Opinión
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Los retos del Vaticano
Francisco jesuita, Bergoglio no tanto
Bernardo Barranco V.
U

na de las sorpresas del cónclave no sólo fue haber elegido a un Papa no europeo, sino a un jesuita. El nombramiento de Jorge Mario Bergoglio como Papa causó sorpresa hasta en la propia Compañía de Jesús, ya que por primera vez en la historia el máximo líder de la Iglesia católica será un jesuita. Llama la atención por las fuertes estigmatizaciones y distancias entre la compañía y el pontificado particularmente de Juan Pablo II.

Los últimos papas han privilegiado a otras congregaciones religiosas, como el Opus Dei, a los Focolares, Schoenstatt, Salecianos y de manera trágica a los legionarios de Cristo. Sin embargo, Bergoglio no fue electo Papa por ser jesuita, sino por sus cualidades como pastor, sencillez y austeridad, así como su inteligencia teológica. Pensar que por ser jesuita será un actor de vanguardia y pastoralmente revolucionario es una trágica equivocación. Los cardenales que entraron al cónclave, todos son conservadores sin excepción, incluido por supuesto el actual papa Francisco. Si bien su estilo austero de cura de parroquia contrasta con la opulencia reinante en la curia romana, no debemos confundirnos.

En el plano doctrinal, Bergoglio es tan conservador como el propio Benedicto XVI. Es más, viene de una de las iglesias igualmente más conservadoras de todo el continente latinoamericano, casi como la mexicana. Tampoco debemos absolutizar la idea muy generalizada de que la Compañía de Jesús es progresista por antonomasia. La Iglesia y los jesuitas para nada son un bloque monolito; por el contrario, están atravesados por las más diversas corrientes teológicas y de pensamiento social y filosófico existentes en la realidad secular. Los jesuitas son una gran familia en la que hay de todo, grandes conservadores y grandes reformadores, pensadores posmodernos, sicologistas, nostálgicos de la cristiandad y, por supuesto, grandes simpatizantes de la teología de la liberación.

En suma, Bergoglio es ideológicamente conservador como la mayoría de cardenales creados por los 35 años del binomio Juan Pablo/Benedicto XVI. Tienen el mismo molde doctrinal y varían en las formas y acentos.

A pesar de lo anterior, los jesuitas son los jesuitas. Algunos ven con mucha esperanza su entronización. Otros le miran con recelo no sólo por su conservadurismo sino por su sagacidad política. Pero el sello jesuita lo tiene. Cuando explicó a los periodistas cómo eligió su nombre Francisco por el abrazo y susurro del cardenal brasileño Claudio Humes, quien le habría dicho al oído: no te olvides de los pobres, tuve la rara sensación de un déjà vu. Y al preparar estas notas encuentro con sorpresa y cierta perplejidad que la misma historia ha sido narrada por otro jesuita. Se trata de Adolfo Nicolás, superior general, de origen español y quien había pasado casi toda su vida como misionero en Asia. Cito un artículo publicado por el que escribe hace más de cinco años: “A la sorpresiva opción por Nicolás que pocos le daban crédito, y representa una apertura de la Compañía a las opciones más pastorales y misioneras que han venido resquebrajándose en la Iglesia católica en general. ‘No te olvides de los pobres’, dijo un jesuita compañero al nuevo general al felicitarlo por su nombramiento después de ser elegido. Lo contó él mismo, con mucha emoción, en su primera homilía como superior de la Compañía, en la misa celebrada en la iglesia del Gesú: Uno de vosotros me ha dicho en un susurro: ‘¡No te olvides de los pobres!’ Quizá éste es el saludo más importante, como cuando Pablo se dirige a las iglesias más ricas pidiendo para los pobres de Jerusalén. No te olvides de los pobres: éstas son nuestras ‘naciones’. Éstas son las naciones para las que la salvación es todavía un sueño, un deseo. Quizá está ya entre ellas, pero no la perciben” ( La Jornada, miércoles 23 de enero de 2008).

Probablemente la anécdota flotó en el ánimo de Bergoglio y de manera inconsciente la clonó para justificar el sentido del nombre, inspirado en San Francisco de Asís, revolucionario de los pobres y crítico de las estructuras eclesiásticas en el siglo XIII. Muchos nos sorprendimos por haber adoptado el nombre de un santo de una congregación que en cierto tiempo rivalizó con los jesuitas: los franciscanos. Por ahí se dice que fue adoptado así, como parte de una buena maniobra típicamente jesuita. A pesar del nombre, el escudo del pontificado del papa Francisco contiene el emblema de la Compañía de Jesús IHS, representa que Jesús es el principio y fundamento de la espiritualidad ignaciana y aunque se explica como la abreviatura de Jesús, hombre salvador, esta es una tradición devocional que se añade al significado original.

