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David Bowie: el teatro de la voz
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Periódico La Jornada
Sábado 27 de diciembre de 2014, p. a16

Un teatro en la voz, una música exquisita, poesía dura y pura, dotes de taumaturgo, además de parafernalia sinfín.

He ahí a David Bowie. El inclasificable.

Su versatilidad de asombro y niebla, su capacidad de camuflaje, el espectáculo completo de su arte, viene ahora en tres compactos.

Nothing has changed, frase tomada de un álbum de 2002: Heathen y titulada Sunday, es el título de la nueva recopilación de David Bowie. Un álbum triple.

Se repite la historia: volvemos a comprar los mismos discos.

¿Por qué ahora?

Porque tenemos ante nosotros una real retrospectiva, a la manera de una exposición de un pintor en manos de un curador donde la virtud radica en mostrar el corpus entero, la panorámica completa, el summun, las partes en su todo.

Las recopilaciones son, en su mayoría, vulgares best of, es decir decisiones arbitrarias donde el referente es el éxito de las piezas elegidas, nada más porque vendieron mucho en su momento, se pusieron mucho en las estaciones de radio. Cotizaron.

La diferencia con la retrospectiva Nothing has changed radica en que de manera inevitable tenemos obras predilectas de públicos numerosos pero no es el criterio que priva, sino una clara voluntad de conducir al escucha por los rumbos muchos que ha transitado el señor David Bowie.

Es más, de manera literal obedece a su condición de retros-pectiva: va de reversa, es decir que inicia por las obras más recientes, avanza en el tiempo con las manecillas del reloj en sentido contrario y termina con lo más añejo, lo más joven, lo más mozalbete y bello.

Escuchamos entonces en primer lugar Buddha of Suburbia (no olvidemos que David Jones pensó muy seriamente en un momento dado ordenarse monje budista, como sí lo hizo Leonard Cohen), transitamos parajes fascinantes y culminamos el recorrido con Liza Jane, una rolita de 1964, de su álbum debut, como David Bowie & The King Bees, en claro mohín glam: David Bowie y las Abejas Reyes.

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El recorrido es de medio siglo, en 240 minutos de música.

Como muchas de las producciones discográficas recientes, se publica en varias modalidades, fundamentalmente consistentes en un disco, dos o el triple, que es el bueno porque es ahí donde tenemos el recorrido pleno.

Para muchos gancho mercadotécnico, el track inicial es el único escrito ex profeso para este álbum. No sobran por supuesto los inéditos: Your turn to drive, del disco que quedó inédito en 2001: Toy; también: Let me sleep beside you y Shadow man, que solamente viene en el álbum triple.

Difícilmente habrá quienes se sientan decepcionados porque no incluyeron su canción favorita de Bowie. La probabilidad estadística es alta curiosamente a pesar de que no se ajustaron a las canciones más vendidas sino a las mejores. Nueva deducción, acotaría Benedicte Cumbertbatch: estamos frente a un álbum para conocedores, contentos todos porque dejamos atrás el pesado concepto best of para ubicarnos realmente en lo mejor por su contenido, estructura, calidad artística. Y eso en Bowie siempre es garantía.

Porque David Bowie tiene en la voz un teatrote, con todo y su proscenio, boca ancha, piernas, paso de gato, atrezzo y acomodadoras. Ah, por su puesto su público, porque no hay pieza de Bowie que no sea lúdica.

La voz de Bowie es una atmósfera, un paisaje sonoro, una actitud, un brinco y un aquietamiento. Una caverna donde Platón también canta. Sus tonos agudos son rombos y sus graves naves, sus medios llenos y su extensión canora un potente asombro.

Un teatro en la voz, un río nadado por Heráclito, una ironía en el título: Nothing has changed. Una antinomia.

Salve, David Jones, alumno de Lindsay Kemp.

Salve, señor don David Bowie.

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