Opinión
Ver día anteriorLunes 12 de marzo de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La influencia determinante de las computadoras en el siglo XX
Gonzalo Martínez Corbalá
L

a historia de las computadoras ha sido de lo más apasionante y asombroso por la influencia que han tenido, no únicamente en el campo de la computación directamente, sino que han influido, a medida que se cambian sus características básicas, cada vez más ampliamente en la sociedad en general, y se han proyectado también más profundamente en la industria, la educación, tanto en sus grados más elementales como en los planes de estudio y de investigación en las universidades de todo el mundo y, por supuesto, en los programas de investigación en los que se manejan ya proyectos muy sofisticados que determinan el grado de avance en la industria en general, desde la creación de modelos de automóviles comerciales, en lo que se refiere al precio de venta al consumidor final, como en la fabricación de vehículos más avanzados mecánicamente, en los que no es el precio lo más importante, sino la velocidad que son capaces de desarrollar con mayor seguridad, por los mecanismos que le permiten ofrecer más estabilidad y mejor control en toda clase de circunstancias, pues no siempre se usarían en las autopistas, también diseñadas y construidas precisamente para ser transitadas por esta clase de vehículos.

Y qué decir de las aeronaves que se diseñan con finalidades de orden bélico para mantener la supremacía en el espacio aéreo, con alto grado de maniobrabilidad, a velocidades fantásticas, transportando misiles cuyas condiciones de manejo y uso deben ser consideradas delicadas y riesgosas, además de la precisión absolutamente indispensable para ser lanzados con altas probabilidades de acierto en blancos determinados por las circunstancias del caso. La altura máxima de vuelos es otra variable determinante para mantener la supremacía, pues esta clase de aviones se usa también para fines de reconocimiento de terrenos defendidos por mecanismos que sean capaces de destruirlos en pleno vuelo, como ya ha sucedido. Detectar estos vuelos espías no es tarea fácil, dentro de la estrategia de guerra, ofensiva o defensiva, la cual exige, para hacerla posible y con la efectividad determinada previamente, de una tecnología de muy alta dificultad, costosa por lo mismo, y no siempre al alcance de todos los países cuya posición relativa de dominio depende en buena medida de la posibilidad de lograrlo.

Dejando de lado la importancia de la precisión y de la prontitud en los cálculos que se emplean inevitablemente en el diseño de todos estos artefactos bélicos, y conscientes de que faltaría siquiera mencionar a los submarinos y embarcaciones igualmente importantes y determinantes del triunfo o el fracaso de una política de dominio disuasivo, que haga realidad el predominio de una potencia militar y económica, sin llegar a tener la necesidad de apretar los botones de acción inmediata para dar el primer golpe (first strike) nuclear, no hemos entrado siquiera a un análisis aunque sea superficial de la influencia recíproca que estas situaciones tienen entre sí con la sociedad civil, no involucrada, por lo menos directamente, con la capacidad para atacar o defenderse.

Trataremos de analizar la importancia que ha tenido, ya ahora, aquello que ha posibilitado la hegemonía y la contra equivalente, que en el siglo XX, después de dos guerras mundiales y de una prolongada guerra fría, pasamos de la multipolaridad del dominio económico y disuasivo, al término de la Segunda Guerra Mundial, a la bipolaridad constituida por el bloque soviético y las potencias occidentales, al dominio monopolar de Estados Unidos, como líder único en el mundo, dado que la Unión Soviética se derrumbó al final del siglo XX, junto con el muro de Berlín, estrepitosamente y de manera fulminante, en unas cuantas semanas.

No obstante, a la vista del aplastante triunfo de Vladimir Putin, y que éste anunció el rearme de la Federación Rusa, todo parece indicar que se generará una nueva guerra, ya no tan fría como la anterior, y que Rusia, bajo el gobierno de Putin, volverá a constituir una bipolaridad que si bien habrá de ser diferente a la que históricamente se dio después de la Segunda Guerra Mundial, esta vez se encontrará un mundo también diverso, como es natural, en el que la potencia bélica habrá de estar sustentada en una capacidad informática, de computación avanzada nunca vista, cuyas bases están ya configuradas a partir de 1955, año en que la gran computadora Eniac (Engineering numerical integrator and computer), inventada en 1943 y construida en 1946, desarrollada por John Mauchly y su tocayo, John Presper Eckert, mediante el programa llamado Proyecto PX, al que se unió en 1944 otro John, Von Neumann, esto es, para todo efecto práctico, al final de la Segunda Guerra Mundial, llegó a su término.

Así, el ordenador Eniac estuvo en operación hasta 1955, año en el que nacieron Bill Gates y Steve Jobs, quien murió recientemente. Dice Walter Isaackson en su apasionante libro biográfico sobre Jobs que: “Cuando las órbitas se cruzan: la sociedad del Macintosh, en astronomía, el término de ‘sistema binario’, hace referencia a las órbitas de dos estrellas que se entrelazan debido a su interacción gravitatoria, a lo largo de la historia se han dado situaciones similares en la que una época cobra forma mediante la relación y rivalidad entre dos grandes estrellas orbitando una en torno a la otra: Albert Einstein y Niels Bohr, en el campo de la física del siglo XX”, antes de todo, en la primera página del libro reproduce un anuncio de Apple de 1997 que decía: Las personas suficientemente locas como para pensar que pueden cambiar el mundo son las que lo cambian.

Así como en 1955 se cierra una época de la computación que transformó al mundo de entonces y nacieron dos estrellas cuyas órbitas habrían de cruzarse en pocos años, Bill Gates y Steve Jobs, quienes cambiaron el mundo en el que vivimos ahora mismo. Gates se queda con el equipo más cercano a Jobs, creando nuevas condiciones que habrán de continuar la creación genial de Jobs, en un mundo nuevamente bipolar, cuyo destino no es posible prever aún; en cualquier caso, los nombres Gates y Jobs adquieren tanta importancia como los de Barack Obama y de Vladimir Putin.