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Miles de jóvenes copan las calles de la capital de Chile en rechazo al modelo empresarial

Piñera, entre la espada y la pared por la revuelta contra el lucro en la educación
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Estudiantes que enfrentaron a la policía se manifiestan en la ciudad de Valparaíso contra los planes privatizadores de la educación públicaFoto Reuters
Pedro Miguel
Enviado
Periódico La Jornada
Viernes 15 de julio de 2011, p. 26

Santiago, 14 de julio. Por todas las rendijas de esta capital apacible asoman los síntomas de la revuelta. Los planteles escolares públicos –de bachilleratos a universidad– están tomados por pequeños piquetes de estudiantes, festivos en su mayoría, y proliferan pintas chicas, medianas y grandes con un tema común –no a la educación como pretexto para el lucro– y un horizonte inevitable –la confrontación con el desmesurado instinto gerencial del grupo gobernante. El régimen de Sebastián Piñera no fue el primero que convirtió la enseñanza en materia de lucro, pero sí es el que ha llevado ese proceso a sus expresiones más descarnadamente comerciales. A ello se suman la indignación por los grandes negocios realizados al amparo del poder en terrenos distintos al educativo (que tampoco inventó el grupo de Piñera) y la sensación de orfandad social ante una clase política que impera sobre su propia versión de país, pero que no resuelve los problemas cruciales de Chile.

El movimiento estudiantil lleva semanas de movilizaciones, pero la de hoy fue una manifestación crucial porque desafió a la autoridad del gobierno, que decidió prohibirla o, lo que es casi lo mismo, autorizar su recorrido sólo por un tramo remoto e inicuo. Sin embargo, esta mañana los manifestantes expresaron su determinación de llegar hasta el corazón de los símbolos políticos del país –el Ministerio de Educación, donde despacha el derechista Joaquín Lavín, sempiterno perdedor de elecciones presidenciales y ahora reciclado en titular del ramo– y el emblemático palacio La Moneda.

Insurgencia pacífica y festiva

Sí o sí, dijo Camila Vallejo, la aguerrida vocera del movimiento estudiantil, y símbolo de esa generación que ha llegado a la juventud sin temor a la represión porque nació después del colapso de la dictadura, y los contingentes de todo Chile marcharon desde tres puntos hacia La Moneda. Por el trayecto que arranca de Plaza Italia hay locales cargados de significado, como el Centro Cultural Gabriela Mistral, situado en lo que fue la primera sede de la tiranía pinochetista, y la sede histórica de la Universidad de Chile. Decenas de miles de jóvenes marcharon por esa gran avenida abierta a la rebelión pacífica y festiva, animada por máscaras, disfraces, danzas, y bandas de músicas tan fusionadas como los nombres de la protesta: resistencia, izquierda, altermundismo, esperanza. El contingente jurásico se diluye entre la muchachada y pone en la muchedumbre calvas y cabelleras canas sobre las que se sedimenta, sin ningún propósito didáctico ni moralizante, la experiencia de movilizaciones anteriores. En la cornisa de un edificio, un señor de barriga, lentes bifocales y bigotito de oficinista, sostiene un cartel mínimo, pero muy elocuente: Un padre marchando / a su hijo va cuidando.

La exasperación por la ofensiva del espíritu mercantil sobre todas las fases y expresiones de la enseñanza –en Chile, como en México, proliferan las universidades privadas que nacen de origen malas, mientras declina la calidad de las públicas por falta de presupuesto– ha llevado a los jóvenes y a las jóvenes a reparar en la totalidad del país y en la totalidad de la economía, y han caído en la cuenta, por ejemplo, que para pensar en una educación pública y gratuita de calidad es necesario imaginar maneras para abastecer al Estado de fondos y de atribuciones. La consecuencia lógica es renacionalicemos el cobre, y con ello la espiral de la historia es devuelta de golpe a su buena fase. Hay segmentos de la movilización que perciben la trampa de los ciclos institucionales Concertación-derecha y toman el toro por los cuernos: una nueva Constitución. Hasta hace no mucho, esa idea habría equivalido, aquí, a la reivindicación por la III República, enunciada en España.

Comparado con los grandes despliegues de robocops de la policía federal y de granaderos que se estilan en México, el dispositivo represor de Carabineros, aquí, parece escuálido y hasta provocador: los pequeños piquetes de cinco a seis efectivos distribuidos en varios puntos de la marcha pueden ser toda una invitación para agredir a las fuerzas del orden. Y sí: frente a La Moneda un grupo de provocadores (son tan iguales a sí mismos en todas partes) lanza piedras contra los efectivos antimotines y uno de ellos es alcanzado por una bomba molotov. De todos modos, las tres columnas que se dieron cita frente al edificio habían sido ya contenidas, en forma pacífica, por transportes policiales atravesados en las calles y por vallas móviles. La fiesta enorme y decisiva (Piñera está entre la espada y la pared, su aceptación es de 30 por ciento, y una marcha de decenas de miles en su contra no puede hacerle bien) se degrada, las callejuelas del centro de Santiago se llenan de humo picante y el protagonismo pasa de las masas lúcidas, serenas y festivas, a la conocida danza de piedras contra chorros de agua y granadas de gas lacrimógeno; 32 carabineros heridos, y uno de ellos, de gravedad, dice el parte oficial, acaso exagerado. Se impidió, de esa manera, la realización del mitin previsto y, desde la perspectiva del infantilismo policial, la magna manifestación quedó en nada.

Pero no es cierto y la gresca fue lo menos importante. El saldo de esta jornada: el movimiento estudiantil ha resistido los intentos de cooptación y degradación, es dueño de las calles a pesar de las prohibiciones gubernamentales, desafía a la clase política en pleno y propone al país el único proyecto nacional sensato que se ha presentado en Chile en años recientes y que podría resumirse en las palabras de una de las pancartas: Hay vida más allá del lucro.