Usted está aquí: domingo 3 de junio de 2007 Política Sobre el partido único y el cuento chino

Guillermo Almeyra

Sobre el partido único y el cuento chino

En la revolución rusa de octubre de 1917, el partido de Lenin y Trotsky no pretendió el monopolio del gobierno -que dependía de los consejos de obreros y soldados, plurales por definición-, sino que integró un gobierno con otros partidos revolucionarios. Ese partido, por otra parte, admitía tendencias y fracciones y el mismo Lenin, su fundador, quedó muchas veces en minoría y amenazó con fundar otro. Así es la historia. El partido único es una invención funesta formulada en los años 20 por Stalin y el fascismo italiano y retomada después por Hitler y hasta por el Kuomintang. Pero la sociedad es compleja, como la ciencia, y nadie tiene la Verdad en su bolsillo ni puede proclamarse vanguardia eterna. Además, la misma clase obrera está lejos de ser homogénea y de tener ideas e intereses únicos y comunes que el partido obrero socialista supuestamente sólo interpretaría. Para Marx "la liberación será obra de los trabajadores mismos", no de algún partido que los haga libres les guste o no y según una línea decidida por reducidos comités de "sabios dirigentes". El socialismo exige la plena participación de todos los trabajadores y su formación científica y política en la discusión-acción, que modifica a la vez las cosas y la comprensión de los sujetos. Por eso no se puede construir el socialismo sobre la base de aparatos, por bien inspirados que éstos sean, sino de la autonomía y de la autogestión social generalizada. O sea, de la libre discusión y autoorganización de los trabajadores durante el prolongado periodo de revolución que se desarrolla por ondas sucesivas (en las relaciones políticas, en las administrativas, económicas y jurídicas, en el modo en que se produce y cómo y qué se produce, en la cultura general, en la visión de sí mismos y del entorno mundial que deben adquirir aquellos a los que el capitalismo quiso siempre sumir en lo inmediato y local, para que los supuestos voceros o traductores -"traduttori-tradittori"- actuasen en su nombre). Incluso un partido único socialista, como el venezolano, con un millón 300 mil hombres y mujeres que se cuentan entre los más conscientes y activos del país, no garantiza la libre discusión entre los miembros del mismo y entre éstos y los explotados que no son afiliados, ni tampoco la plena libertad y autonomía de los sindicatos frente incluso a su propio gobierno y al Estado, que hoy sigue siendo capitalista, aunque dicho gobierno declare querer construir el socialismo. Sin libertad e independencia política de los trabajadores no hay socialismo, sino un régimen capitalista de Estado paternalista, con inevitables tendencias sustitutivistas y burocráticas y fuerte propensión a la corrupción de una capa importante de sus dirigentes (como se vio en la antigua Unión Soviética o se ve en China).

Es comprensible el deseo (muy militar) de Chávez de poner orden en el caos de la transición y construir una sola falange socialista frente a una oposición burguesa golpista a la que no le preocupa por ser minoritaria, porque disputa el poder con todos sus poderosos medios económicos e internacionales, legales o no. Pero el remedio verticalista podría resultar peor que la enfermedad, porque en vez de desarrollar la iniciativa y la creatividad de los hoy explotados y oprimidos les haría depender de un puñado de salvadores, no todos capaces y honestos. El paternalismo en realidad desarma, no construye conciencias.

El llamado "modelo" chino (concentración del poder en un partido único cada vez más identificado con los grandes capitalistas, desarrollo del capitalismo y de sus valores bautizados como "socialismo de mercado", grandes empresas trasnacionales, tecnocracia y represión a todas las oposiciones, sobre todo las democráticas y de izquierda) es irrepetible. Primero, porque nació del triunfo de una revolución campesina dirigida por un partido que ganó sus galones echando del país a las clases explotadoras nativas y a los imperialistas y reconquistando la unidad y el orgullo nacionales. Segundo, porque el ahorro nacional chino equivale a 40 por ciento del producto interno bruto y no tiene igual en el mundo y porque la diáspora de chinos de ultramar aportó centenares de miles de millones de dólares no sólo para hacer negocio explotando a sus paisanos continentales, sino también por nacionalismo. Tercero, porque en un país tan inmenso y poblado como es China, 280 millones de trabajadores "excedentes" (expulsados del campo por la tecnificación y los insumos) crean un problema gravísimo pero aún manejable, cosa que no sucedería en países más chicos. Cuarto, porque la tecnificación regida por el mercado agrava la diferenciación entre el campo y la ciudad, rompe la unidad de los trabajadores, aumenta las diferencias entre las regiones ricas y las pobres, crea feudos locales con sus señores-burócratas corruptos y todopoderosos. Y fundamentalmente porque los valores capitalistas fomentan el individualismo y el enriquecimiento privado, los consumos de representación, y asestan un golpe terrible al ambiente (China contamina hoy con gases más que Estados Unidos y amenaza más los recursos hídricos que cualquier país imperialista). Ahora bien, aunque para construir el socialismo es necesario salir de la miseria y satisfacer las necesidades materiales, éstas no consisten ni en el tipo de productos impuestos por el capitalismo con el despilfarro inhumano resultante de la dirección de la economía por el mercado. Solidaridad, conciencia ambiental, conciencia colectiva, ritmos y formas de producción compatibles con el ambiente, hincapié en los valores de uso y no en los de cambio son algunos de los valores presocialistas que hay que desarrollar. Venezuela y Cuba de un modo u otro son solidarias y comprenden que los pequeños países no podrán ser siquiera independientes si no cambia la relación política y social en todo su entorno. Esa es su fuerza. No necesitan falsos modelos.

 
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