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La artista Cristina Rubalcava montó un altar de muertos en un museo de París

Visten a La Catrina de Posada con un diseño de alta costura de la casa Ungaro

Merry MacMasters

Ampliar la imagen Catrina de la avenida Montaigne, en los talleres de Ungaro, en París, cuyo atuendo fue diseñado por el modisto Medhi Soussane. Las calacas de Cristina Rubalcava, vestidas por esa casa de modas, se muestran en el Museo de Quai Branly, en la capital francesa Catrina de la avenida Montaigne, en los talleres de Ungaro, en París, cuyo atuendo fue diseñado por el modisto Medhi Soussane. Las calacas de Cristina Rubalcava, vestidas por esa casa de modas, se muestran en el Museo de Quai Branly, en la capital francesa Foto: Cortesía de la artista

La Catrina se viste de Ungaro. La emblemática calavera de José Guadalupe Posada nunca se había visto tan elegante, desde que la casa de modas Ungaro, de París, se interesó en vestirla como parte del altar de muertos que la artista Cristina Rubalcava ha montado en el Museo de Quai Branly, recinto inaugurado hace dos años.

Radicada en París desde 1970, hace tres años Rubalcava viajó a México con un grupo de artistas franceses, experiencia que imprimió en ella la necesidad de apoyar la diversidad cultural mediante el intercambio. A raíz de la invitación del Museo de Quai Branly, la pintora, que ya ha hecho altares de muertos en ocasiones anteriores, se preguntó, ¿cómo hacer que Francia participe?

Para esto, desde el año pasado había mandado hacer unas calacas de papel maché en México. En vez de ataviarlas con atuendos mexicanos, se le ocurrió ver si los diseñadores de ese país querían asumir el reto de vestirlas. “Escribimos a cuatro o cinco casas de alta costura. La primera que contestó fue Ungaro”.

Así fue como la mañana del 26 de octubre, Rubalcava llevó sus calacas a la casa ubicada en la Rue Montaigne, donde fueron atendidas por el modisto Medhi Soussane. Los de Ungaro les pusieron “las muñecas”. Ya llegaron les poupées mexicaines, exclamaban en francés.

“De inmediato –expresa la entrevistada– pusieron la casa a nuestra disposición. Házte cuenta cuando llega una princesa a probarse vestidos y vestidos y vestidos, hasta que encuentra el indicado. Había trajes de noche, muy sexys, otros de día, de novia. Decía, no puede ser lo que estoy viviendo.”

Las calacas se “probaron” los vestidos, cuyos escotes dejaban ver sus blancos huesos. Inclusive, le pidieron una de regalo a Cristina para colocarla en una vitrina.

Para ayudar en la comprensión de la festividad por los muertos, la artista también concibió una serie de talleres, en los cuales se abordaría el humor, no macabro, sino “dulce y gracioso” que se profesa hacia la muerte.

Apunta que “aquí –en París– el Halloween no lo festejan, porque no les hace ninguna gracia”.

Y como si todo eso, además de un par de tumbas, no fuese suficiente, Rubalcava se acercó a una chocolatería para proponerles “unas calaveritas de chocolate”. Le dijeron: “Haga una escultura y nos la trae” y así lo hizo la artista. El resultado fueron unos “chocochupamort” (muerto). También dibujó la etiqueta.

Para el sábado 3, último día de La Fiesta de los Muertos, en París, Rubalcava concibió un “coctel de vivos para comer a los muertos”, donde los visitantes podrán degustar pan de muerto.

 
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