Opinión
Ver día anteriorJueves 30 de septiembre de 2010Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Guerras devaluatorias
Jorge Eduardo Navarrete
S

i hemos de creer a Guido Mantega, el ministro de Finanzas que ha estado por los ocho años de Lula a cargo del impresionante desempeño de la economía brasileña, ya se han iniciado, como una fórmula vicaria de paliar el efecto de la crisis sobre el crecimiento, las guerras devaluatorias, en las que están envueltas varias de las monedas más usadas en el comercio y las finanzas mundiales. Estamos inmersos en una guerra monetaria internacional, un debilitamiento generalizado de las monedas, dijo Mantega en Sao Paulo el 27 de septiembre, según el Financial Times. (Por cierto, la bolsa de valores de esa metrópoli –y no las de Francfort, Londres o Nueva York, como precisó un Lula jubiloso– había presenciado días antes la colocación pública de acciones mayor de la historia, a cargo de Petrobrás. Es como si tres meses después de Chernobil, una empresa nucleoeléctrica colocase con éxito sus acciones, habida cuenta de las repercusiones de Macondo, el pozo que le explotó a BP, en la perforación en aguas profundas, núcleo del negocio de la petrolera del Estado brasileño.) En los mercados, las hostilidades se dejan sentir en las intervenciones competitivas que en semanas recientes han realizado los bancos centrales de Surcorea y Japón, entre otros, orientadas a mantener deprimido el valor de sus monedas, de manera de impulsar sus exportaciones y, por esta vía, estimular el crecimiento. Aunque casi todo mundo, en los centros financieros mundiales, se refería sotto voce a esta situación, no era de buen gusto aludir al hecho de que un número creciente de países considera que un tipo de cambio más débil puede significar un poderoso estímulo a sus economías. Tal ha sido, en forma paradigmática y prolongada, el caso de China y el yuan renminbi, adalid por excelencia de estas guerras devaluatorias.

Las tensiones actuales se tornaron evidentes hace algunas semanas, cuando el Banco de Japón intervino en los mercados cambiarios, por primera vez en seis años, para forzar la depreciación del yen cuando se aproximó al nivel de 82 por dólar estadunidense, cota a la que no había llegado desde 1995, y después de que, de mediados de abril a mediados de septiembre, se había apreciado en cerca de 14 por ciento. La magnitud de la intervención fue, en sí misma, apabullante: 200 billones de yenes o 230 mil millones de dólares. La reacción inicial del mercado cambiario fue, como suele ocurrir, modesta: de 82.88 yenes por dólar a algo más de 85, es decir, una depreciación de apenas 2.5 por ciento. Lo importante, empero, era el mensaje: dar por concluidos años de pasividad y poner en claro que, de ser necesario, continuaría interviniéndose, para lo cual en la tercera economía mundial –medida a tipos de cambio de mercado– no falta espacio ni recursos.

Pero la acción japonesa dista de ser la única. Un recuento reciente señala que, en 2009, Suiza realizó diversas intervenciones unilaterales, directamente a través del Banco Nacional de Suiza o mediante el Banco de Pagos Internacionales, para contener el alza del franco suizo frente al euro. En Asia, las autoridades financieras de Surcorea también han intervenido en los meses recientes a pesar de que el won puede ser considerado una de las divisas más subvaluadas. De acuerdo con datos del Banco de Basilea, en este mes el won se cambia a un tipo 13 por ciento inferior al promedio de los últimos cinco años (en tanto que el yen japonés, por contraste, se sitúa 14 por ciento por encima de ese promedio). Por su parte, Brasil mismo, que se ha abstenido de presionar a la baja el real en los mercados, ha anunciado que podría dedicar parte de los recursos de su fondo soberano de inversión a comprar reales, para abaratarlos. Es claro, entonces, que las guerras devaluatorias continuarán librándose, aunque el G-20 quisiera evitarlas.

La atención, por supuesto, se concentra en el yuan renminbi. Tras haber detenido desde mediados de 2008 la muy gradual y moderada apreciación del yuan frente al dólar permitida desde mediados del decenio, el Banco de China volvió a una paridad fija en el verano, cuando se acumularon los indicios de debilitamiento del crecimiento y de las importaciones en Estados Unidos y buen número de naciones europeas. Puede permitirse un yuan que se revalúe ligera y pausadamente cuando crece el comercio mundial, pero no si se contrae, como puede volver a ocurrir. En los últimos días, tras las pláticas Obama-Wen en Nueva York, se había reanudado la lenta apreciación de la moneda china. Empero, si varios países, de manera unilateral y descoordinada, actúan contra sus propias monedas, devaluándolas, es difícil esperar que China permanezca incentivada para moverse en la dirección contraria.

Se dice que el gobierno de Corea del Sur, empeñado en que la cumbre del G-20 en Seúl sea un éxito y no se empañe con la discusión de asuntos demasiado espinosos, se ha esforzado por dejar fuera de la agenda el tema de las guerras devaluatorias. Quizá otros quieran insertarlo.

En teoría, la idea de que todos (o muchos) quieran devaluar para crecer parece tan impracticable como que todos quieran tener superávit comerciales. Pero en la crisis, la situación puede ser diferente. Tal es la opinión (citada por el Financial Times) de Barry Eichengreen, de la Universidad de California en Berkley, quien ve con buenos ojos las devaluaciones competitivas. Al intervenir en los mercados cambiarios para adquirir su propia moneda, los bancos centrales están, de hecho, aplicando una política monetaria más laxa, en condiciones en que las tasas de interés cercanas a cero han privado de efectividad al instrumento por excelencia de esa política. De esta suerte, si varios países, aun sin ponerse de acuerdo, propician de manera simultánea la depreciación de sus monedas, se ejerce un efecto parecido al de una liberalización concertada de las políticas monetarias. Así, una serie de devaluaciones deliberadas, más que un juego de suma cero, puede acabar como una liberalización monetaria más o menos coordinada.

Lo anterior supone, desde luego, que se ejerza una política cambiaria activa, como parte del arsenal anticíclico, y no se considere, como ocurre en México, que su única función es servir de ancla para frenar la inflación, sin importar la situación de la economía y del empleo.

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