Opinión
Ver día anteriorJueves 9 de julio de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Los anulistos
Soledad Loaeza
A

sí se autodenominan muchos de los jóvenes que decidieron anular su voto. La primera respuesta de los políticos profesionales a este movimiento, incluidos quienes hacen política con la pluma, fue el desdén. Conforme esta protesta singular fue cobrando fuerza les fue ganando la irritación; para ilustrar esta reacción no hay más que citar al siempre elegante Vicente Fox, quien afirmó que eso del voto en blanco es una jalada; luego, los partidos mostraron miedo; y ahora, ante el muy significativo resultado que obtuvieron los anulistos –poco menos de 6 por ciento a nivel nacional, cerca de 11 por ciento en el Distrito Federal, y en algunos distritos, como el 2 de Ciudad Juárez, 12 por ciento–, se les acusa de haber devuelto el poder al PRI. Ninguna interpretación más descabellada que ésta. Los responsables de esta regresión son los panistas, los perredistas y sus aliados. Unos, por ineficientes; otros, por desconfiables; todos por abusivos. Lo han sido tanto que ahora muchos pensamos que todos los partidos son iguales y anulamos simplemente porque votar por uno de ellos daba igual. Como son indistinguibles, mi voto por un partido no hubiera expresado mi preferencia, sino simplemente mi aceptación para que sigan como van.

Contrariamente a los críticos del voto nulo que insistían en que no decía nada quien elegía esa opción, creo que la furia que alcanzaron a provocar los anulistos tiene que ver precisamente con el mensaje que enviaban, pues era bien claro. En este tiempo de canallas y de creciente cinismo de una clase política dizque plural, la anulación del voto fue una sanción de índole moral que pintó una raya. Fue un Hasta aquí a los atropellos que han venido cometiendo los miembros de la partidocracia, uno de cuyos grandes pecados ha sido desvirtuar el principio de representación, y convertir el voto en una complicidad entre el elector y ellos mismos. Los anulistos les marcaron el alto con un sonoro No.

Aquí no se trata de presentar a los ciudadanos como santos, libres de toda mácula. Cuando uno vota por determinado partido, está expresando cierta afinidad con esa organización y sus miembros. A nadie puede reprocharse que no se sienta afín a gobernadores como Emilio González Márquez y Francisco Garrido; el primero, con la elegancia de un Fox, ha intentado llevar a Jalisco al siglo XIX, y el segundo ha utilizado libremente los recursos públicos para sus gustos personales. Tampoco es reprobable que los habitantes de la delegación Álvaro Obregón hayamos considerado que el nepotismo del PRD y los Luna es un exceso, o que el monopolio de ese partido sobre la ciudad es indeseable. Y, francamente, en muchos casos se necesita mucho estómago para identificarse con un candidato o con un partido que han ignorado reglas, leyes, han hecho y recibido acusaciones gravísimas, y siguen todos tan campantes.

El buen funcionamiento de la democracia requiere una buena dosis de escepticismo, que no es lo mismo que el cinismo. Un escéptico es aquel que mantiene distancia frente a políticos e instituciones, reconoce sus limitaciones y las del sistema en el que operan. Esta actitud le permite abrir un espacio entre la razón y la pasión, que sostiene el sentido común y defiende así a la democracia de los efectos corrosivos de la desilusión. En cambio, el cínico es aquel que justifica la situación existente con el pobrísimo argumento de que así es la política, desprecia los valores morales, o no les encuentra lugar en la lucha por el poder, y se considera a sí mismo un realista porque parte del supuesto de que los seres humanos somos esencialmente corruptos, o corruptibles.

No quiero dar clases de moral. Sin embargo, no puedo dejar de anotar que una de las dificultades que veo en nuestra vida política es la falta de imaginación de nuestros políticos que son incapaces de construir ofertas atractivas de futuro. Repasemos los mensajes de la campaña electoral: Seguridad o renuncio, Pena de muerte a los secuestradores, ¿No tienes para medicinas? ¡Que te las pague el gobierno! ¿Quién puede sentirse medianamente inspirado por estas sandeces y otras platitudes cuya inútil difusión pagamos los contribuyentes.

No puede acusarse a los anulistos de la lamentable estrategia panista que se dedicó a denostar al PRI, a rememorar su versión de nuestra historia reciente, que, quedó bien demostrado, no es compartida por muchos de los que ahora están felices con el retorno de ese partido, cuya gestión comparan con la de los gobiernos panistas, y concluyen con un Qué diferencia. Tendrían que reconocer el juicio mayoritariamente negativo que se hace del gobierno de Fox, para guardarlo en su rancho por un buen rato, en lugar de exhibirlo como si le fuera a ganar votos al PAN. Los críticos de los anulistos deberían reconocer que el cinismo de los partidos que ellos defienden en abstracto son los verdaderos responsables del mal nombre que está adquiriendo la democracia en México.