Opinión
Ver día anteriorDomingo 4 de abril de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Donde viven los monstruos
Carlos Bonfil
E

n pocas cintas recientes la imaginación infantil ha sido capturada con tanta temeridad y brío como en Donde viven los monstruos (Where the wild things are), de Spike Jonze, basada en el libro homónimo de Maurice Sendak. Desde 1963, fecha de su publicación, el texto se ha vuelto una referencia obligada por su brevedad (40 páginas de ilustraciones y sólo 10 frases), y por la originalidad de su propuesta.

Su protagonista, el niño de seis años Max (en la película un actor de nueve años, Max Records), emprende un largo viaje, en unas cuantas horas y sin salir de su habitación. Su cuarto se transforma mágicamente en un bosque poblado de figuras monstruosas. Trepado en una balsa, Max va al encuentro de la aventura en las paredes que despliegan horizontes ilimitados. A su regreso, retoma su rutina doméstica con la sopa que le espera, aún caliente, en el comedor. Esta huida, semejante al viaje interior referido repetidamente en la literatura de los adultos, incluye un aprendizaje moral, el ajuste de cuentas con los miedos y fantasmas del protagonista, y la reconciliación final con la autoridad doméstica.

Al final de su itinerario, Max, el monstruo infantil, la cosa salvaje que responde de modo irracional a la incomprensión de los adultos, será un ser diferente, capaz de vislumbrar un poco de equilibrio emocional en su vida futura.

Spike Jonze, director de ¿Quieres ser John Malkovich? y El ladrón de orquídeas, acomete aquí, en colaboración con el guionista Dave Eggers, una soberbia adaptación del texto de Sendak. Como único cambio indispensable, desprende al protagonista infantil de las cuatro paredes que encierran su fantasía y lo transporta a un territorio insular imaginado por Julio Verne. Su encuentro con gigantescos monstruos de peluche, provistos de un amplia gama de emociones humanas, capaces de enternecer y aterrorizar, de acariciar y devorar, a los visitantes incautos, es sólo la repetición onírica de las experiencias que el propio Max ha vivido la víspera con su hermana mayor, los amigos de su hermana, y la madre que de paso debe asumir el papel de un padre ausente.

En la isla donde viven los monstruos, Max recrea, agigantándolo, este universo familiar para entenderlo mejor, y lo hace de un modo perturbador y violento, como en la catarsis de un sicoanálisis, liberando energía y coraje.

En la primera escena de la cinta, Max aparece disfrazado de lobo blanco. Persigue con un tenedor en la mano a un perro aterrorizado. Poco después, trepado a una mesa, hace un monumental berrinche a su madre (Catherine Keener), gritándole Te odio. Voy a comerte. Todo mucho más cerca de Freud que de Walt Disney. Esta cinta infantil apenas podría recomendarla Hollywood para sus niños de cinco a 60 años.

Castigado por su mala conducta, Max se refugia en su cuarto y ahí se erige a sí mismo en monarca absoluto de una tribu de monstruos, cuya voluntad salvaje doblega por un tiempo a su antojo. Las bestias antropomórficas poseen emociones reconocibles, transitan de la melancolía a la ira más despiadada. Se encariñan con Max, en quien advierten a un posible ser liberador dotado de poderes extraordinarios. Anhelan el advenimiento de una época próspera y feliz, que acabe con la tristeza que en todo momento les invade. La cinta relata el encuentro de Max con estas bestias de peluche crédulas e insaciables, y su proceso de maduración moral a lado de ellas.

Las expresiones faciales de las bestias están diseñadas por computadora en base a los gestos de los actores que prestan sus voces (James Gandolfini, Paul Dano, Forest Whitaker, entre otros). La cámara ajustada al pecho del experto Lance Acord adopta el punto de vista de Max y la agilidad de sus movimientos, y el trabajo de ambientación reposa en un sofisticado juego de iluminación y tonalidades que realzan el lado fantasmal y terrorífico en la imaginación infantil. En este sueño que es el encuentro accidentado de Max con las bestias, estas últimas aprenden a desconfiar de las pretendidas virtudes de la civilización y su culto al afán competitivo y a la guerra, mientras que el niño valora de lleno la generosidad afectiva. Una virtud de la cinta es su capacidad de renovar, sorprendentemente, la capacidad de asombro en el espectador adulto.