Usted está aquí: miércoles 3 de diciembre de 2008 Política Criticado por su religiosidad, no tuvo otra opción que apegarse a lo que marca la ley

■ “El evangelio es mi luz, mi guía e inspiración”, declaró en 2003

Criticado por su religiosidad, no tuvo otra opción que apegarse a lo que marca la ley

Fabiola Martínez

“El evangelio es mi luz, mi guía e inspiración para todos mis actos”, expresó Carlos Abascal Carranza en enero de 2003, durante una entrevista con La Jornada.

Habían transcurrido poco más dos años del triunfo de Vicente Fox, lapso de duras críticas hacia él, entonces secretario del Trabajo. Líderes sindicales rechazaban la idea que un ex dirigente patronal se convirtiera en el responsable de la política laboral del país.

Abascal fue un personaje polémico debido a su profunda devoción religiosa, que no dudó en llevar al ejercicio público, pero también fue un dirigente patronal y funcionario público reconocido por su habilidad para conciliar.

Su religiosidad se puso en evidencia no sólo por tener en su oficina un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, sino por alentar acciones para la defensa de la vida desde la concepción.

Defendió sus convicciones de manera abierta, aunque en algunos casos no tuvo otra opción que moverse dentro de los límites legales que le imponían sus responsabilidades en el gobierno.

Como secretario de Gobernación no pudo hacer nada, por ejemplo, ante la inminente autorización oficial para la distribución de la píldora “del día siguiente”.

Toda su vida cultivó lecturas que fortalecieron sus creencias, desde sus primeras faenas como mensajero en Afianzadora Insurgentes, donde se jubiló, 30 años después, como director general.

Para obtener su título de abogado, en la Escuela Libre de Derecho, presentó la tesis Las relaciones entre el poder espiritual y el poder temporal, texto en el que propuso la preponderancia de la religión católica y colocaba a la democracia como una farsa promovida por la masonería. Abascal justificó después que tales hipótesis correspondían a un estudiante.

En lo público y en lo privado, el ex funcionario fue riguroso; lo mismo para promover reformas a la Ley Federal del Trabajo que para vigilar la educación de sus hijos.

Es conocido el episodio cuando protestó en el colegio de su hija menor porque una profesora encargó a sus alumnos la lectura de Aura, novela de Carlos Fuentes, que el entonces secretario del Trabajo consideró inadecuada para una adolescente. La maestra Georgina Rábago fue despedida.

También como titular del Trabajo fue duramente criticado cuando consideró deseable que las madres tuvieran las condiciones necesarias que les permitieran quedarse en su casa al cuidado de sus hijos. Desató otro caudal de críticas y en algunos actos fue recibido con el grito: “¡Mujeres a la oficina, Abascal a la cocina!” Él aseguró que sus declaraciones fueron sacadas de contexto.

Pero en todo momento Abascal Carranza fue reconocido por amigos y críticos por su habilidad para lograr pactos.

Como presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana fue el primer representante de la iniciativa privada en acudir a una asamblea de la CTM, bastión del sector obrero del PRI, y logró acercarse al líder Fidel Velázquez. Ambos, en un hecho sin precedente, firmaron el acuerdo Hacia una nueva cultura laboral.

Su camino como secretario del Trabajo no fue fácil. En más de una ocasión las huestes de las organizaciones que integran el Congreso del Trabajo lo recibieron con sonoras rechiflas. Pero no suspendió sus visitas. Aguantó los insultos, estoico.

En esa dependencia logró reducir el nivel de conflictividad e incluso detener una amenaza de huelga en Petróleos Mexicanos. Ya en Gobernación, el presidente Vicente Fox dejó en sus manos la solución del grave conflicto en Oaxaca; logró un acuerdo con el magisterio, pero no pudo con el gobernador Ulises Ruiz, quien sigue en ese cargo.

También asumió la responsabilidad de conservar la gobernabilidad de cara al proceso electoral, y más tarde cabildeó con el PRI para que Felipe Calderón tuviera el apoyo de ese partido y pudiera rendir protesta el primero de diciembre de 2006.

Al dejar los cargos públicos fue nombrado secretario general adjunto de la dirigencia nacional del PAN, bajo el mando de Manuel Espino. Luego, ya de lleno en el sexenio calderonista, permaneció en la cúpula panista como consejero nacional y secretario de formación, a la vez que alentó hasta sus últimos días la ideología panista desde la fundación Rafel Preciado.

 
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