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No sólo de Pan...

De pluricultivos

D

esde el año 2000, en la Organización Nacional para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés), y 2001 en un congreso en Puebla, he venido insistiendo en la importancia para la humanidad y el Planeta de los pluricultivos, es decir, cultivos asociados o entreverados de distintas plantas útiles para el ser humano y en particular para su alimentación: argumento eje de mi iniciativa para el reconocimiento de las gastronomías como patrimonio cultural inmaterial. Por lo mismo, me congratulo de que cada vez más este tema sea retomado por expertos en cuestiones agrícolas que hace un decenio lo minimizaban. Pero desgraciadamente aún estamos muy lejos del consenso necesario para imponer este criterio en las políticas agrarias de los tres niveles de gobierno de nuestro país y poder contrarrestar eficazmente la producción de alimentos concebidos únicamente como mercancías generadoras de ganancia, sin que importen sus características nutricionales, sensoriales y culturales.

Para la inmensa mayoría de los mexicanos, comer se ha vuelto un hecho indiferente a estas tres premisas, para volverse, según la clase social, un acto desesperado de sobrevivencia ingiriendo cualquier cosa comestible, o la repetición cotidiana de sopas de pasta, guisados insípidos, bebidas embotelladas y postres empalagosos, o bien el pretexto para frecuentar restaurantes a la moda donde la comida suele ser mala imitación de otras culturas, escasa en el plato y más o menos cursi en su presentación. A las carencias y el esnobismo en alimentos, se suman estadísticas relativas a nuestra capacidad exportadora de ellos, pero nadie podría considerar positiva esta tendencia mientras se dé a expensas de los pluricultivos, sistema que por cierto suele ser identificado, incluso por sus promotores, como una producción apenas suficiente para el autoconsumo.

Nada más falso, pues la producción de alimentos del México prehispánico, que tanto sorprendió a los conquistadores por su pluralidad y volumen en los mercados, fue destruida por estos para emplear tierras y mano de obra en monocultivos destinados a su propio consumo y al de la metrópoli, habiendo dejado las parcelas apenas necesarias para la reproducción familiar de los cultivadores. El Estado mexicano debería romper su continuidad con las políticas agrarias de la Corona española, y en vez de dar subvenciones a la agricultura intensiva de monocultivos destinados a la industria nacional o transnacional y a la exportación, podría dar el vuelco histórico que los mexicanos necesitamos y merecemos, facilitando créditos para pluricultivos, construyendo infraestructura para el mercado interno de sus frutos y exportando productos orgánicos a Europa. En vez de obligar a que la mano de obra campesina emigre a las ciudades.

En distintos foros he hablado de esto y suelo incitar al auditorio a consumir los productos del pluricultivo por excelencia, la milpa, que dio una de las mejores cocinas del mundo, y suelo preguntar quiénes consumen bebidas embotelladas y comestibles industriales para enseguida plantearles: ¿por qué ayudar a enriquecer a los dueños de dichas empresas, en vez de comer su comida tradicional y a la vez contribuir a salvar el campo mexicano?, puesto que la demanda crea la oferta, como demuestra el gasto millonario que se hace en publicidad… Pero a veces alguien comenta que si dejamos de consumir chatarra y el refresco adictivo de todos conocido, arrojaríamos a la calle a miles de obreros que trabajan en dichas industrias, haciendo dudar al auditorio sobre si los intereses obreros son opuestos a los de los campesinos y preguntándose sobre el lugar que ocupan en esta confrontación las clases medias urbanas, con sus carencias y enfermedades alimentarias y sus modelos de consumo.

Suelo contestar que la mayoría de los obreros fueron campesinos y sus filas siguen engrosando de tal modo que las industrias pueden sustituir indefinidamente sus trabajadores cuando estos se organizan o se vuelven ambiciosos (sic), mientras que quienes quedan en reserva desfallecen de hambre en las zonas marginales o se ven empujados a la delincuencia o arriesgan su vida (si no es que la pierden) emigrando al norte. Porque aun si la milpa es pródiga como pocos cultivos y en general está asociada a huertos, cuando su producción es mucho mayor de lo que necesita una familia para alimentarse y para atender las necesidades monetarias impuestas por el gobierno, gran parte de sus frutos se pudren por falta de infraestructura para sacarlos al mercado o, si tienen suerte, los venden por debajo de sus costos a especuladores. Mientras las clases medias urbanas los pagan caro debido a los intermediarios.

Ojalá todas estas clases operaran una revolución paralela: en sus costumbres alimentarias y en sus conciencias, presionando para recuperar un sistema alimentario que dio pruebas de su eficacia por siglos antes de la llegada de los españoles, llevando Tenochtitlan a ser una de las ciudades más pobladas del mundo de su época. Porque la anunciada reforma del campo podría consistir en darle el machetazo mortal a lo que queda, es decir, obligando a convertir todo el suelo nacional aún cultivable en planicies de monocultivos de transgénicos para las industrias energética y alimentaria.