Usted está aquí: jueves 11 de octubre de 2007 Cultura Julieta Campos defendió su género “sin renunciar a la seducción”

Rindieron homenaje póstumo a la escritora y promotora cultural en Bellas Artes

Julieta Campos defendió su género “sin renunciar a la seducción”

Buscó reducir cada vez más la brecha entre ficción y realidad, dijo Fabienne Bradu

Mantuvo en su vida y obra el compromiso social, ético y literario, resaltó Poniatowska

Arturo García Hernández

Ampliar la imagen Sealtiel Alatriste, Margo Glantz, Elena Poniatowska, Silvia Molina, Fabienne Bradu y Rafael Rojas anteanoche, en el Palacio de Bellas Artes Sealtiel Alatriste, Margo Glantz, Elena Poniatowska, Silvia Molina, Fabienne Bradu y Rafael Rojas anteanoche, en el Palacio de Bellas Artes Foto: José Antonio López

La escritora Julieta Campos, fallecida el pasado 5 de septiembre, recibió un homenaje la noche del martes en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, durante el cual Elena Poniatowska la describió como una mujer que mantuvo en su vida y en su obra un “compromiso social que también era un compromiso ético, como también lo era su compromiso literario”.

La evocó entre los muebles blancos de su casa, donde “todo era refinamiento, dulzura, levedad” y donde “Julieta parecía un cuadro de Joy Laville, apenas unas cuantas pinceladas precisas y cautivadoras”.

Sin embargo, dijo la periodista y colaboradora de La Jornada, “era una mujer fuerte, juvenil, una trabajadora, escritora de libros difíciles como Qué hacemos con los pobres y La forza del destino”.

Campos, quien también fue profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México, “habló y pensó con exactitud, daba en el clavo, determinada, puntual, cuidadosa, supo guiar a los jóvenes como lo hizo con el Pen Club Mexicano”, del cual fue presidenta.

Impulsora del teatro campesino

Poniatowska aludió al par de viajes que hizo con Julieta Campos a Nueva York y a Río de Janeiro, cuando la homenajeada era la presidenta del Pen Club y “yo la tesorera”.

En esos viajes “me di cuenta de su amor a la vida; cuando yo proponía picar piedra, ella ya la había picado con decisiones atinadas y prudentes. Sabía vivir, sabía medir las consecuencias, sabía reflexionar y deliberar antes de emprender una acción”.

La autora de La noche de Tlatelolco también rememoró cuando Julieta Campos llegó a Tabasco como esposa del entonces gobernador, Enrique González Pedrero. Doctora en filosofía y letras por la Universidad de La Habana, diplomada en la Sorbona de París, ganadora del Premio Xavier Villaurrutia, se encargó de dar fuerte impulso a la cultura en la entidad, particularmente al teatro campesino e indígena, dirigido por María Alicia Martínez Medrano.

Nacida en Cuba y residente en México por muchos años, Julieta Campos “afirmaba que escribir y leer son dos extremos de un mismo movimiento”. Tuvo muchas pasiones literarias, pero “nadie le gustó tanto y con nadie se identificó tanto como con Anais Nïn”.

Cerca del final de su vida –aseguró Elena Poniatowska–, cuando supo que su mal era incurable, todavía se dio tiempo para corregir “con esmero, a pesar de su debilidad, el libro de Andrés Manuel López Obrador La mafia nos robó la presidencia; y así como el ex candidato presidencial, ella quería el cambio para México”.

En su turno, la escritora y también colaboradora de La Jornada Margo Glantz expuso algunas consideraciones sobre las primeras obras de Julieta Campos, en especial su novela Muerte por agua: “parecería obvio decir que en su narrativa, la isla de Cuba y su capital son omnipresentes. Cuba y La Habana parecen obsesionar por igual a todos los cubanos, así vivan en la isla o fuera de ella”.

En Muerte por agua (1965), “La Habana es una ciudad mítica, el teatro de un nuevo diluvio universal, una ciudad rodeada por el mar e inundada por la lluvia; en medio, aislada como un pleonasmo, una casa que la humedad permea, disolviéndola poco a poco, así como los personajes que la habitan”.

Crítica del machismo

Por su parte, Fabienne Bradu contó que la mañana en que falleció Julieta Campos recordó el texto en el que la fallecida autora relata la visita que le hizo a Anaïs Nin poco antes de que ésta muriera: “Aventuré que así había muerto Julieta, con las mismas palabras que utilizó para describir el discreto desvanecimiento de Anaïs.

“No se trata –aclaró Bradu– de un juego literario o retórico, sino de una prueba más de que vivió y murió intentando reducir cada vez más la brecha entre ficción y realidad.”

Bradu, quien fue la editora de la obra ensayística de Julieta Campos en el Fondo de Cultura Económica, la describió como “una pionera de la crítica femenina en revistas y suplementos literarios de México. Para mí, y creo que para mi generación, jugó el papel de una hermana mayor que empujó puertas atrancadas por el machismo deliberado o inconsciente de la comunidad intelectual”.

No obstante, “el ser mujer nunca fue considerado por Julieta como una ventaja o una desventaja en la vida; un orgullo del que ufanarse o una vergüenza que disimular, como una enfermedad incurable. Simplemente aceptaba su género, a veces con gozo, otras con asombro e inquietud, y lo defendía con inteligencia sin renunciar a la seducción”.

En el homenaje, moderado por Silvia Molina, directora de Literatura en el Instituto Nacional de Bellas Artes, también participaron los escritores Sealtiel Alatriste y el cubano Rafael Rojas.

Alatriste dio lectura al ensayo que publicó sobre la autora mexico-cubana en el número de octubre de la Revista de la Universidad de México. El texto se centra en la importancia que tuvo el mar como tema y escenario en la obra de Julieta Campos.

 
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