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Se abrió Memorias de la vanguardia, curada por José Antonio Rodríguez, en el MAM

Primera exposición para descubrir el valor de la obra de Agustín Jiménez

El museo no busca el glamur, sino presentar territorios desconocidos, señala su director

Incluye 80 imágenes originales y una síntesis documentada de su trabajo en cine

Mónica Mateos-Vega

Ampliar la imagen Sin título, ca. 1928 Sin título, ca. 1928

Ampliar la imagen Nahui Ollin y el pintor Ignacio Rosas en la Escuela Nacional de Bellas Artes, ca. 1928 Nahui Ollin y el pintor Ignacio Rosas en la Escuela Nacional de Bellas Artes, ca. 1928

Ampliar la imagen Yo en 1927 (Autorretrato), 1927 Yo en 1927 (Autorretrato), 1927

Ampliar la imagen Explosión, s/f. Son algunas de las fotografías de Agustín Jiménez (1901-1974), hechas en plata sobre gelatina –pertenecientes a la Colección María Jiménez–, que desde hoy se exhiben en el Museo de Arte Moderno Explosión, s/f. Son algunas de las fotografías de Agustín Jiménez (1901-1974), hechas en plata sobre gelatina –pertenecientes a la Colección María Jiménez–, que desde hoy se exhiben en el Museo de Arte Moderno

La apuesta del Museo de Arte Moderno (MAM) no es por las exposiciones glamorosas, sino por presentar territorios desconocidos por el público mexicano con el propósito de “reforzar los discursos de modernidad visual y romper con las visiones que sólo se centran en la pintura y la escultura”.

Así lo afirmó el director de ese recinto, Osvaldo Sánchez, al dar a conocer los pormenores de la muestra dedicada al fotógrafo Agustín Jiménez (1901-1974), la cual se inauguró anoche.

Se trata del descubrimiento de un artista que no sólo fue un innovador en los años 30 sino se desempeñó también como cinefotógrafo, en películas como ¡Qué viva México!, de Sergei Einsenstein, su gran amigo.

“La dramática visual de Jiménez se adelantó mucho a su época, pues lo que hoy hacen algunos fotógrafos él lo planteó hace 75 años”, comentó el curador de la exposición, José Antonio Rodríguez.

Agregó que las imágenes fijas de Jiménez son poco conocidas en México, debido a que su trabajo en el cine “fue muy poderoso y terminó por invadir su vida, pero nunca dejó de hacer fotografía”; inclusive tuvo una presencia muy sólida en la prensa escrita y el diseño gráfico mexicano de los años 30 y 40.

También se entregó a su labor como docente en la Academia de San Carlos, donde además se dedicaba a registrar el trabajo de sus amigos pintores, como Rufino Tamayo, Juan O’Gorman y Diego Rivera.

Microuniversos de etérea delicadeza

La cámara Speed Graphic de 127 milímetros, que perteneció a Agustín Jiménez, preside la sala donde se presentan sus imágenes, muchas impresas por él mismo y proporcionadas al MAM por su familia, provenientes de un acervo de unas 300 piezas.

Si los desnudos luminosos de las modelos de Jiménez encantan a la vista (entre ellas la mismísima Nahui Ollin posando para el pintor Ignacio Rosas), sus “experimentaciones” no son menos llamativas, al grado de causar curiosidad al espectador que se acerca o se aleja de cada cuadro para intentar adivinar de qué se trata.

Por ejemplo, en la foto titulada Explosión, decenas de tachuelas regadas en el piso parecen, a simple vista, hombrecillos cuyas sombras simulan una estampida. En la obra de Agustín Jiménez habitan tunas, bules, manojos de rábanos, bolas de lotería, barriles, copas de cristal, suelas de zapatos, espinas, todo a granel, para causar efectos visuales llenos de misterio, “de vanguardia”. El artista es autor también del célebre retrato de Einsenstein con una calavera de azúcar en la mano.

El curador José Antonio Rodríguez explica que el fotógrafo “es singular desde sus propios inicios”, pues desde niño estuvo inmerso en el quehacer artístico. Su madre fue acuarelista; su padre, también fotógrafo, pintor y restaurador. Lo captó a los cinco años de edad desempolvando con un plumero una pintura clásica.

“Es evidente que debido a la inclinación de sus padres, a los 16 años ingresó en la Escuela de Artes Gráficas José María Chávez, donde continuó sus estudios formales de fotografía bajo la tutela de Carlos Muñana, fotógrafo de la revista La Ilustración Semanal”, agrega el especialista.

Jiménez inició una producción y enseñanza fotográficas “sin paralelo” durante la segunda mitad de los años 20; hizo sus primeras experimentaciones visuales dentro de la corriente pictorialista, “una manera de hacer imágenes donde la nitidez general era atenuada por una suave borrosidad y los formatos tradicionales, en la mayoría de las veces, eran cambiados para mostrarse en fragmentos horizontales o verticales que eran un poco menos de la mitad del negativo completo.

“Con ello, el artista creó microuniversos de etérea delicadeza donde los contornos de las figuras, cerradas por el encuadre, se funden con los fondos. Sus retratos dentro de esta corriente muestran a mujeres gráciles, ensimismadas con los objetos, usando ropas oscuras, o de caída semitransparente, donde se pierden los detalles o se realzan, a veces de manera mínima, unos trazos de matices brillantes”, concluye Rodríguez.

La exposición del MAM es la primera que en México descubrirá al público el valor patrimonial de la obra del fotógrafo, mediante 80 imágenes originales, así como algunos documentos personales y una síntesis documentada de su trabajo en el cine.

Durante la permanencia de la exposición Agustín Jiménez: memorias de la vanguardia (del 25 de octubre al 27 de enero próximo), se impartirá un taller de fotografía abierto al público en general. La cita es en Reforma y Gandhi, Bosque de Chapultepec. Informes al teléfono 52 11 87 29.

 
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