Política
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México en el año que perdió la brújula
José Steinsleger
L

a edición de La Jornada publicada el día de ayer fue de antología. Con distintos y oportunos enfoques, varios de los comentarios sintonizaron sus sentimientos con buena parte de los 23 puntos del Acta de Independencia Nacional promulgada por el Congreso de Chilpancingo en septiembre de 1813.

El primero: Que la América es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione, dando al mundo las razones. Y el número 12: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo…”

Durante el siglo XIX hasta bien entrado el siguiente, las luchas contra la traición, la deslealtad y el antipatriotismo desangraron a los pueblos de México. Pero el mundo conoció a tal punto sus razones, que los de nuestra América, en particular, se inspiraron en los héroes que nos dieron patria y contra los que escupían sobre su memoria.

Todos y cada uno de los próceres de Amé­rica Latina (esos que ayer y hoy la canalla intelectual llama con displicencia de bronce, a más de calificarlos de caudillos de ibérica impronta) siempre llevaron en sus alforjas los ideales Hidalgo y Morelos, de Mina, Guerrero y Juárez, de Villa, Zapata y Cárdenas.

En medio de la guerra constitucionalista que devino en guerra de clases, y con motivo de la agresión yanqui al puerto de Veracruz, el socialista argentino Manuel Ugarte fundó en Buenos Aires el Comité Pro México, y organiza varios actos bajo la consigna de la unión latinoamericana.

“…Se hubiera dicho –escribe Ugarte– que un siglo había bastado para romper los lazos de sangre y de historia entre los núcleos que se lanzaron juntos a la Independencia. Parecía que los trasatlánticos y los ferrocarriles nos habían alejado en vez de acercarnos, haciéndonos perder toda noción de solidaridad fraterna”.

Sigue: “El ejemplo de México, sean cuales sean las incidencias o los resultados del conflicto actual, quedará grabado en nuestra memoria y la conciencia latinoamericana…” ( Revista Americana, Buenos Aires, julio de 1914).

La Revolución Mexicana tuvo gran impacto en la Reforma Universitaria de Córdoba (Argentina, 1919), en la Alianza Popular Antimperialista Americana fundada por el peruano Haya de la Torre (México, 1924), en las luchas de Sandino contra la ocupación yanqui en Nicaragua (1927-34) y en varios de los militares que en el continente plantearon que sin desarrollo de la industria nacional no hay defensa de la soberanía nacional.

Procesos que en la primera mitad del siglo pasado se retroalimentaron con inteligencia y patriotismo. El general e ingeniero civil argentino Enrique Mosconi, primer director de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF, 1922), fue uno de aquellos militares.

“No queda otro camino –dijo Mosconi– que el monopolio del Estado, pero en forma integral, es decir, en todas las actividades de la industria, la producción, la exploración, el transporte y el comercio… sin monopolio del petróleo es difícil; diré más, es imposible para un organismo del Estado vencer en la lucha comercial a las organizaciones del capital privado.

“Resulta inexplicable –enfatizó– la existencia de ciudadanos que quieren enajenar nuestros depósitos de petróleo acordando concesiones de exploración y explotación al capital extranjero…en lugar de reservar en absoluto tales beneficios para acrecentar el bienestar moral y material del pueblo argentino. Porque entregar nuestro petróleo es como entregar nuestra bandera.”

A inicios de 1928, en vísperas de la gran crisis económica mundial, Mosconi se reunió en el Castillo de Chapultepec con el presidente Plutarco Elías Calles, a quien le expuso la experiencia de YPF. Y luego ofreció una conferencia en la UNAM, con asistencia masiva de público y estudiantes.

Refiriéndose al primer encuentro, Mosconi cuenta que Calles le dijo: “‘Ojalá, general, México no hubiera tenido nunca petróleo’… Recordaré siempre aquellas palabras del presidente Calles, y las recordaré como ciudadano argentino que desea que su patria no sufra los males de México, por el único pecado de ser un país rico y aspirar a una lógica situación de pueblo libre”.

Imaginemos ahora a un chamán, pronosticando a José María Morelos que 200 años después nuestro país acabaría entregando a los gringos el nuevo tesoro de Moctezuma, el petróleo, más una cereza: el rescate de la industria naval de España, a expensas de un pueblo con 70 por ciento de sus habitantes en la pobreza, y una multimillonaria deuda social.

¿Qué suerte le hubiera deparado el padre de la nación al audaz y escéptico pitoniso? ¿El paredón de fusilamiento, o una patriótica invitación para que se dejara de joder, y de una vez por todas se incorporara a las filas de la revolución que México necesitaba?

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