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Mandela y la ira
E

l reconocimiento general a Nelson Mandela luego de su reciente fallecimiento tiene varios rasgos particulares: la exaltación de su persona, de su modo de hacer política basado en la reconciliación y no en la revancha, su enorme capacidad de liderazgo y su entendimiento del significado de la democracia en un país como Sudáfrica, marcado por la brutal segregación racial del apartheid.

Sus 95 años de vida estuvieron segmentados por su larga estancia de más de 27 años en prisión hasta 1990, para que tan sólo tres después se convirtiera en el presidente de su país. Como tal sirvió un único periodo de cinco años, lo que es sobresaliente en aquel continente.

Con Mandela, Sudáfrica no cayó en el caos ni en la violencia desatada y se configuró un nuevo Estado, aún en proceso de consolidación y sujeto todavía a grandes trabajos para mantenerlo armado. En la sociedad sudafricana persisten muchos conflictos graves. Como líder exigió a sus seguidores disciplina, diciéndoles que sin ella no serían luchadores de la libertad y que él, en su papel, debía indicarles cuándo estaban errados.

Su militancia política y su liderazgo del partido del Congreso Nacional Africano es un tema de referencia en el quehacer político de la segunda mitad del siglo XX. Mandela es uno de los líderes políticos más significativos de ese periodo y lo siguió siendo hasta su fallecimiento, ya bien entrado el siglo siguiente.

Este aspecto es relevante en un tiempo como el actual, en que los liderazgos están disminuidos en medio de la severa crisis económica, el aumento de la desigualdad, los conflictos políticos en varias partes del mundo y el alza de las fricciones sociales.

Una de los aspectos que me parecen sumamente interesantes y útiles del quehacer humano y político de Mandela es su cabal comprensión del apaciguamiento como método de hacer política. Eso requiere mucha templanza y carácter. Estas propiedades no son tan comunes en la política, sea a escala nacional y mundial.

Mandela señaló en una ocasión al salir de la cárcel lo siguiente: Sabía que la gente esperaba que yo albergara la ira hacia los blancos. Pero yo no tenía ninguna. En prisión, mi indignación y mi enojo hacia los blancos decreció, pero mi odio hacia el sistema creció.

La distinción que esto entraña es crucial. No es fácil de hacer y, sobre todo, de cumplir en términos personales ni frente a la presión política que ejercía la demanda popular de cambios en el país por parte de la población negra y el enorme resentimiento acumulado en los años en que estuvo vigente el apartheid (1948-1994). Este sistema era literalmente el de mantener apartados a las poblaciones negra y blanca del país bajo el poder de la minoría Afrikaner.

La transformación emprendida por Mandela evitó un baño de sangre y pudo mantener el funcionamiento de la sociedad, acercando a la población blanca. Habrá que ver si con su muerte se puede sostener un equilibrio funcional en esa nación. Fue un líder distinto a Gandhi. Sus circunstancias fueron muy diferentes. Ocupa, sin duda, un lugar de gran estatura en la historia contemporánea.

El problema de la ira como sustento de la acciones políticas no es, por supuesto, nuevo en la historia. Los héroes de la mitología griega actuaban en un estado de ira que expresaba su relación con los dioses. Aquiles en la Ilíada es una clara muestra de ese componente. Y las expresiones al respecto se suceden todo el tiempo y de maneras muy diversas.

Para la sociedad global, si es que así puede llamarse el estado de cosas prevaleciente, y luego de la caída de los regímenes comunistas en 1991, la ira parece haber retornado como un elemento distinguible y en muchas formas hasta definitorio de la dinámica política.

Una ira que no se queda, como es muy claro, en un mero estado de ánimo, sino que tiene expresiones variadas en el quehacer político, siendo muchas de ellas las de una violencia puntual —como la discriminación que persiste–, hasta las de índole más generalizada como aquella de naturaleza étnica en la ex Yugoslavia. Qué inventario es el que puede hacerse de esta ira como esencia de la política.

Hoy es una cualidad claramente distinguible en la acciones de los gobernantes y en las reacciones de los ciudadanos por todas partes: en los países árabes y los efectos contradictorios de los intentos de apertura ocurridos unos años atrás y que derivan en un mayor autoritarismo y hasta en guerra civil. En la Europa de los ajustes económicos y sociales y los avatares de la xenofobia; en Ucrania y el dilema que le representan Rusia y la Unión Europea, o bien en México, en el marco de la resistente pobreza, la inseguridad creciente y de las reformas promovidas por el gobierno.

Pues bien, Mandela resalta en este ambiente. Es una figura claramente identificable en todas partes y muy rescatable en las condiciones de pugna, de conflicto y del modo de hacer política en medio del distanciamiento de los ciudadanos con sus gobiernos.