Opinión
Ver día anteriorJueves 24 de mayo de 2012Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La aparente volatilidad de la opinión
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odos sabemos que las apariencias engañan, y más todavía en periodos de campaña electoral. Para ganar adeptos los candidatos aparentan lo que no son: el sordo hace como que oye, y el ciego como que ve. Una vez en el poder se darán a conocer. Pero la opinión pública también puede refugiarse en las apariencias antes de mostrar sus verdaderos colores. En las últimas semanas dos acontecimientos provocaron movimientos en la opinión pública en relación con la elección presidencial que sugirieron un vuelco de las tendencias que daban por ganador casi seguro a Enrique Peña Nieto. Así lo dejó imaginar, primero, el debate, y luego el incidente en el que se vio involucrado con estudiantes de la Universidad Iberoamericana que lo rechazaron a gritos cuando salía del auditorio en el que había hecho una presentación.

El impacto de este episodio se vio magnificado por las marchas de estudiantes antipeñistas que le siguieron. La magnitud que alcanzaron en la ciudad de México, el ruido que hicieron, la imaginación y el entusiasmo que exhibieron, todo eso sumado al hecho de que son jóvenes muy jóvenes, también produjeron el espejismo de un viraje radical en la campaña, que le habría arrebatado al PRI la enorme ventaja que les llevaba –y que ahora sabemos que lleva– a sus competidores. Lo llamo espejismo porque al inicio de esta semana varias encuestadoras dieron a conocer los resultados de la medición de las preferencias electorales y todas coinciden en que el candidato del PRI mantiene la delantera frente a sus principales contrincantes del PAN y de la coalición Movimiento Progresista, que se disputan el segundo lugar. Es decir, que la opinión se mantiene más estable de lo que aparenta cuando reacciona a incidentes tan llamativos como el ocurrido en las instalaciones de la Iberoamericana; pero a las respuestas inmediatas se imponen las actitudes profundas, y en el caso mexicano éstas, ya lo sabemos, son esencialmente conservadoras.

Hace muchos años, cuando apenas nos estrenábamos en el mundo de la encuesta de preferencias electorales, un cercano colaborador de Cuahtémoc Cárdenas, periodista ilustrado, politólogo improvisado, declaró a la prensa que los encuestados eran unos mentirosos, porque en abril se habían declarado mayoritariamente por el entonces candidato del FDN y luego, tres meses después, no habían votado por él. Confieso que su comentario me provocó ternura, porque denotaba antes que otra cosa una conmovedora ingenuidad. No sabía tan docto asesor que la opinión pública cambia, que puede hacerlo de un día para otro, porque es naturalmente volátil. De ahí que el valor predictivo de las encuestas sea muy relativo.

Consulta Mitofsky dio a conocer los resultados de su investigación más reciente: 38 por ciento de preferencias para Peña Nieto, y López Obrador y Vázquez Mota empatan con 20 por ciento. Estos porcentajes difieren de los que publicaron UnoTV-María de las Heras, Milenio-GEA ISA, SDPNoticias.com-Covarrubias y Asociados y El Sol de México-Parametría un día antes. Todos indican preferencia mayoritaria por el priísta, aunque con diferencias que oscilan entre 39 por ciento de UnoTV y 48 por ciento de Milenio; la discrepancia es igualmente grande entre el 31 por ciento que UnoTV atribuye a López Obrador y el 21 por ciento que le da Milenio. En el primer caso la coalición PRD-PT-Movimiento Ciudadano habría superado con cinco puntos porcentuales a la candidata del PAN y se habría hecho de un firme segundo lugar; pero Milenio atribuye a Josefina Vázquez esa posición y una ventaja de cinco puntos sobre López Obrador.

El origen de las discrepancias entre los resultados de las encuestadoras puede ser la manera en que se formularon las preguntas, las características de la muestra utilizada en cada caso –por ejemplo, el tamaño, si fue representativa o aleatoria, si la encuesta fue telefónica o residencial–, o el tipo de análisis que se hizo. Pero más allá de estas especificaciones y de las diferencias, es notable la estabilidad de las tendencias del electorado. Si miramos el comportamiento de las preferencias con cierta profundidad temporal, aparece que en el seno de ese agregado abstracto y diverso que llamamos opinión pública existen franjas de estabilidad que actúan como contrapeso a las franjas volátiles, que con frecuencia provienen de los indecisos. Su amplitud varía, pero sólo excepcionalmente éstas se imponen a aquéllas. Por ejemplo, según Mitofsky ha sido el grupo de indecisos, o los que no declaraban preferencia, los que han aportado ganancias a López Obrador, pero si observamos el comportamiento de las preferencias efectivas –que incluyen a los indecisos– desde marzo del presente año lo notable es la estabilidad: Peña Nieto inicia con 48 por ciento, sube a 50 por ciento en abril, baja a 47 por ciento en mayo; en ese mismo lapso López Obrador pasa de 23 por ciento a 25 por ciento con un ligero tropiezo a 21 por ciento en abril; sólo Josefina Vázquez registra un notable descenso de 29 por ciento a 26 por ciento. Estos porcentajes nos hablan de tendencias antes que de resultados concretos; episodios como el de la Iberoamericana, o errores garrafales como las reacciones autoritarias de los priístas ante expresiones de oposición, pueden modificar las posiciones de quienes se disputan el segundo lugar, reducir la distancia que los separa del puntero, pero todo sugiere que el electorado decidido a votar por el PRI habrá de imponerse, a menos de que nos golpee un meteorito, se colapse el PAN y súbitamente nos encontremos en un escenario en el que la competencia sea entre dos.