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Ver día anteriorLunes 18 de marzo de 2013Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Escapar del conservadurismo
E

n todo el mundo, particularmente en Europa y América Latina, los asalariados protestan en la calle. Por millones. Exigen que les devuelvan lo que les acaban de quitar y que no les quiten más. Exigen empleo. Logran, aquí y allá, cambiar a algún funcionario o quitar las aristas más agudas a las políticas neoliberales, como alguna vez propuso López Obrador. Pero no pueden llegar más lejos.

Su mensaje es claro. Hay algo peor que ser explotado: no ser explotado. Exigir empleo significa pedir que les devuelvan sus cadenas. Debemos tratar de entender este ánimo conservador de tantos trabajadores. No es que se hayan vuelto de pronto reaccionarios. Es que no tienen de otra: sin empleo no pueden sobrevivir y muchos padecen la peor de nuestras crisis, la de imaginación. No logran imaginar otro sentido de la lucha actual.

No están teniendo éxito ni siquiera en esa meta de supervivencia. Los gobiernos aprendieron ya a no hacerle caso a la gente… y no tienen para dónde moverse, dentro de su marco mental, político y práctico. Por eso lo que hace falta es salirse de ese marco; como no va a ocurrir arriba, hay que hacerlo abajo. Y eso es, precisamente, lo que están haciendo millones de personas, en todas partes. No pueden seguir esperando.

Entre sus filas están, ante todo, quienes nunca han tenido un empleo y no abrigan esperanzas de conseguir uno. No tienen más opción práctica que vivir sin empleo, produciendo su propia vida.

El grupo más grande de este sector es el de quienes trabajan por cuenta propia, sin rendir cuentas a un patrón. Tienen algunos medios o habilidades que les permiten actuar con independencia. Ocasionalmente se contratan aquí y allá, cuando les cae una chambita temporal.

Aquí se encuentran también los migrantes, que salen una temporada de su lugar de residencia, sostienen a su familia y su posición en la comunidad con sus remesas y regresan a ellas.

Es un sector inmensamente heterogéneo y el más grande de la población en América Latina. Están en su seno los campesinos y quienes algunos siguen llamando marginales urbanos, aunque, lejos de estar en el margen, se constituyen cada vez más como el centro de la vida social.

Muchas personas de este inmenso sector no la pasan tan mal como algunos asalariados que se quedaron sin empleo. Saben sobrevivir por sí mismos y la crisis ha sido siempre su contexto vital, del que también forma parte la lucha. Para unos es acto cotidiano inevitable: luchar con el policía, con el inspector, con todas las estructuras de poder que los ven como amenaza o patología. Para otros es como el aire, como respirar; no pueden imaginar la vida de otra manera.

Es cierto que algunos no andan tan mal como los desempleados, pero sería irresponsable decir que están bien. Las crisis que padecemos causan deterioro para todos. Para ellos lo que más se resiente es el salto hacia atrás del capital. Ante la imposibilidad de seguir acumulando relaciones de producción en la economía real, que nadie logra resucitar, intensifica las formas de acumulación por despojo que nunca abandonó. Lo que este sector padece, más que otros, es el asalto brutal a sus medios de subsistencia, como en los tiempos del cercamiento de los ámbitos de comunidad que fundó el capitalismo.

Los gobiernos progresistas de la América Latina y hasta aquellos que intentan un socialismo del siglo XXI respaldan este asalto al sector informal. Como explicó García Linera, el vicepresidente de Bolivia, cuando anduvo por aquí, se mantienen en el marco de la estructura formal de explotación, pública o privada, lo cual justifican porque redistribuyen el excedente, que no se animan a llamar plusvalor, a través de programas sociales. O como dijo Correa, al tratar de justificar el extractivismo: Marx nada dijo contra la minería. Es cierto. Pero habló clara y fuertemente de la explotación, de la acumulación originaria, del despojo. De eso se trata hoy.

Quienes actualmente defienden su territorio de la minería, los eólicos, los megaproyectos y demás no son neoluditas ni quieren dar marcha atrás en la historia. Enfrentan con decisión y lucidez la guerra contra la subsistencia, contra la autonomía, contra la vida misma, que se libra en un estilo de corte cada vez más colonial.

Al hacerlo, no sólo quieren conservar lo que tienen. Saben que la única forma eficaz de resistir es crear algo nuevo, abrirse a una nueva sociedad, ocuparse seriamente de un cambio radical. A diferencia de los trabajadores asalariados, no hay en ellos ánimo conservador. Saben que sólo un cambio radical podrá detener el horror en curso. En eso están.

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