Usted está aquí: sábado 11 de octubre de 2008 Política Estados Unidos hoy

Enrique Calderón Alzati

Estados Unidos hoy

Sin lugar a dudas, a lo largo del siglo XX Estados Unidos de América llegó a convertirse en la nación más rica y poderosa del planeta. Una especie de Roma moderna. Ello fue posible por varias razones. La perfidia, la capacidad de destrucción, así como la visión y firmeza de algunos de sus líderes. Las amenazas y los sobornos no fueron ajenos a este predominio, pero hubo desde luego otros factores innegables.

Entre ellos, las dos guerras mundiales que estremecieron principalmente a Europa, como consecuencia de odios y ambiciones originados desde tiempos antiguos que terminaron saciándose con los avances de la ciencia y la tecnología, y con 40 millones de muertos. En esas guerras, Estados Unidos jugó papeles complementarios, pero decisivos, con mucho que ganar y menos que perder que los demás actores de la confrontación.

Otro factor importante fue la caída y el desmembramiento de la Unión Soviética, a consecuencia de dos fenómenos sociales no previstos por Marx ni por Lenin en su momento: la corrupción y el burocratismo, dos primos hermanos. No es que el sistema capitalista no los tenga, sólo que su capacidad de vivir con ellos ha resultado más adaptable y resistente hasta ahora.

El tercer factor fue el avance mismo de la tecnología, en particular de las tecnologías de la información, que le permitieron diseñar con éxito estrategias de dominación mucho más sólidas y sutiles que las respaldadas por sus misiles y sus fuerzas de ocupación, tanto visibles como encubiertas.

Como muchos otros países, Estados Unidos desarrolló un proyecto sólido de dominación mundial, que además de los aspectos bélicos incluyó la creación de instituciones financieras que le aseguraran el dictado de sus políticas de explotación de las naciones más débiles, así como el aseguramiento de alianzas con posibles rivales y actores que le permitieran acrecentar sus excedentes. Incluyó también la creación y el control de organismos políticos de carácter hegemónico, como la ONU, la OEA y la OTAN, que le facilitaran la intervención en otras naciones de acuerdo con sus intereses, para consolidar sus posiciones.

En estos procesos Estados Unidos vio a Latinoamérica como un territorio de su propiedad, con capacidad de proveerle mano de obra barata y de materias primas, desde petróleo, fibras, minerales y alimentos, hasta enervantes, así como un mercado poco exigente para sus productos, cuando éstos no podían competir en otros mercados.

Sería injusto e incorrecto regatear el gran impulso científico, tecnológico, cultural e incluso social que los estadunidenses ofrecieron al mundo durante las últimas décadas del siglo XIX y todo el siglo XX, que incluyeron avances sin precedente en medicina y en biología; la recepción y el reconocimiento que dieron a científicos y técnicos de todo el mundo cuando fueron despreciados en sus propios países –inclusive los de Europa, de Asia, de América (en particular los de México)–; sus aportaciones a la literatura y a la música, así como la conformación de bibliotecas, universidades y centros de investigación en todos los campos, el desarrollo del cine, de la aviación y de nuevos esquemas de producción y de servicio que hoy son replicados alrededor del orbe.

Desafortunadamente, en paralelo con estos méritos, en su afán de dominio y de acumulación de riqueza, quienes dirigen este país, con el consentimiento de sus ciudadanos, cometieron errores y desmanes sin límite; se asociaron con los personajes y las organizaciones más ruines del planeta y de sus diferentes regiones, crearon monstruos, sembraron destrucción y odios sin fin en su contra, hicieron de la especulación el deporte nacional e ignoraron incluso excesos en la utilización de recursos naturales y financieros que hoy han puesto en riesgo la vida y la estabilidad del orbe.

Es este el escenario en el que se realizarán dentro de poco las elecciones de un nuevo gobernante para los próximos años. La prensa y los medios de comunicación han hecho ver en este proceso la posibilidad de un gran cambio, simbolizado por la presencia de un joven candidato de color, con una trayectoria política aparentemente limpia, que pretende erradicar mucho de lo siniestro que tiene el aparato político, económico y militar del imperio. Al mismo tiempo, acontecimientos recientes del sistema financiero, que parece entrar en una crisis de dimensiones inéditas, lo hacen ya el indiscutible favorito electoral. ¿Qué significado puede tener todo esto para nuestro país en los próximos meses y en los años venideros?

Para nuestros gobernantes la consabida respuesta es que aquí todo está bien, que tenemos una gran fortaleza económica y que no pasará nada, como nada ha pasado, por ejemplo, desde que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o como sucedió con la destrucción de las Torres Gemelas en 2001. Siendo México una de las dos naciones vecinas directas de Estados Unidos y tomando en cuenta los escenarios geopolíticos actuales, así como la historia misma de nuestra relación con ese país, la cual incluye invasiones, imposiciones, saqueos, amenazas, intercambios y la brutal dependencia económica reflejada en más de 15 millones de mexicanos que radican allá, debemos analizar las cosas con cuidado; a ello me propongo dedicar mis próximos artículos.

 
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