dependían de la caridad ajena; unos en donde las monjas eran contemplativas, otros en donde las monjas servían de cocineras y costureras para las órdenes sacerdotales.

Los apoyos con que contó Juana Inés para ingresar con las jerónimas, después de su breve paso por las rigideces de las carmelitas descalzas, fueron su vida en el palacio virreinal, los marqueses de Mancera, virreyes de Nueva España, y las influencias de su confesor, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, fanático pescador de almas. Tal vez deba agregarse lo que años después sor Juana diría en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz respecto a su ingreso al convento: "Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las necesarias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi gusto, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación, a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola."

¿Cómo conciliar estas declaraciones con la poesía amorosa de sor Juana? Otro aspecto de su prestigio es el hecho de que, ante el caudal de los textos amorosos escritos por ella, se le conjeturen amantes dentro, fuera, antes y durante el convento. Para dirimir las dudas acerca de lo improbable, baste recordar el hecho de que un lector contemporáneo de la poesía barroca no pedía sinceridad al poeta, como ha venido ocurriendo después de la explosión romántica, sino inteligencia y verosimilitud en el manejo de sus artificios, como ya lo han señalado Antonio Alatorre y Octavio Paz, entre otros. Esto no significa que no surgiera literatura producida por circunstancias biográficas, pero tampoco era el estilo epocal: Quevedo, Lope o Góngora no necesitaban odiar a una mujer, morirse de celos o padecer amores para escribir poesía satírica o amorosa. En el siglo XVII se escribían muchos poemas por encargo y, en otros casos, lo que el autor pretendía era demostrar su pericia para asediar distintos aspectos de un problema o de un tema literario: la originalidad barroca era extremadamente artificiosa.

Con todo esto quiero decir que sor Juana pudo estar enamorada para escribir su poesía, pero pudo no estarlo. Es como creer que a ella le afectaban íntimamente los temas teológicos que expuso en la Crisis de un sermón: las finezas de Cristo las discutió a petición de Santa Cruz, obispo de Puebla, y se la remitió para su condenación, pues dicho texto, publicado con el nombre de Carta atenagórica, provocó la ruina personal de sor Juana: baste recordar cuánta literatura de la propia monja fue escrita por encargo.

El tema básico de su poesía amorosa no parece contradecir lo antedicho: el mejor amor es el que no pide correspondencia, el que puede aprisionar al otro en la fantasía, el que inventa al ser amado, el que se muestra en la fineza de las lágrimas. Casi hay que decir que, para ella, el único personaje interesante del amor es el amante, no el amado, en tanto que aquél vive una gama de sentimientos que le dan validez a su estado amoroso, sin importar el otro. Estos son los asuntos discutidos en "Detente, sombra de mi bien esquivo", "Yo no puedo tenerte ni dejarte", "Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba", "Cuando mi error y tu vileza veo" o "Me acerco y me retiro." El carácter intenso de estos textos no impide que, a la vez, sean una especie de teoría personal y poética que sobre el amor tenía sor Juana, para nada desvinculada de sus sentimientos respecto a su idea aristotélica de Dios ni a los de su propia independencia dentro del convento.

Tal vez, más que vislumbrar lo amorosa que era ella, estos poemas nos permitan asomarnos a ciertas ideas más vastas sobre la vida, sustentadas en una tesis central: el ser perfecto no requiere amar, no requiere ser amado.