Usted está aquí: sábado 8 de marzo de 2008 Cultura La poesía de Keith Jarrett con su trío

Disquero

La poesía de Keith Jarrett con su trío

Pablo Espinosa

Un oleaje hipnótico emerge desde el silencio y se tiende suave, amorosamente sobre las mentes y los corazones. La escobilla metálica recorre como caricias de ángel la espalda blanca de los tambores, cuero contra cuerdas, mientras una mujer ha cobrado forma de contrabajo y desnuda su silueta sinuosa en arpegios dulces y suaves, dulces y tristes, dulces y dolorosos y encima de este piso mullido tapizado de pétalos, las teclas blancas y lustrosas se hunden y emergen, entran y salen del aire como peces en vuelo sobre el oleaje calmo y suave, en acompasado diapasón que parece recitar los versos de Valéry en su Cementerio Marino y es que los tambores, las curvas de madera y las teclas del piano entonan entonces un himno a la vida y sus misterios en una pulsación cordial que estremece, canta y gime, danza y llora y sus lágrimas son esferas transparentes y brillantes que saltan sobre el teclado de la misma manera como una mariposa se ha posado sobre el mástil del contrabajo y encima del llanto los ojos divisan una anacrusa que se tiende ligera y sutil sobre un paisaje poblado de belleza.

Es la música.

Porque, si Keith Jarrett está en el piano, es porque Gary Peacock está en el contrabajo y Jack DeJohnette en la batería. Es la jazzología, ciencia deductiva.

En los anaqueles de novedades discográficas esplende el nuevo disco de uno de los más grandes músicos contemporáneos, el maestro Keith Jarrett arribando al primer cuarto de siglo de perfeccionar el formato trío y elevarlo a la categoría de las bellas artes.

El concierto que los señores Jarrett, Peacock y DeJohnette ofrecieron el 22 de julio de 2001 en el Auditorio Stravinski de Montreux, Suiza, llega apenas a la sala de edición y la espera es comprensible dado el rigor extremo que aplica Jarrett a sus grabaciones, pues registra todos y cada uno de sus conciertos pero autoriza sólo unos cuantos para convertirse en disco y el que ahora nos ocupa es doble y se titula bellamente My foolish heart (Mi tonto corazón) y en el mismo casillero coincide buena parte de la jugosa discografía de éste que es uno de los músicos preferidos del Disquero y elegimos dos de ellos para acompañar el más reciente.

Así que es el momento de escuchar de nuevo una joya que se llama Bye Bye Blackbird, pieza clásica de Ray Henderson, que inicia el disco y también recomendamos recuperar ahora otro tesoro, titulado The out-of-towners (Las visitantes), que registra el maravilloso recital que ofreció este mismo trío en la Ópera de Munich el 28 de julio de 2001, es decir, una semana después del nuevo disco de esta trilogía de ángeles armados de instrumentos musicales para crear belleza y consolar a los mortales.

Las teclas hienden leves campanadas escuchadas en algún sueño luminoso. Las cuerdas que penden del cuerpo desnudo de la mujer que ha cobrado forma de contrabajo cantan aleluyas. La escobilla acaricia los muslos blancos de los tambores. Un oleaje calmo se tiende sobre el alma. Ya no hay lágrimas, tan sólo éxtasis.

Es la música, que, como el amor, salva.

[email protected]

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.