Usted está aquí: lunes 26 de mayo de 2008 Política Que se doble, para que no se quiebre

Néstor Martínez Cristo

Que se doble, para que no se quiebre

Hace un par de días, mientras seguía en los diarios las notas informativas en torno al debate sobre la llamada reforma energética, me vino a la memoria un texto espléndido publicado el año pasado en la revista semanal de El País.

No recuerdo quién es el autor del artículo, pero muy probablemente se trata de alguno de los dos javieres, Marías o Cercas, a quienes sigo con particular interés.

El autor comentaba haber estado en Buenos Aires en la época en la que Fernando de la Rúa gobernaba Argentina. Agonizaba 2001. Eran tiempos de gran efervescencia política y de incesantes presiones sobre la economía, particularmente las inflacionarias, que tanto temen los argentinos.

Crecía el descontento social; prácticamente no existía diálogo entre los actores políticos y los márgenes de la oposición se habían reducido hasta ser prácticamente nulos.

“La vara se puede romper, pero nunca doblarse”, era más o menos la frase que el mandatario argentino repetía por entonces en cuantos foros se presentaba. Lo hacía con aires de autosuficiencia, subestimaba los llamados de alerta que surgían desde la academia y despreciaba cualquier esfuerzo de interlocución con sus adversarios políticos.

El periodista español reparaba en lo insensato de la frase y en lo riesgoso de la actitud de De la Rúa. “Se puede romper, pero nunca doblarse”, reflexionaba durante su estancia en la capital argentina. Pero si a los políticos se les paga para que se doblen hasta donde se tengan que doblar para alcanzar acuerdos y lograr consensos que permitan que un país supere obstáculos y avance. Ése era, más o menos, el planteamiento general del artículo periodístico.

Meses más tarde llegó el momento en que, por no doblarse lo necesario, la vara se partió. Sobrevino todo aquello del corralito y una de las más severas crisis económicas, sociales y políticas se abatió sobre los argentinos.

Hoy, México se está dando la oportunidad de analizar y debatir el futuro del petróleo, uno de los aspectos más sensibles para los mexicanos y para el desarrollo del país.

Y aunque detrás de ese ejercicio de confrontación de ideas, de respeto y de tolerancia parecen existir dos posturas irreconciliables, es importante celebrar que en el país se abran espacios para el diálogo y la reflexión, y se permita que la vara se doble una y otra vez, hacia un lado y hacia el otro, para adelante y atrás.

Por eso también es primordial conceder al diálogo todo el tiempo que sea necesario, agotar el debate. No es sano pretender descalificarlo a priori ni mucho menos intentar acotarlo con declaraciones que apremian a la aprobación de una reforma que es, por decir lo menos, controvertida.

No debe haber apresuramientos. Han sido muchas, demasiadas ya, las décadas perdidas, sea por falta de interés, por corrupción, por negligencias, por ausencia de inversión en infraestructura petrolera, así como de políticas que dieran certezas y un rumbo claro en la materia.

A este respecto, será interesante conocer los puntos de vista que surjan desde la academia, indudablemente uno de los sectores más inteligentes y propositivos y, al mismo tiempo, uno de los que mayormente han sido ninguneados por los gobiernos.

Basta hacer notar que el deterioro en la infraestructura y el desplome de Petróleos Mexicanos comenzó hace varias décadas, cuando esos gobiernos dejaron de invertir en ciencia y tecnología, y con ello cancelaron la posibilidad de llevar adelante el desarrollo de una empresa moderna y competitiva.

Sea bienvenido, pues, el debate. Que se expresen todas las voces. En estos días y hasta mediados de junio se escucharán múltiples puntos de vista sobre los más diversos aspectos y los más variados ángulos que se le pueden ver y encontrar a la famosa reforma energética.

Hay y habrá seguramente puntos de vista coincidentes en torno a muchos de los aspectos no sustantivos de la propuesta, pero en lo que respecta al fondo de la misma, no habrá acuerdo.

Y al final, el presidente Felipe Calderón tendrá que enfrentarse a una difícil disyuntiva: empujar la reforma para su aprobación en el Congreso o abstenerse de hacerlo.

Del otro lado, Andrés Manuel López Obrador estará pendiente, organizado, listo, y quizás hasta deseoso, de que Calderón se atreva y le dé el pretexto perfecto, la mejor bandera, para encabezar una amplia e intensa resistencia.

Ojalá que el debate que hoy se desarrolla aporte y sirva para que la vara se doble una y otra vez, las veces que sea necesario, y así no termine por quebrarse.

 
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