Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 2 de diciembre de 2007 Num: 665

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Berlín, Berlín
ESTHER ANDRADI

Seis poetas seis

El Museo Judío de Berlín

La República Libre de Schwarzenberg
HANS-WERNER THIELE

Berlín es un cuento
ESTHER ANDRADI

En Prenzlauer Berg
ANNETT GRÖSCHNER

Hauptbahnhof, Estación Central
GRUPO ATAXIA

Indígenas y extranjeros en Berlín
HEIKE GULATZ

Rostros de invitados
EMINE SEVGI ÖZDAMAR

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Columnas:
Lunas de Octubre
MARCIA TORRES-SACÍA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
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El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
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Die Winterreise

Franz Schubert nació, creció, se atormentó, contrajo la sífilis y murió sin el reconocimiento al que aspiraba en la Viena del siglo xix , pero su Jornada de invierno bien pudo gestarse al amparo de la geografía sentimental de la región 4; los lieders que conforman dicho ciclo dan cuenta de una sensibilidad marcada por la melancolía y la certeza de que es imposible amar sin sufrimiento. Habrá quien sostenga todavía que la dureza fonética del alemán impide una completa identificación emocional con sus piezas cantadas, pero la tristeza de Franz sobrepasa cualquier barrera lingüística. En la relatoría de su derrota a manos de la mujer amada, las lágrimas se nos hielan de pura solidaridad; su quebranto es tal que no queda más que atestiguarlo tan estoicamente como nuestro germanismo inconsciente lo permita. Su música no habilita exabruptos emocionales, sino apenas fugaces destellos de ironía (“la muchacha habló de amor, la madre hasta de matrimonio”): los fuegos fatuos que ciegan la caminata del despechado cantante protagonista a través de la nada a la que ha sido exilado para reinventarse, ese territorio nevado de la muerte que es el único viable para la reunión final con el objeto de sus pasiones.

Como toda tentativa monumental nacida del interés por remarcar el carácter globalizado de la cultura contemporánea, el Forum Universal de las Culturas Monterrey 2007, en colaboración con la compañía Teatro Línea de Sombra, puso a una leyenda del teatro contemporáneo a develar los misterios del temperamento nacional. Yoshi Oida, el mítico actor de los montajes mejores de Peter Brook, el teórico de la actuación a quien debemos algunos de los mejores estudios sobre la interpretación en las últimas décadas (con El actor invisible y Un actor a la deriva como ejemplos señeros), presentó la versión mexicana de la obra de Schubert que había escenificado previamente en Berlín, en colaboración con un grupo de diseñadores e intérpretes nacidos en nuestro país. El Aula Magna de la uanl ofreció entonces el resultado del choque dialéctico entre el canto al desamor alemán, la disección de la organicidad actoral del japonés y la escuela de interpretación operística mexicana.

Imposible pensar el producto final sin considerar el entrecruce cultural; podemos decir que a la puesta aún se le notan las cicatrices epidérmicas de la conflagración. Porque Fernando de la Mora, Irasema Terrazas, Óscar Martínez, Rebeca Samaniego y Daniel Cervantes consiguen habitar las piezas schubertianas a plenitud en un sentido vocal y técnico, aunque la encarnación escénica del discurso del director denote ciertas zonas nebulosas. Oida ha confesado que su predilección reciente por desarrollar proyectos operísticos obedece a su reconsideración de la música como un lenguaje inasible y etéreo, cuya apertura casi absoluta habilita la disección profunda de las estratagemas del actor. Cabía proyectar entonces las dificultades que los intérpretes habrían de enfrentar, conocida la preocupación de Oida por la organicidad más pura y la indiscutible exterioridad que suele caracterizar a la actuación operística.

El espacio de la ficción dispuesto por Alejandro Luna se adscribe a su poética reciente: sintética y fría, la plataforma inclinada atemperada en gris propone en sí misma un estado emocional. Sobre ese cuadrado desprovisto de cualquier calidez, los cantantes habrían de hacer brotar la tundra de sus corazones. Hay que acotar, en honor a la verdad, que pocos salen airosos ante la preocupación evidente de Oida por revestir de verdad el gesto mínimo, por hallar sentido en la pequeñez del detalle. Fernando de la Mora en el protagónico, por ejemplo, se pasea por escena sin ejemplificar una de las lecciones magistrales de Oida, aquella que dicta que el actor cuyo dedo señala a la luna no debe significar ni el dedo ni el astro, sino el trecho que los separa. Irasema Terrazas, como la nívea Beatriz en espera perpetua, y sobre todo Óscar Martínez como el vagabundo/Tiresias que sirve de vínculo entre amada y amante, consiguen por el contrario dotar su trabajo de autenticidad; la primera en su personificación gélida de la belleza ausente, y el segundo como un deuteragonista imbuido de ironía y ligereza. El resultado es entonces irregular, pero comprensible: que Oida, a sus años y con su sapiencia, se atreva aún a arriesgar y arriesgarse junto con su equipo, es ya en sí mismo un hecho escénico excepcional.