Los jesuitas han sido la orden más perseguida, admirada y asediada en la historia de la Iglesia. Los jesuitas siempre siembran polémica. O los aman o los repudian. Los jesuitas fueron fundados en 1534 por el militar místico Ignacio de Loyola, bajo el lema Ad maiorem Dei gloriam (Por la mayor gloria de Dios). Hacen los votos de pobreza, castidad, obediencia y absoluta subordinación al papado. En algún tiempo hubo un juramento antimoderno. Su finalidad es la salvación y perfección de los prójimos a través de la militancia evangélica. Fue aprobada el 27 de septiembre de 1540 por el papa Pablo III. Su estructura es sólida, marcadamente centralizada. La máxima autoridad es el padre general, electo a través de una congregación general. Actualmente, la orden cuenta con cerca de 20 mil miembros y se divide geográficamente en sectores, y éstos a su vez en 64 provincias. Sus normas y principios rectores se resumen en las constituciones y otros documentos fundacionales y normativos.

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Jorge Mario Bergoglio, un jesuita que fue elegido Papa por su inteligencia teológicaFoto Ap

Los jesuitas se distinguen de otras órdenes religiosas por su amplio nivel intelectual y aguda capacidad de discernimiento. Además de la disciplina, los jesuitas están presentes en la cultura, la formación académica a través de colegios y universidades de alto reconocimiento. La formación de sus novicios es rigurosa, así como el estilo de vida austero pero decoroso. Sus principios espirituales se fundan sobre la idea de san Ignacio de Loyola de buscar y encontrar a Dios en todas las cosas. En enero de 2008, Adolfo Nicolás asume la conducción jesuítica no sin recibir advertencias de la curia romana. Franc Rodé, entonces prefecto de la sagrada congregación para los institutos de vida consagrada, formuló en la misa inaugural del 7 de enero de 2008 que veía con inquietud el alejamiento de la Compañía de la jerarquía de la Iglesia y le recordaba que la espiritualidad ignaciana era de absoluta subordinación al Papa; advirtió también a los teólogos jesuitas que “deben vigilar sobre la doctrina de vuestras revistas, de las publicaciones, lo hagan a la luz y según las reglas para sentir cum Ecclesia con amor y respeto”. La alusión era clara a las condenas que el Vaticano había evidenciado entonces contra los jesuitas Jon Sobrino, Roger Haight, Jacques Dupuis y Anthony de Mello.

Bergoglio estaría en esta tesitura de mayor disciplina y control doctrinal de los jesuitas. Por ello, algunos jesuitas dicen en silencio que Bergoglio, a pesar de ser jesuita, está más cercano ideológicamente al Opus Dei. Otros recuerdan sus increpaciones al padre Pedro Arrupe, prepósito general de la Compañía entre 1965 y 1983, por tolerar la infiltración de la subversión marxista en la Iglesia. No son casuales los reclamos y reproches que enfrenta en su país sobre su actitud y silencios cómplices durante el golpe y la dictadura militar. Aunque algunos lo exculpan, como Adolfo Pérez Esquivel, el papa Francisco debe clarificar su proceder de manera más amplia no sólo a la sociedad argentina, sino a la feligresía mundial. Y pudo haberse equivocado, a más de 30 años de distancia uno puede entender el clima crispado de polarización, pero ante todo debe primar la verdad y la honestidad de un altísimo conductor espiritual. Y sobre todo la Iglesia argentina, que no quiere o no puede reconocer sus errores y diagnósticos equivocados de ese periodo dramático en la vida de aquel país.

Para el historiador italiano Alberto Melloni, el papa Francisco es ante todo un jesuita por formación, así lo demostró, por ejemplo, manteniendo un gran equilibrio sicológico ese miércoles cuando se anuncia su elección. No estaba ni siquiera especialmente emocionado, dice Melloni; eso le viene de la espiritualidad que enseña la santa indiferencia, el desapego a los altos cargos y al poder superficial.

Finalmente, son inquietantes los testimonios críticos de personas que han convivido de cerca con el ahora sumo pontífice. Óscar Cámara, profesor en el Centro de Estudios Salesiano de Buenos Aires y del Instituto Teológico Franciscano, sostiene de manera contundente sobre el papa Francisco que “su austeridad personal, indiscutible, siempre ha convivido con una decidida y sostenida búsqueda del poder, primero en su congregación, luego en la Iglesia argentina y ahora universal. Bergoglio es un estratega y un político, como hace mucho no había en nuestra Iglesia… No obstante los antecedentes, no habría que descartar que una figura tan lejana al ceremonial y al protocolo, y consciente de la necesidad de ponerle fin a los escándalos (financieros, sexuales, políticos) continuados desde hace tiempo en la Iglesia universal y en Roma, sea capaz de imponer un cambio de rumbo en muchos temas sensibles” ( Página 12, 15 de marzo de 2013, Buenos Aires).