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A 40 años

■ Dos fotos evidencian el espíritu irreverente y contestatario del 68

La mirada del poder y la óptica ciudadana

Alberto del Castillo Troncoso

Ampliar la imagen Manifestación del 13 de agosto, Zócalo capitalino Manifestación del 13 de agosto, Zócalo capitalino Foto: Archivo de Rodrigo Moya

Ampliar la imagen Manifestación del 13 de agosto a su paso por avenida Juárez, en el centro de la ciudad de México Manifestación del 13 de agosto a su paso por avenida Juárez, en el centro de la ciudad de México Foto: Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IISUE) /Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México, Fondo Manuel Gutiérrez Paredes, MGP2116

La marcha del 13 de agosto representa lo mejor del espíritu irreverente, festivo y contestatario del 68. Es la primera demostración masiva del Consejo Nacional de Huelga, organismo creado apenas una semana antes y, por tanto, fuera del control corporativo del gobierno y alejado en ese momento de su aparato de inteligencia.

Es difícil imaginar a 40 años de distancia la subversión implícita en el hecho de que un organismo sin membrete oficial organizara una manifestación de 150 mil personas sin pedir el permiso correspondiente a las autoridades, se dirigiera en sus volantes al pueblo de México, haciendo caso omiso de la figura del Ejecutivo y, para colmo, pretendiera desembocar en el espacio sagrado del Zócalo capitalino, reservado para las marchas de apoyo al “señor Presidente”.

La “prensa vendida” tuvo sus matices

La cobertura fotográfica fue muy amplia y abarcó a la prensa en su conjunto. Había pasado ya la tregua correspondiente a la marcha del rector , y los periódicos empresariales, como El Sol de México y El Heraldo, y otros cercanos a la perspectiva oficial, como La Prensa, volvieron a ajustarse a las coordenadas previsibles, que buscaban desacreditar el movimiento y vincularlo a intereses comunistas y extranjeros. Sin embargo, los matices y diferencias abundan, y así tenemos la cobertura de periódicos como Excélsior, El Universal y El Día, que informaron sobre la jornada con sesgos ideológicos menos evidentes y desplegaron una cobertura fotográfica amplia, en la que todavía no se imponía la lectura oficial de los hechos.

En este artículo vamos a presentar dos miradas contrapuestas, que observaron detenidamente la marcha con resultados y finalidades muy distintas. Ambas habían permanecido hasta hace poco tiempo en el anonimato, también por razones diferentes. La primera es resultado del ejercicio del poder ordenado por Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación, y la segunda es la recreación gozosa de un ciudadano de a pie, que decidió unirse a la marcha por voluntad propia.

Manuel Gutiérrez o la mirada del poder

Manuel Gutiérrez, mejor conocido como Mariachito era un personaje conocido en el gremio de los fotoperiodistas en la primera mitad de la década de los sesenta por sus colaboraciones en las notas de sociales y deportes en la prensa convencional. Lo que no todos los colegas sabían es que había sido contratado un par de años antes por Echeverría, y que éste le había asignado la labor de registrar meticulosamente todas las acciones de la rebelión estudiantil, cuestión que Mariachito realizó con todo profesionalismo, como puede verse en el archivo que su familia vendió a la UNAM a la muerte del fotógrafo.

La marcha del 13 de agosto ocupa un lugar relevante en el archivo, como puede verse en el riguroso trabajo en curso que realiza al respecto la investigadora Oralia García en el IISUE. Gutiérrez se ubicó en uno de los balcones del hotel Del Prado, en la avenida Juárez, y desde ahí observó el paso de la marcha con la precisión milimétrica del científico que registra con su microscopio cada instante de su objeto de estudio.

Entre las secuencias sobresale una que también llamó la atención de la prensa y que fue utilizada por algunos sectores para desacreditar al movimiento: un grupo de estudiantes va cargando una manta con la figura del Che Guevara, precedido de cuatro muchachos que cargan desafiantes un ataúd con un letrero que señala que no hay ningún cuerpo en su interior, porque el ejército había incinerado todos los cadáveres.

Uno puede consultar el trabajo de Gutiérrez en el Archivo Histórico de la UNAM y revisar esta secuencia de imágenes casi en forma cinematográfica: la manta, que al principio es un punto perdido en el horizonte, va avanzando lentamente hasta pasar casi por debajo de la lente de Mariachito, justo a un costado de la marquesina del Cine Prado, que se mantiene como mudo testigo de los hechos.

El resultado es una mirada fría y distante, ubicada en un lugar inmóvil, que registra claramente los rostros de los estudiantes y el contenido de sus carteles y grafitis, y que posteriormente fue utilizada por los servicios de Gobernación para la identificación de detenidos y demás labores de inteligencia.

Rodrigo Moya o la perspectiva ciudadana

Rodrigo Moya es uno de los fotógrafos documentalistas más importantes del México de mediados del siglo pasado. En febrero del 68 colgó su cámara a nivel profesional, cansado de la falta de opciones profesionales para su gremio y del verticalismo y autoritarismo del régimen de partido de estado en que le tocó laborar en aquellos años. La rebelión de agosto lo sorprendió como a tantos otros ciudadanos hastiados del PRI, y decidió cubrir algunos de los episodios estudiantiles. Para ello contaba con enorme experiencia, ya que era el autor del registro fotográfico más amplio que existe sobre las rebeliones estudiantiles, magisteriales y ferrocarrileras que pusieron en jaque al sistema entre 1958 y 1960.

Moya registró la marcha con pasión. Con la cámara en movimiento que definió su estilo envolvente, cubrió lo mismo la vanguardia que la retaguardia, se adelantó a la manifestación para cubrir las primeras filas, se subió a los edificios para obtener tomas en picada, y al final se integró a la celebración de la multitud en el Zócalo.

Entre otras secuencias, rescatamos la imagen de la quema del gorila de papel maché que llevaron a cabo los estudiantes en la plaza y junto a Palacio Nacional en aquella noche festiva. El simio representa en lo inmediato al general Cueto, el odiado jefe de la policía capitalina. En el plano simbólico, se trata de la quema carnavalesca del gorila mayor que gobernó a México durante aquel sexenio. Estamos frente a una de las fotografías que sintetiza con mayor fortuna el tono lúdico y desafiante del poder que caracterizó al movimiento estudiantil en aquel agosto, una atmósfera que poco a poco fue desplazada por el temor y la represión en los meses siguientes.

 
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