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Ésta es la mayor cárcel clandestina del país, rezaba una manta en la entrada de la zona

Toma relámpago del Campo Militar uno para exigir la entrega de desaparecidos
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Un momento durante la súbita protesta de integrantes de las agrupaciones HIJOS México y el Comité Eureka, este domingo, dentro y fuera del Campo Militar número unoFoto Cristina Rodríguez
Blanche Petrich
 
Periódico La Jornada
Lunes 21 de febrero de 2011, p. 20

Cuatro jóvenes ciclistas ingresaron cerca de las 11 de la mañana al Campo Militar número uno; cascos, mochilas, todo normal a los ojos de los soldados que vigilan la entrada principal. Confundidos entre los paseantes que acudieron al tercer domingo de acceso a las instalaciones castrenses, como parte de la campaña propagandística de la fuerza armada, la gran fuerza de México, se detuvieron un momento cerca de la entrada principal. Y ante la sorpresa de los militares en turno, desplegaron una gran manta y empezaron una protesta relámpago que no pudo ser sofocada.

Ésta no es una zona de recreo, es la mayor cárcel clandestina del país, denunció el primer orador, al tiempo que sus compañeros colocaban al lado del croquis del campo otro cartel, simulando el mismo mapa pero con la leyenda: Usted está aquí... y los desaparecidos también.

Sincronizada, desde el exterior se aproximaba una pequeña marcha con más mantas, un megáfono y el acompañamiento de varias madres del Comité Eureka, entre ellas la senadora Rosario Ibarra. Empezaron las consignas de uno y otro lado. Policías militares, militares vestidos de civil, agentes de todo tipo se agitaron inútilmente. Era demasiado tarde para desalojarlos.

En este mismo lugar desaparecieron desde los años 70 muchos estudiantes, maestros, médicos, campesinos, dirigentes populares, decía una joven oradora deteniendo su bici con una mano y la manta con la otra. “Aquí adentro –continuaba otro compañero– hubo una cárcel clandestina que le llamaban El Acapulco. Aquí trajeron a todos los campesinos presos en el pueblo El Quemado de Atoyac, Guerrero, para torturarlos. Nunca se supo más de ellos”. Quien hablaba era Juan Carlos Mendoza, treintañero, hijo de Juan Carlos Mendoza Galoz, desaparecido en este sitio tras ser plagiado el 30 de diciembre de 1981.

Marcaje personal

Un ciclista frenó haciendo chirriar sus llantas y escuchaba perplejo a los manifestantes.

En nuestras listas también hay nombres de siete militares desaparecidos; soldados honrados reprimidos por denunciar la corrupción de sus superiores. El nerviosismo de los militares aumentaba. Miraban desconcertados a la joven que espetaba: También a ustedes les hacen falta los desaparecidos. Algunos eran maestros que ya no están para darles clases a sus hijos en los pueblos de donde ustedes vienen.

Dos soldados se empeñaban en un marcaje personal a la fotógrafa Cristina Rodríguez, tapando su lente. Otro, de civil, quien se identificó como reportero, no dejaba de grabar los movimientos del periodista José Reveles.

Desde el exterior se escuchaba la voz de la senadora Ibarra de Piedra. Nosotros luchamos como José Martí, peleamos sin odio. No les deseamos jamás que les desaparezcan a un hijo.

Una pareja en bicicleta, con sus niños en triciclo, se detuvo unos segundos, sorprendida, para escuchar a alguien que gritaba: Ahora nos quieren decir que el Ejército es la gran fuerza de México; sí, la gran fuerza represora. Hablaba Tania Ramírez, hija de Rafael Ramírez Duarte, detenido en junio de 1977, trasladado a este cuartel, torturado, desaparecido. Los soldados obligaban a quienes la escuchaban a seguir su camino. No queremos una apertura propagandística de la fuerza armada, queremos que se abran las celdas donde estuvieron nuestros padres, que el Ejército se limpie de verdad. Queremos que vuelvan a sus cuarteles, que cesen las balaceras contra civiles. Esa es la relación que queremos tener con ustedes.

Rosario Ibarra, flanqueada por sus inseparables compañeras Celia Piedra y Sara Hernández, seguía con su arenga: Tenemos una lista de 557 desaparecidos, nuestros hijos (el suyo, Jesús Piedra), esposos, hermanos y hermanas. Cuando los buscábamos, en este mismo lugar, encontramos conmiseración entre algunos soldados. Gracias a ellos, a los testimonios de los sobrevivientes y a la tenacidad de nuestros compañeros logramos rescatar a 148 vivos. A su lado también estaba uno de estos sobrevivientes, Mario Cartagena.

Otro testigo presente era Jacobo Silva Nogales, ex jefe del ERPI, capturado en 1999. En dos ocasiones estuvo internado en esta zona militar, donde fue torturado. Fue liberado junto con su esposa, Gloria Arenas, 10 años después.

Rosario Ibarra, 36 años al frente de familiares que buscan a los seres queridos que desaparecieron en esa enorme zona militar, aludió también al actual rol del Ejército como policía antinarcóticos en plena confrontación con el crimen organizado. Protestamos también por esto. Es inconstitucional que cumplan tareas de policía, es ilegal que los saquen a ustedes a la calle a matar y a que los maten.

A partir de 1975 su menuda figura se hizo habitual en esta puerta durante más de medio año. Empezó buscando a su hijo Jesús. Su lista se fue alargando. El primero de los nombres marcados por la desaparición fue el de Epifanio Vázquez Rojas, detenido en Atoyac en 1969, trasladado a este campo militar.

Había transcurrido poco más de media hora. Los soldados habían formado vallas en torno a los manifestantes y desviaban la entrada del público dominguero hacia otras puertas para que no fueran testigos de la toma relámpago del emblemático campo militar. Para las organizaciones HIJOS y Eureka el objetivo se había cumplido.

Empezaron a dispersarse. Nos vamos, pero vamos a volver, siempre vamos a volver, mientras no haya verdad y justicia, remató Alba Santiago. Ella sí tuvo la suerte de que su madre, la chihuahuense Elba Nevares, viviera para contar el terror del Campo Militar uno.