Usted está aquí: viernes 2 de noviembre de 2007 Cultura Anabel Ochoa conquista espacio para escribir como un ejercicio artístico

Mi nuevo libro es un reto, porque el público está acostumbrado a los consejos, dice

Anabel Ochoa conquista espacio para escribir como un ejercicio artístico

Arturo García Hernández

Ampliar la imagen La escritora Anabel Ochoa, autora de El conversador, y Josu Iturbe, quien escribió el prólogo del libro, durante la entrevista con La Jornada La escritora Anabel Ochoa, autora de El conversador, y Josu Iturbe, quien escribió el prólogo del libro, durante la entrevista con La Jornada Foto: Marco Peláez

“Estrella de la radio”, sicoanalista lacaniana, bestseller de libros de consejos sobre sexualidad, Anabel Ochoa (Bilbao, 1955) también es escritora.

De hecho, llegó a México a tomar un año sabático con la intención de escribir una novela, pero se dio la circunstancia de que empezó a ser conocida como sexóloga, le llegó el éxito y las editoriales se negaban a publicar su literatura: “sólo querían que hiciera libros de consejos”.

Ahora ha publicado El conversador, integrado por seis relatos y una novela corta en el sello Suma de Letras, del Grupo Santillana: “Es el triunfo de mi espera, tuve que pagar ese precio, pero ahora que soy conocida por otras cosas, he decidido sacar este libro; es todo un reto, porque mi público está acostumbrado a los consejos”.

Ochoa tiene dos libros anteriores de creación literaria, el poemario La lengua muerta (1998) y la novela Tras el falo (2002), finalista del premio internacional de literatura erótica La Sonrisa Vertical: “Sin embargo, mi obra literaria no es conocida”.

El gozo de hacer literatura

En sus libros de ayuda y consejos sobre cuestiones sexuales, Anabel Ochoa se ve obligada a ser prudente, sensata, cuidadosa, políticamente correcta.

En la literatura “mis personajes pueden violar, matar, robar; soy brutal; como sexóloga no puedo decir ni hacer lo que me dé la gana, tengo un compromiso social, estoy tan obligada al sentido común que cuando hago literatura la que goza soy yo, usando mi imaginación me desapego de la realidad en un verdadero ejercicio artístico”.

Su mayor dificultad en ese sentido es echar a andar la imaginación, más que trabajar con el lenguaje.

“Escribir se me da fácil por mi formación de sicoanalista lacaniana, donde el pensamiento es lenguaje y el leguaje es pensamiento, no me permito pensar si no tengo la palabra adecuada.

“El reto es imaginar y crear los personajes; en cada gesto, en cada sabor, en cada olor, los meto al fichero abierto de la novela para ver cómo los puedo enriquecer y ver cómo se mueven: me encanta disparartarlos y que no tengan nada de sentido común.”

Viacrucis habitual

El conversador cuenta la historia de un hombre solitario que para romper la monotonía de su vida publica un anuncio en el periódico en el que ofrece servicios profesionales como “conversador”, sobre cualquier tema, las 24 horas de todos los días del año.

De esta manera recorre los intrincados laberintos que hay en la mente de sus clientes, entremezcla sus vidas, va creando relaciones mortales y termina enredado en una trama que ni el mismo previó.

Josu Iturbe, quien es crítico de arte y esposo de Anabel Ochoa, escribió el prólogo del libro, donde anota que a diferencia de su trabajo como divulgadora sobre temas de sexualidad, en su literatura “nos enfrentamos más bien al animal escritor. Las preocupaciones de la autora se transforman entonces en cuestiones expresivas, de búsqueda, de aventura, de riesgo, como toda literatura debe ser”.

En El conversador, “la autora se aleja de la voz autorizada para vivir –o sufrir– con los personajes; ahora ella sabe tanto como el lector, el relato se convierte en el viacrucis de la existencia habitual o extraordinaria”.

Inevitablemente, el trabajo de Anabel Ochoa como sexóloga y sicoanalista impregna su literatura.

“Escribo de todo lo que he vivido personalmente y mi experiencia profesional estimula mis fantasmas literarios, no puedo separar una cosa de otra”, concluye.

 
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